El collar aparece sin previo aviso.
Samanta estaba en medio de una conversación con Alison, una de esas conversaciones que no van a ningún lado en particular pero que se sienten importantes de todas formas, cuando el sistema decidió que era buen momento para ponerle algo metálico alrededor del cuello.
El clic fue seco. Definitivo.
Como la puerta de un carro viejo que uno cierra y no sabe si va a volver a abrir.
Samanta lo tocó con los dedos. Frío. Liso. Con una lucecita roja que parpadeaba con una regularidad que le pareció innecesariamente dramática para las siete de la mañana.
—¿Qué es esto? —preguntó Samanta al aire.
El panel apareció con la puntualidad de quien lleva tiempo esperando que pregunten.
¡BIENVENIDAS A LA FASE SOCIAL — MÓDULO 1! JUEGO DEL ESCONDITE UN LOBO.
TRES OVEJAS.
QUINCE MINUTOS.
EL COLLAR SE ACTIVA SI TE ATRAPA EL LOBO.
¡DIVIÉRTANSE! ☺
El emoticón al final era un nivel de descaro que Samanta no había visto en el sistema hasta ese momento.
—¿Nos pusieron una bomba en el cuello y nos pusieron carita feliz? —dijo Alison, leyendo el panel por encima del hombro de Samanta.
—El sistema tiene un sentido del humor muy específico.
—El sistema tiene la personalidad de un gerente de recursos humanos en un retiro corporativo.
Samanta no pudo evitarlo. Se rió. Una risa corta, real, de las que salen antes de que uno decida si son apropiadas.
Fue el último momento tranquilo del dia.
La arena se transformó antes de que pudieran terminar de procesar lo que estaba pasando.
El suelo blanco se abrió y de él emergieron muros, pasillos, sombras. En menos de treinta segundos el espacio se convirtió en algo que combinaba lo peor de un edificio en construcción con lo peor de una película de terror de bajo presupuesto. Las luces flotantes que antes iluminaban todo de forma pareja ahora lanzaban sombras largas que se movían aunque no hubiera nada moviéndose.
La temperatura bajó.
No mucho. Solo lo suficiente para que el cuerpo lo notara y se pusiera en modo alerta sin tener una razón concreta para explicarlo. Ese frío particular que no está en el aire sino en la piel.
El cronómetro apareció sobre sus cabezas.
15:00
Y luego, sin más protocolo, un sonido grave y largo que presumiblemente significaba empieza.
Los participantes salieron disparados en todas direcciones con la energía caótica de un grupo de personas que acaban de darse cuenta de que la situación es seria. Una chica tropezó con su propio collar al correr, se cayó, se levantó y siguió como si nada porque el momento no era para orgullo. Un muchacho grande y de aspecto intimidante corrió directamente hacia una pared, rebotó, y cambió de dirección sin mirarlo. Otro participante simplemente se quedó quieto en el centro mirando el cronómetro con la expresión de alguien que está calculando si vale la pena el esfuerzo.
Samanta y Alison se miraron.
—Plan —dijo Samanta.
—No correr sin dirección —dijo Alison—. El lobo no necesita atraparnos rápido. Solo necesita que nos cansemos.
—¿Cómo sabes eso?
—No lo sé —dijo Alison, con el ceño fruncido de quien acaba de escuchar su propia voz decir algo que no planeaba—. Me salió.
—A mí también me pasan cosas así.
—¿Saber cosas sin saber de dónde?
—Sí.
Se miraron un segundo más de lo estrictamente necesario.
El cronómetro marcaba 13:47 y el momento de la revelación existencial tendría que esperar.
—Muévete —dijo Alison.
El laberinto estaba diseñado con una lógica específica que Samanta tardó exactamente cuatro minutos en identificar: cada vez que dos personas iban a quedar en el mismo pasillo, algo se movía para separarlas. Un muro giraba. Una sección del suelo cambiaba de nivel. Una puerta que parecía abierta resultaba no serlo.
El sistema no quería que se quedaran juntas.
Eso solo.
Por supuesto.
—Por aquí —dijo Samanta, virando a la izquierda en una intersección donde el pasillo de la derecha se estaba estrechando de forma sospechosa.
Alison la siguió sin cuestionarlo, que era algo que Samanta había notado y que le producía una sensación difícil de catalogar, esa confianza específica de alguien que confía en tu criterio no porque no tenga el suyo sino porque ha decidido que el tuyo también vale.
El cronómetro marcaba 9:12 cuando encontraron el hueco.
No era gran cosa. Una cavidad entre dos muros donde el sistema había dejado un espacio que no parecía intencional, como esa grieta en una pared de apartamento que el dueño lleva dos años prometiendo arreglar. Apenas cabían las dos si se metían de lado y no respiraban demasiado profundo.
Se metieron.
El silencio del laberinto se volvió más denso. Afuera, el sonido de los otros participantes corriendo se mezclaba con los aplausos de los avatares en las gradas, que aplaudían todo con la misma intensidad, los momentos emocionantes, los momentos aburridos, los momentos donde alguien simplemente caminaba por un pasillo.
Samanta los mira aplaudir. Aplauden cuando alguien corre. Aplauden cuando alguien camina. Aplauden cuando alguien simplemente existe en el espacio. Piensa que son exactamente como los parientes en las reuniones familiares, que celebran todo con el mismo entusiasmo porque ya perdieron la capacidad de distinguir entre lo que merece celebración y lo que simplemente ocurrió
El collar de Samanta parpadeaba en rojo junto al de Alison, creando entre las dos una especie de conversación de luces que nadie había pedido.
—Huele a humedad aquí —dijo Samanta, en voz muy baja.
—Es un laberinto virtual.
—Lo sé. No debería oler a nada.
—Y sin embargo.
—Y sin embargo —confirmó Samanta.
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Editado: 24.06.2026