Hay una diferencia entre saber que algo está mal y poder demostrarlo.
Samanta lleva cuatro días abriendo el mismo panel. El gesto ya no es consciente. Es como comprobar si llueve antes de salir, como revisar que la puerta está cerrada antes de dormirse. Un ritual que el cuerpo hace solo porque la mente no sabe cómo parar.
NOMBRE: ALISON
ESTADO: NO DISPONIBLE
Cierra.
Abre.
Nada.
No hay rabia todavía. Hay algo más parecido a la presión que se acumula detrás de los oídos cuando cambias de altitud demasiado rápido. La sensación de que el mundo está mal alineado y tú eres la única que lo nota, lo cual siempre genera la misma pregunta incómoda: ¿y si eres tú la que está mal alineada?
Samanta conoce esa pregunta. La ha tenido antes, en otra vida, en reuniones donde decía algo que nadie recogía y el silencio que seguía era suficientemente largo para hacerle dudar de si lo había dicho en voz alta.
Siempre lo había dicho en voz alta.
Pero la duda es persistente. La duda no necesita tener razón para hacer daño.
En el comedor todo huele igual que siempre: comida sintética con sabor a nada, voces amortiguadas, el sonido de cubiertos contra bandejas de plástico. Samanta se sienta frente a Matt porque es donde siempre se sienta y porque cambiar eso ahora requeriría una explicación que no tiene energía para dar.
—Oye —dice, intentando que su voz suene normal—. ¿Has visto a Alison hoy?
Matt deja la cuchara suspendida sobre el cuenco. La mira de una manera que Samanta no sabe interpretar del todo, con algo entre la preocupación genuina y la incomodidad de quien está a punto de decir algo que sabe que no va a sentar bien.
—¿Alison? —repite, despacio—. ¿La del Bosque Sumergido?
—Sí. Ella. La que se quedó conmigo cuando los demás avanzaron.
El ceño de Matt se frunce. No con malicia. Con algo que se parece demasiado a la lástima para que Samanta lo mire directamente.
—Sam —dice, con la voz suavizada de alguien que elige las palabras con cuidado—. Tú volviste sola.
Las palabras caen pesadas. Samanta las escucha y las procesa y las vuelve a escuchar, buscando el malentendido que tiene que haber en algún punto.
—No —dice—. Respondimos el acertijo juntas. Cuando apareció la entidad, ella estaba a mi lado. Me ayudó cuando tuve que apoyar el peso en el tobillo malo.
—Eso no pasó —dice Matt. Lo dice con una suavidad que es casi peor que si lo dijera con dureza—. Después de una mazmorra intensa a veces los recuerdos se mezclan. El sistema avisa de eso en el briefing inicial, ¿no lo leíste?
Deja la frase incompleta, pero el final está ahí de todas formas, flotando entre ellos: daño cognitivo, confusión de memoria, síntomas esperables.
Samanta mira su bandeja. Tiene una pequeña marca en el borde del plástico donde alguien la golpeó contra algo en algún momento. La marca no tiene ninguna importancia. La mira de todas formas porque necesita mirar algo que no sea la cara de Matt.
—La recuerdo —dice Samanta, con calma—. No es una mezcla. La recuerdo específicamente. Recuerdo lo que dijo cuando propuse esperanza como respuesta al acertijo. Recuerdo cómo sostenía el arma. Recuerdo que recogió las dos bandejas en el comedor el día antes de la misión.
Eso último sale solo. Samanta no había planeado decirlo.
Matt la mira durante un momento largo.
—Quizás viste a alguien más hacer eso —dice al final—. La mente construye narrativas, Sam. Es lo que hace para dar coherencia a lo que vivimos aquí. El sistema lo explica en—
—No me cites el sistema —lo interrumpe Samanta.
Se levanta. El estómago le duele, y no de hambre.
Cleo tampoco recuerda. Nina tampoco. Raúl la mira con una expresión que podría ser confusión genuina o podría ser algo que ha decidido que es más conveniente que la confusión genuina, y Samanta no tiene forma de saber cuál de las dos es.
Nadie recuerda.
Y el sistema, con su eficiencia impecable, no tiene ningún registro de Alison más allá de ese estado que no es muerte ni es ausencia sino algo diseñado para que no puedas agarrarlo con las manos.
Esa tarde, Samanta hace algo que no ha hecho desde que llegó al valle: se sienta en el suelo de su cabaña, apoya la espalda contra la pared y no hace nada durante un rato largo.
No revisa el panel. No cuenta pasos. No analiza patrones.
Solo se sienta con la pregunta que no quiere hacerse en voz alta.
¿Y si Matt tiene razón?
No porque ella lo crea. Sino porque sabe que el sistema es capaz de hacer exactamente esto, de construir una duda que tenga la forma perfecta de la verdad, y que si lo hace bien suficiente hay un momento en que ya no importa cuánto recuerdas porque el recuerdo solo lo tienes tú y la memoria de una sola persona siempre puede ser descartada como síntoma.
Lo sabe.
Y aun así, la duda está ahí. Pequeña, persistente, con los bordes exactos del hueco que Alison dejó.
Samanta cierra los ojos.
Piensa en el corte en el dorso de su mano. En el pan partido por la mitad sin pedir permiso. En Sam, dicho con la casualidad de algo que ya existía antes de que ninguna de las dos lo nombrara.
No lo inventó.
Eso no se inventa.
Se pone de pie. No porque haya resuelto nada, sino porque quedarse en el suelo no va a resolverlo tampoco.
Va a la mesa donde guarda las pocas cosas que el sistema le asignó al llegar: uniforme de repuesto, kit básico de misión, un objeto decorativo sin importancia que encontró en el módulo de bienvenida y guardó sin saber por qué.
El objeto decorativo no es el que recuerda haber guardado.
Lo mira.
Es una figura pequeña, de metal, con los bordes irregulares de algo hecho a mano o al menos diseñado para parecerlo. No tiene ninguna función obvia. No está en el catálogo de objetos del sistema que Samanta ha memorizado sin proponérselo.
#114 en Ciencia ficción
#4820 en Novela romántica
ciencia ficcion distopica, misterio psicológico, romance lgbtq+
Editado: 24.06.2026