El Error Fue Sentir

Capítulo 13 - Lo que el sistema sabe que duele

Después del Juego del Escondite el sistema le subió los puntos a Samanta, le asignó una cabaña nueva con vistas al valle, y le mandó tres notificaciones de bienestar en un mismo día.

Eso no era normal.

En la experiencia de Samanta, el sistema premiaba eficiencia y castigaba desviación. No mandaba notificaciones de bienestar. Las notificaciones de bienestar eran la versión digital de cuando el jefe de recursos humanos te llama a una reunión sin agenda y te dice que es solo para conversar con esa sonrisa que significa exactamente lo contrario.

La primera decía:

¡Tu rendimiento esta semana fue excepcional!

Recuerda hidratarte y descansar.

El sistema te cuida.

La segunda decía:

Detectamos niveles elevados de actividad cognitiva.

Te recomendamos actividades de relajación en el Sector 2.

El sistema te cuida.

La tercera decía:

Notamos que extrañas a alguien.

Es normal.

El sistema entiende.

El sistema te cuida.

Samanta leyó la tercera notificación dos veces.

Luego la cerró.

Luego la volvió a abrir porque necesitaba confirmar que había dicho lo que había dicho.

Sí. Había dicho lo que había dicho.

El sistema le recomienda actividades de relajación. Piensa que el sistema tiene la misma energía que la señora del conjunto que te deja una nota en el buzón diciéndote que el ruido de tu lavadora a las siete de la mañana afecta la armonía comunitaria, firmada con un corazón dibujado a mano.

—El sistema entiende —repitió en voz alta, sola en su cabaña nueva con sus vistas al valle—. Claro que sí.

Cerró todas las notificaciones de un solo gesto y salió a caminar porque quedarse quieta con esa información dándole vueltas en la cabeza era exactamente lo que el sistema quería que hiciera.

Matt la encontró en el área de entrenamiento.

O ella lo encontró a él. Dependía de cómo se mirara, y en este caso la diferencia importaba porque Matt tenía esa expresión de alguien que había estado esperando la oportunidad de hablar pero que no quería ser el primero en buscarla.

—Alison —dijo, sin preámbulo.

—Ya sé —dijo Samanta.

—¿Sabes adónde la mandaron?

—No exactamente. Algún módulo de evaluación que no aparece en el catálogo estándar.

Matt asintió despacio, mirando el suelo. Tenía ojeras que no eran de cansancio físico sino del tipo que deja la culpa cuando lleva suficiente tiempo instalada.

—Después del juego el sistema la marcó diferente —dijo Matt—. No como anomalía de comportamiento. Como variable de riesgo activa. Hay una diferencia.

—¿Cuál es la diferencia?

—Una anomalía de comportamiento se corrige con restricciones. Una variable de riesgo activa se contiene.

Samanta lo miró.

—¿Cómo sabes eso?

Matt no respondió de inmediato. Miró hacia el valle con esa expresión de quien está calculando cuánto puede decir sin cruzar una línea que lleva tiempo tratando de no cruzar.

—Porque ya vi ese proceso antes —dijo al final—. Con alguien más.

—¿Con quién?

—Con alguien que también hacía demasiadas preguntas sobre cómo funciona esto por dentro. —Pausa—. Desapareció antes de que yo pudiera hacer nada. Y el sistema tardó exactamente tres días en asegurarse de que nadie en el grupo recordara su nombre.

Samanta pensó en eso.

—¿Y tú lo recuerdas?

Matt la miró con algo que podría haber sido vergüenza.

—Sí —dijo—. Por eso sé exactamente cuánto duele que el sistema decida que alguien no existió.

Esa noche el sistema le mandó una cuarta notificación.

Esta no tenía carita feliz.

CONTENIDO DESBLOQUEADO: RECORDATORIO DE ORIGEN MÓDULO: COMPRENSIÓN DEL PROGRAMA DURACIÓN: APROXIMADA 8 MINUTOS NOTA: ESTE CONTENIDO ES PARTE DE TU PROCESO DE ADAPTACIÓN. ¿DESEAS ACCEDER? SÍ / NO

Samanta miró el botón de NO durante un tiempo considerable.

Luego presionó SÍ, porque había aprendido que las cosas que el sistema quería mostrarle eran tan peligrosas en el contenido como reveladoras en el método, y conocer el método era conocer al sistema.

El mundo se apagó.

Llegó a un lugar que no era el valle ni ninguna mazmorra ni ningún módulo que hubiera visitado.

Era una oficina.

No una oficina genérica de simulación con escritorios idénticos y paredes sin historia. Una oficina específica, con esa acumulación de detalles que solo tienen los lugares que la gente habita de verdad durante mucho tiempo. Un tablero de corcho con notas adhesivas en tres colores distintos. Una planta en la esquina que claramente llevaba semanas sin agua pero que se negaba a morirse con la terquedad silenciosa de los seres vivos que nadie cuida bien. Un dispensador de agua con un vaso de papel arrugado encima que nadie había botado. Fluorescentes que zumbaban con esa frecuencia exacta que después de ocho horas empezaba a sentirse dentro del cráneo.

Samanta reconoció el olor antes de reconocer el lugar.

Papel. Café mediocre. Aire reciclado con demasiado tiempo de servicio.

Lo conocía.

No de haberlo visto. De haberlo vivido.

La sensación fue tan física que tuvo que apoyarse en el marco de la puerta porque las rodillas hicieron algo raro.

Había estado aquí.

No en una versión de aquí. Aquí. En esta oficina específica con esta planta específica y este dispensador de agua con este vaso arrugado que nadie botó probablemente porque todos asumían que lo iba a botar otro.

Caminó despacio entre los escritorios.

Eran escritorios reales, con el desorden específico de personas reales. Uno tenía una foto pegada al monitor con cinta adhesiva, una foto pequeña donde no se veían las caras pero sí el mar de fondo y dos siluetas de pie en una playa. Otro tenía un tarro de lápices con tres bolígrafos sin tapa y un marcador seco. Otro tenía una chaqueta colgada en el espaldar de la silla, negra, más grande de lo que debería ser para quien la usaba.




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