El sistema nunca castiga de golpe.
Eso es lo que Samanta ha aprendido en el tiempo que lleva aquí: el sistema prefiere el desvío a la confrontación. No cierra puertas, redirige caminos. No prohíbe, sugiere con tanta insistencia que la sugerencia termina pareciéndose a una orden.
Por eso, cuando el panel aparece un miércoles por la mañana con el tono neutro de siempre, Samanta lo lee dos veces antes de entender lo que realmente está haciendo.
ACTUALIZACIÓN DE ASIGNACIONES — CICLO 14
PARTICIPANTE: SAMANTA
MODALIDAD: MISIÓN DE INMERSIÓN EXTENDIDA
DURACIÓN ESTIMADA: VARIABLE
SECTOR DE DESTINO: MÓDULO URBANO — FASE 4
NOTA: MISIÓN INDIVIDUAL.
SIN GRUPOS COOPERATIVOS.
PARTICIPANTE: ALISON
MODALIDAD: PROTOCOLO DE EVALUACIÓN AVANZADA
SECTOR DE DESTINO: MÓDULO DE REINTEGRACIÓN — FASE 2
NOTA: PROCESO CONFIDENCIAL.
ACCESO RESTRINGIDO.
Lo cierra.
Lo vuelve a abrir.
Las palabras no cambian.
Samanta mira el panel durante un tiempo que no mide, con esa quietud específica que tiene cuando está procesando algo que no quiere procesar. Luego lo cierra una segunda vez y va a buscar a Alison.
Alison ya lo sabe.
Está en la entrada de su módulo con el panel abierto frente a ella, leyéndolo con esa concentración que pone cuando algo no le cuadra. Cuando Samanta llega, ni siquiera levanta la vista. Solo dice:
—Módulo de Reintegración.
—Lo vi —dice Samanta.
—No existe ningún módulo con ese nombre en el catálogo estándar —dice Alison—. Lo busqué. No está registrado en ningún panel público. Aparece solo en mi asignación.
—Lo que no tienen nombre en el sistema —dice Samanta— es lo que más me preocupa.
Alison cierra el panel por fin y la mira. Hay algo en su expresión que Samanta no le había visto antes, no miedo exactamente sino la incomodidad específica de alguien que está acostumbrado a entender cómo funcionan las cosas y acaba de encontrar algo que no encaja en ningún esquema conocido.
—Está separándonos —dice Alison.
—Sí.
—Por lo que encontramos en el archivo de Matt. Por lo que sabe que seguimos buscando.
—Sí —repite Samanta.
Alison mira hacia el valle, con esa luz perfecta e indiferente cayendo sobre todo por igual. Luego mira a Samanta.
—¿Cuánto tiempo crees que dura?
—No lo sé —dice Samanta—. El panel dice variable.
—Variable es la forma educada de decir indefinido.
—Lo sé.
Un silencio. Afuera, el valle continúa su ritmo sin consultarlas. Gente cruzando caminos, paneles apareciendo, el sistema funcionando con la eficiencia de algo que no necesita que nadie lo apruebe para seguir adelante.
—Hay algo que quiero decirte —dice Alison, sin apartar la mirada del valle—. Antes de que esto empiece.
Samanta espera. Ha aprendido que Alison necesita su propio tiempo para llegar a las cosas que importan y que apresurarse lo único que consigue es que no llegue.
—A veces —dice Alison, despacio— tengo la sensación de que ya he estado en algún sitio contigo antes de este. No aquí, no en ninguna mazmorra. En otro sitio que no sé nombrar. —Hace una pausa—. No es un recuerdo. Es más parecido a una deuda. Como si te debiera algo que no recuerdo haber pedido prestado.
Samanta la mira.
—¿Qué tipo de cosa?
—No lo sé —dice Alison—. Pero la siento aquí. —Se toca el pecho, ligeramente, casi sin querer—. Como una taza de café que alguien dejó a medias.
La frase llega extraña. No parece inventada en el momento sino recuperada de algún lugar que ninguna puede ubicar. Samanta la recibe sin saber exactamente qué hacer con ella pero guardándola de todas formas, en el mismo sitio donde guarda la figura de metal y el pan partido y las cosas que no tienen explicación pero que pesan como si la tuvieran.
—Yo también lo siento —dice Samanta, con honestidad—. Desde el principio. Desde el Bosque Sumergido.
—¿Crees que el sistema puede crear eso? —pregunta Alison—. ¿Una sensación de historia compartida que no existe?
Samanta lo piensa de verdad antes de responder.
—Creo que el sistema puede crear muchas cosas —dice—. Pero no creo que pueda crear algo que se sienta exactamente así.
—¿Cómo?
—Como algo que ya existía antes de que lo notaras.
Alison la mira durante un momento. Luego asiente, una sola vez, con el asentimiento que no es cortesía sino confirmación.
—Búscame cuando vuelvas —dice Alison.
—Siempre —dice Samanta.
Alison mete la mano en el bolsillo de Samanta y deja algo ahí antes de apartarse. Un trozo de papel doblado. Samanta no lo abre hasta que Alison ya se fue. Adentro hay dos palabras escritas con la letra pequeña y apretada de siempre. Sector este. La planta. El punto ciego. Samanta lo guarda en el bolsillo junto con la figura de metal.
No es una promesa heroica. Sale sola, con la naturalidad de una cosa que ya estaba decidida antes de decirse.
El Módulo Urbano Fase 4 no es como los módulos anteriores.
Los otros tenían la lógica clara de una misión: objetivos, terreno, consecuencias medibles. Este tiene algo diferente desde el primer segundo, una textura de lo cotidiano que resulta más desconcertante que cualquier mazmorra porque no hay nada que combatir ni acertijo que resolver. Solo hay una ciudad.
Una ciudad normal.
Calles con adoquines irregulares, edificios con fachadas que tienen grietas y manchas de humedad, un cielo que no es el azul perfecto del valle sino algo más oscuro, más variable, con nubes que se mueven de verdad y una luz que cambia de intensidad según la hora. Hay ruido de tráfico. Hay gente caminando con prisa real, sin el propósito calculado de las misiones cooperativas.
El panel de Samanta aparece solo cuando lo busca, discreto, sin los avisos constantes del valle.
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Editado: 24.06.2026