La convocatoria llega un jueves.
No como misión. No como notificación de sistema. Como mensaje directo, sin remitente visible, con el formato limpio de algo que no necesita justificarse porque ya sabe que va a ser atendido.
SE SOLICITA SU PRESENCIA.
MÓDULO ADMINISTRATIVO CENTRAL.
HOY. 14:00.
ASISTENCIA: INDIVIDUAL.
Samanta lo lee tres veces. Luego se lo muestra a Alison.
Alison lo lee una sola vez.
—No vayas —dice.
—Tengo que ir —dice Samanta.
—No tienes que hacer nada que el sistema te pida.
—No me lo está pidiendo el sistema —dice Samanta—. Alguien está usando el sistema para pedírmelo. Eso es diferente. Y si no voy, esa persona sabe que sé la diferencia, lo cual nos pone en desventaja antes de empezar.
Alison la mira durante un momento largo con esa expresión que tiene cuando está procesando algo que no le gusta pero que no puede refutar.
—Ten cuidado —dice.
No le dice qué tipo de cuidado. Las dos saben que el peligro aquí no tiene la forma obvia del peligro.
El módulo administrativo central existe en el mapa del valle pero Samanta nunca había tenido razón para ir. Es un edificio como los demás desde afuera, con los mismos bordes redondeados y la misma ausencia de detalles que distinguirían un propósito de otro. Por dentro es diferente. Tiene pasillos con algo parecido a textura, paredes que no son exactamente blancas sino de un color que tarda en definirse, el tipo de espacio diseñado para transmitir autoridad sin necesidad de declararlo.
La reciben sin espera. Eso también es una forma de decir algo.
La sala al final del pasillo es más grande de lo necesario para una conversación entre dos personas, lo cual Samanta interpreta como una decisión deliberada: el espacio vacío como forma de recordarte cuánto de él no controlas.
El hombre que la espera está de pie junto a la ventana. Tiene la clase de postura que no es rigidez sino costumbre, la de alguien que lleva tanto tiempo siendo observado que ha incorporado la observación como parte de cómo existe en el mundo.
Se gira cuando ella entra.
—Samanta —dice, con la familiaridad de quien ha leído suficiente sobre alguien para sentir que ya lo conoce—. Gracias por venir.
Tiene una voz tranquila. Una cara que no revela más de lo que decide revelar. Es mayor de lo que Samanta esperaba, no en el sentido de la edad sino en el sentido de alguien que ha tomado muchas decisiones durante mucho tiempo y ya no le cuesta tomarlas.
—No me dio muchas opciones —dice Samanta.
—Siempre hay opciones —dice él, con algo que podría ser una sonrisa si llegara un poco más lejos—. Eso es precisamente de lo que quiero hablar. Siéntese, por favor.
Samanta se sienta. Él también, al otro lado de una mesa que tiene el tamaño exacto para mantener una distancia que no es hostil pero tampoco es cercana.
—Me llamo Valtor —dice—. Soy el director de operaciones de este programa.
—¿Qué programa? —pregunta Samanta.
—Este. —Gesticula hacia afuera, hacia el valle, hacia el cielo perfecto y los paneles y la gente moviéndose en las direcciones correctas—. Todo esto. Lo diseñé. Lo construí. Lo mantengo.
Lo dice sin vanidad. Como un ingeniero describiendo un puente que tardó años en calcular.
—¿Por qué? —pregunta Samanta.
—Porque la gente necesita estructura —dice Valtor, con la paciencia de alguien que ha dado esta explicación antes pero que no ha dejado de creerla—. Necesita propósito medible, progreso visible, consecuencias predecibles. El mundo exterior es demasiado caótico para la mayoría. Demasiado ambiguo. Aquí todo tiene sentido. Aquí el esfuerzo siempre produce resultado.
—Aquí la gente desaparece cuando hace preguntas incómodas —dice Samanta.
Valtor no reacciona.
—Aquí la gente que desestabiliza el sistema pone en riesgo a todos los demás —dice—. Eso requiere intervención. No por castigo sino por mantenimiento. Como cuando un componente empieza a funcionar fuera de parámetros y hay que recalibrarlo para que el conjunto no falle.
—Alison no era un componente —dice Samanta.
—Alison era alguien que había decidido que sus preguntas eran más importantes que la estabilidad de las personas a su alrededor —dice Valtor, con la misma calma—. Ese es un tipo de egoísmo que aquí no podemos permitirnos.
La frase es tan limpia, tan bien construida, que Samanta tarda un segundo en ver exactamente dónde está la trampa. Está en el permitirnos. En la forma en que convierte una decisión de control en una necesidad colectiva.
—¿Qué quiere de mí? —pregunta Samanta.
Valtor abre un panel entre ellos. Muestra un perfil, el suyo, con datos que Samanta no sabía que el sistema registraba: patrones de movimiento, frecuencia de preguntas fuera de protocolo, análisis de interacciones sociales, una curva de lo que el sistema llama índice de fricción que ha subido de forma constante desde que llegó.
—Usted es extraordinariamente capaz —dice Valtor—. Lo veo aquí. Lo vi en sus mazmorras. Lo veo en cómo lee el sistema, más rápido y más profundo que casi cualquier participante que haya tenido. —Pausa—. Ese tipo de capacidad es muy valiosa. O muy costosa. Depende de la dirección en que se aplique.
—¿Y usted quiere elegir la dirección —dice Samanta.
—Quiero ofrecerle algo —dice Valtor—. No una amenaza. Una oferta genuina.
El panel cambia. Muestra algo diferente: una zona del valle que Samanta no ha visto nunca, con más detalle que el resto, con variaciones en el paisaje que el resto del sistema no tiene, luz que cambia de verdad, sombras con origen real, espacios que parecen haber sido diseñados para alguien que los habita en lugar de para alguien que los transita.
—Acceso sin restricciones —dice Valtor—. Puntos que no bajan. Misiones opcionales. Un espacio propio. Sin vigilancia de parámetros, sin índice de fricción, sin intervenciones. Usted vive aquí en las condiciones que el sistema puede ofrecer a su máxima capacidad, y a cambio deja de hacer preguntas que no tienen respuestas que pueda manejar.
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Editado: 24.06.2026