El Error Fue Sentir

CAPÍTULO 5 — Lo que el sistema no nombra

Aprender a no preguntar es más difícil de lo que parece.

Samanta tarda dos días en entenderlo. Dos días de abrir conversaciones de la manera equivocada, de mencionar el nombre demasiado pronto, de ver cómo la expresión de la gente cambia de la misma forma exacta cada vez, con esa mezcla de incomodidad y lástima que ya reconoce como la respuesta del sistema a través de las personas que lo habitan.

Al tercer día aprende a no preguntar directamente.

Pregunta por los bordes. Por las misiones de dificultad media-alta del ciclo anterior. Por los grupos cooperativos que se formaron hace dos semanas. Por los registros de actividad en el sector norte. Pregunta cosas que podrían tener mil respuestas distintas y escucha si alguna de esas respuestas menciona un nombre que el sistema ha decidido que no existe.

Ninguna lo menciona.

Pero aprende otras cosas. Aprende que hay misiones que no aparecen en el tablón general. Aprende que algunos grupos salen del valle sin que el sistema registre destino. Aprende que hay personas que un día están en el comedor y al día siguiente simplemente no están, y que la ausencia no genera ninguna notificación, ningún aviso, ninguna de las pequeñas ceremonias que los humanos han inventado a lo largo de la historia para marcar el espacio que alguien deja.

El sistema no hace ceremonias.

El sistema ajusta.

Samanta lleva la figura de metal en el bolsillo desde la noche que la encontró. No lo decide conscientemente. Es que cada mañana cuando se viste, la mano va sola hacia la mesa y la recoge, y guardarla se convierte en parte de la rutina con la misma naturalidad silenciosa con que antes cogía las llaves antes de salir de un apartamento que ya no recuerda con precisión pero que a veces aparece en los bordes del sueño.

La figura no pesa casi nada.

Pero Samanta la siente todo el tiempo.

Hay momentos, cuando está en medio de una tarea o esperando en la fila del comedor o escuchando el briefing de una misión que no le importa especialmente, en que la mano va al bolsillo sola y los dedos encuentran el metal frío y las dos letras grabadas en la base, y ese contacto dura exactamente lo que necesita durar antes de que la mano vuelva a donde estaba.

Nadie lo nota.

O si lo notan, no dicen nada.

Eso también es una forma de borrar a alguien.

Encuentra a Matt en las gradas del área de descanso un martes por la tarde, o lo que aquí cuenta como martes por la tarde dado que los días no tienen nombres oficiales pero la gente los inventa de todas formas porque necesita anclar el tiempo en algo.

Matt está sentado mirando sus puntos flotar frente a él sin interactuar con ellos. No los toca. No los cierra. Eso es raro. Los puntos son la primera cosa que la gente revisa por la mañana y la última que mira por la noche, con la devoción ansiosa que tienen los números cuando son la única medida de que estás avanzando.

No mirarlos es una forma de estar ausente.

—Matt —dice Samanta.

Levanta la cabeza demasiado rápido. La sonrisa llega un segundo después que los ojos, como si los dos no hubieran salido del mismo lugar.

—Sam —dice—. Te estaba buscando.

—No lo creo —dice Samanta, sentándose a su lado.

Un silencio. Matt mira sus puntos. Los cierra por fin, con un gesto que parece un pequeño alivio.

—¿Sigues buscándola? —pregunta, sin mirarla.

—No me has preguntado a quién.

—No hace falta.

Samanta lo mira de perfil. Tiene ojeras que no tenía hace una semana. Tiene la mandíbula apretada de una manera que no encaja con el Matt que llena los silencios con bromas que a veces no aterrizan. Este Matt lleva algo encima que todavía no sabe cómo repartir.

—¿Qué sabes? —pregunta Samanta, sin suavizar la pregunta.

—No deberías seguir con esto.

—Matt.

—Samanta —la interrumpe, y es la primera vez que usa su nombre completo desde que se conocen—. Aquí pasan cosas. Gente que se va. Gente que pierde puntos, gente que muere en las mazmorras, gente que simplemente deja de aparecer. Si te aferras a cada nombre que desaparece, no vas a durar.

—Tú la conocías —dice Samanta.

Silencio.

No el silencio de alguien que no sabe qué decir. El silencio de alguien que está eligiendo cuánto decir.

—La vi en una misión —admite al final—. Una cooperativa. Hace unas semanas. No hablamos mucho.

—¿Qué misión?

—Una mazmorra de dificultad media-alta. Nada especial.

Nada especial. Samanta escucha esas dos palabras y las guarda en el mismo sitio donde guarda la figura de metal, donde guarda el pan partido y el corte en la mano y Sam dicho sin ceremonia.

—Matt —dice, bajando la voz hasta que es casi privada—. En el Bosque Sumergido, cuando volvimos, me preguntaste si alguna vez había visto a alguien sin puntos. Sin cero. Sin nada.

La mandíbula de Matt se tensa un milímetro más.

—Una pregunta de curiosidad —dice.

—No sonó a eso.

Otro silencio. Afuera, el valle sigue su ritmo perfecto, gente moviéndose en las direcciones correctas, paneles apareciendo con la frecuencia exacta, el cielo azul sin una sola variable que nadie no haya aprobado.

—Ella hacía preguntas —dice Matt, por fin, con una voz tan baja que Samanta tiene que inclinarse ligeramente para escucharlo—. Del tipo que no se hacen. Las que hacen que el sistema te mire.

El pecho de Samanta se aprieta.

—¿Qué tipo de preguntas?

Matt la mira por primera vez desde que se sentó. Sus ojos tienen algo que Samanta reconoce porque lo ha visto antes, en otra vida, en la cara de gente que sabe que lo que está a punto de decir no va a poder desdecirse.

—Sobre el cielo —dice—. Sobre por qué nunca cambia. Sobre qué hay más allá del límite del valle. Sobre qué pasa con los que desaparecen. —Pausa—. Sobre si esto es real o si es real suficiente para que importe la diferencia.

Samanta no dice nada.

—Un día el sistema empezó a marcarla de otra forma —continúa Matt—. No sé cómo explicarlo. Seguía apareciendo en los registros, seguía teniendo puntos, pero había algo en cómo el sistema hablaba de ella que había cambiado. Como cuando hay una palabra en un texto y alguien la ha subrayado, no para señalarla sino para recordar que hay que volver a ella.




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