Lo descubre por accidente.
O por lo que el sistema llamaría accidente, que es cualquier resultado que no estaba en los parámetros calculados. Samanta tiene sus dudas sobre si los accidentes existen aquí o si son simplemente patrones que todavía no aprendió a leer.
Es un martes por la tarde. Está en el área de logística completando una tarea de clasificación que no necesita atención real, el tipo de trabajo que el cuerpo hace solo mientras la mente va a otro sitio, cuando el panel de registro de actividad grupal parpadea de una manera que no es su frecuencia habitual.
Samanta lo nota porque nota todo lo que sale de frecuencia.
El panel se estabiliza. Muestra la vista estándar. Pero en el segundo que tardó en estabilizarse, Samanta vio algo que no debería haber visto: un registro de comunicación entre dos identificadores, uno de los cuales reconoce inmediatamente porque es el suyo, y el otro que tarda tres segundos en ubicar porque no es un identificador de sistema sino uno personal, de los que la gente usa en los mensajes privados.
De los que Matt usa.
No lo procesa de inmediato. Termina la tarea de clasificación. Ordena el área. Devuelve el equipo al módulo correspondiente. Hace todo esto con la misma rutina de siempre porque hay una parte de ella que sabe que lo que viene después de procesar lo que vio va a requerir toda su atención, y no quiere gastarlo aquí.
Camina al sector este.
Se sienta en el suelo junto a la planta de las hojas torcidas.
La mira durante un rato sin verla realmente.
El registro que vio mostraba una comunicación entre el identificador de Matt y un canal que Samanta ahora puede ubicar con precisión, porque lleva semanas mapeando los canales de comunicación del sistema y ese canal específico tiene una firma que reconoce.
Es el canal administrativo de Valtor.
No una vez. Un patrón. Fechas que se remontan a antes de que Samanta llegara al valle, y que continúan hasta hace cuatro días.
Cuatro días. Dos antes de la misión de la Cámara de Espejos. Dos después.
Samanta apoya la espalda contra la pared y mira el cielo perfecto encima de ella.
Piensa en Matt en las gradas mirando sus puntos sin tocarlos. Piensa en todos tienen miedo aquí, la diferencia es a qué le tienen miedo. Piensa en la pregunta sobre alguien sin puntos, hecha con la voz de alguien que ya conocía la respuesta y necesitaba saber si ella también la conocía.
Piensa en que Matt lleva aquí más tiempo que ella.
Que llegó antes de que existiera Alison como problema para el sistema.
Que quizás no eligió ser lo que es sino que fue construido así, despacio, por alguien que sabe exactamente cuánta presión aplicar antes de que una persona ceda sin saber que está cediendo.
Eso no lo absuelve.
Pero lo hace más complicado que la traición simple, y Samanta ha aprendido que las cosas complicadas requieren más cuidado, no menos.
No le dice nada a Alison esa noche.
Ni la siguiente.
Lo carga sola durante tres días con la incomodidad específica de quien sabe algo que va a cambiar una situación en el momento en que se diga, y que quiere estar completamente segura antes de que eso ocurra. No porque dude de lo que vio. Sino porque Matt ha estado en el grupo desde el principio y lo que venga después de nombrarlo va a reorganizar todo, y reorganizar todo sin tener el cuadro completo sería un error que el sistema aprovecharía.
Así que observa.
Revisa los registros de las misiones anteriores buscando los momentos donde el grupo fue redirigido, donde una decisión aparentemente lógica los alejó de información útil, donde alguien sugirió algo razonable en el momento menos conveniente. Los encuentra. Siete en total, repartidos a lo largo de semanas, todos con la firma invisible de alguien que conoce el terreno mejor de lo que debería dado su historial declarado.
Matt.
Cada vez.
No siempre de forma activa. A veces solo con una pregunta que cambió el foco de la conversación. A veces con un silencio en el momento en que hablar habría ayudado. A veces con una broma que bajó la guardia del grupo exactamente cuando el sistema necesitaba que estuviera baja.
Samanta lo escribe todo. Sin panel activo. Con la letra apretada de siempre.
Al tercer día, Alison le pregunta qué le pasa.
No de forma directa. Alison no pregunta de forma directa las cosas que importan. Lo hace lateralmente, en el contexto de otra conversación, cuando están revisando un registro juntas y Samanta tarda un segundo más de lo habitual en responder a algo sencillo.
—Estás cargando algo —dice Alison, sin levantar la vista del panel—. Llevas tres días cargándolo.
Samanta no responde inmediatamente.
—Necesitaba estar segura —dice.
Alison levanta la vista.
—¿De qué?
Samanta le cuenta. Todo, en el orden en que lo descubrió, sin abreviar ni suavizar. Alison escucha con esa quietud específica que tiene, sin interrumpir, sin que su expresión cambie de una manera que Samanta pueda leer fácilmente.
Cuando Samanta termina, el silencio dura más de lo habitual.
Alison cierra el panel frente a ella. No para ignorar la información. Para dejar espacio a la única cosa que importa en este momento, que es escuchar a Samanta de verdad.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí Matt? —pregunta Alison al final.
—No lo sé con exactitud —dice Samanta—. Sus registros de llegada no están en el sistema estándar.
—Lo cual significa que llegó antes de que el sistema tuviera el formato actual —dice Alison—. O que alguien borró su llegada.
—O las dos cosas.
Alison mira sus manos durante un momento.
—¿Crees que sabe lo que está haciendo? —pregunta—. ¿O crees que Valtor lo construyó tan despacio que ya no puede ver la diferencia entre lo que eligió y lo que le hicieron elegir?
Es la misma pregunta que Samanta se hizo sola junto a la planta tres días antes.
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Editado: 24.06.2026