El Error Fue Sentir

CAPÍTULO 6 — Protocolo de olvido

La misión restringida no tiene briefing.

No hay mapa, no hay lista de objetivos, no hay estimación de dificultad. Solo una coordenada que aparece en el panel de Samanta a las seis de la mañana, cuando el valle todavía tiene esa quietud artificial de las horas que el sistema ha decidido que son de descanso aunque nadie aquí parezca descansar del todo.

La coordenada apunta al sector oeste. Una zona que Samanta conoce de sus exploraciones de límite: poca actividad, pocos paneles, el tipo de espacio que el sistema genera porque necesita que exista pero en el que no invierte demasiado detalle.

Va sola. La misión no asigna grupo.

El trayecto dura veinte minutos a paso normal, y Samanta los usa para prepararse mentalmente para lo que sea que el sistema haya decidido que es una misión restringida de acceso por criterio de anomalía, que podría significar cualquier cosa desde una mazmorra de dificultad extrema hasta algo que no tiene categoría todavía porque nadie ha sobrevivido suficiente tiempo para clasificarla.

Lo que encuentra no es ninguna de las dos cosas.

Es una sala.

Blanca, pequeña, sin ventanas. Con dos sillas enfrentadas y una mesa entre ellas y nada más, salvo la iluminación uniforme que lo llena todo sin venir de ningún sitio concreto. Como todas las salas del sistema: funcional, limpia, diseñada para no distraer de lo que ocurra dentro de ella.

En una de las sillas hay alguien sentada.

Samanta se detiene en el umbral.

El cuerpo lo sabe antes que la mente. Algo se asienta en el pecho con el peso específico del reconocimiento, como cuando escuchas una canción que no recordabas que recordabas y de repente está ahí, entera, con todas sus palabras en el orden correcto.

Alison levanta la vista.

Sus ojos no tienen el calor de alguien que ve llegar a quien estaba esperando. Tienen la cortesía ligeramente tensa de alguien que ve llegar a un desconocido en un contexto que tampoco termina de entender.

—Hola —dice Alison—. Supongo que tú también te asignaron aquí sin explicación.

Samanta no responde de inmediato.

Tiene exactamente cuatro segundos, quizás cinco, antes de que el silencio se vuelva lo suficientemente largo para necesitar explicación. Cuatro segundos para decidir qué hace con lo que sabe, con la figura de metal en el bolsillo y el recuerdo del pan partido y el corte en la mano y Sam dicho sin ceremonia.

Cuatro segundos para decidir si le dice la verdad.

—Sí —dice Samanta—. Sin explicación.

Se sienta en la silla de enfrente.

Alison no la recuerda. Eso es evidente desde el primer momento, no porque haga nada que lo delate sino precisamente porque no hace nada que no lo delate. No hay ningún gesto de reconocimiento. No hay ninguna de esas pequeñas incomodidades que ocurren cuando dos personas comparten historia y tienen que decidir cuánto de esa historia reconocer en público.

La mira como miraría a cualquiera.

Y sin embargo.

Hay algo en la forma en que Alison se acomoda en la silla cuando Samanta se sienta, una relajación mínima en los hombros, casi imperceptible, del tipo que ocurre cuando el cuerpo decide que el espacio que comparte con alguien es seguro. Hay algo en cómo sus ojos vuelven a Samanta con más frecuencia de la que justificaría la situación. Hay algo en el silencio entre ellas, que no tiene la incomodidad del silencio entre desconocidos sino la textura diferente de algo que está esperando recordar cómo funciona.

Samanta lo ve todo.

Y no dice nada.

—¿Llevas mucho tiempo en el valle? —pregunta Alison.

—Unas semanas.

—Yo también. —Pausa—. Aunque a veces tengo la sensación de que llevo más. No sé explicarlo. Como si hubiera huecos en el tiempo que no puedo ubicar.

Samanta mantiene la expresión tranquila con un esfuerzo que no se nota.

—El sistema avisa de eso —dice, usando las palabras exactas que Matt usó con ella—. Confusión de memoria después de mazmorras de alta dificultad.

Alison frunce el ceño ligeramente.

—Sí —dice—. Eso me dijeron. —Una pausa—. No me lo creo del todo.

Samanta la mira.

—¿Por qué no?

—Porque los huecos no se sienten como memoria que falta —dice Alison, despacio, como si estuviera articulando algo que llevara tiempo dando vueltas—. Se sienten como memoria que alguien retiró con cuidado. Hay una diferencia. Cuando olvidas algo, hay una sensación difusa, como niebla. Esto es más como... una estantería con un libro que falta. El espacio está ahí. El espacio tiene la forma exacta del libro.

Samanta escucha esto. Piensa que el sistema explicando por qué los recuerdos que borró el sistema no existen es exactamente como cuando el banco te llama para explicarte que el cobro que hicieron sin avisarte es parte de los términos y condiciones que tú aceptaste. La lógica es impecable. El problema es que es la lógica de ellos.

No es una metáfora que alguien inventa en el momento. Es una metáfora que alguien ha estado usando internamente durante tiempo suficiente para que le salga limpia.

Samanta mete la mano al bolsillo. Los dedos encuentran la figura de metal, las dos letras en la base.

A.S.

—¿Cómo te llamas? —pregunta Samanta.

—Alison.

—¿Y el apellido?

Una fracción de pausa.

—No lo recuerdo —dice Alison—. El sistema no lo registra. Aquí la gente no usa apellidos.

Samanta aprieta la figura en el bolsillo.

—¿Tienes algo que hayas guardado desde que llegaste? —pregunta—. Algo que el sistema no te asignó. Algo tuyo.

Alison la mira con una expresión que es la primera vez que no puede clasificar fácilmente: no es desconfianza ni es apertura sino algo entre los dos, la expresión de alguien que está calculando cuánto puede costar ser honesta con un desconocido.

—¿Por qué preguntas eso?

—Curiosidad —dice Samanta.

El silencio dura exactamente lo que tarda Alison en decidir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.