El Error Fue Sentir

Capítulo 14 - Lo que el sistema regala

Lena apareció un martes.

O lo que aquí contaba como martes, que era básicamente cualquier día que el sistema decidiera que era martes sin consultarle a nadie.

Samanta estaba en el comedor con una bandeja de comida que olía bien pero que sabía exactamente igual que todo lo demás, con esa uniformidad gastronómica del sistema que claramente había sido diseñada por alguien que nunca tuvo hambre de verdad, cuando se sentó frente a ella sin pedir permiso.

No era Alison.

Eso fue lo primero que notó Samanta. No porque esperara a Alison, bueno sí porque esperaba a Alison, sino porque el gesto de sentarse sin pedir permiso era tan específico de Alison que por un segundo el cerebro hizo lo que hacen los cerebros cuando extrañan a alguien, que es ver a esa persona en cualquier gesto que se le parezca aunque sea remotamente.

La persona que se sentó tenía el pelo corto, una expresión abierta y sin pretensiones, y una bandeja con el doble de comida que Samanta.

—Hola —dijo—. Soy Lena. Llevas tres días comiendo sola y francamente me estaba dando tristeza ajena.

Samanta la miró.

—No estoy comiendo sola —dijo—. Estoy comiendo en silencio. Son cosas distintas.

—¿Cuál es la diferencia?

—Una es una elección. La otra es una condición.

Lena procesó esto mientras pinchaba algo de su bandeja con el tenedor.

—Bueno —dijo—. Entonces estaba equivocada y me siento menos mal por haberme metido. ¿Puedo quedarme de todas formas?

Samanta miró su propia bandeja.

El sistema había decorado la comida con una pequeña zanahoria tallada en forma de flor que no tenía ninguna función nutricional ni estética relevante pero que alguien, en algún departamento de diseño de experiencia del usuario, había decidido que mejoraría el estado emocional de los participantes.

No mejoró el estado emocional de Samanta.

Pero la zanahoria era objetivamente inofensiva.

Lena, todavía no lo sabía.

—Quédate —dijo Samanta.

Lena era el tipo de persona que hacía que los espacios se sintieran más habitados.

No porque hablara demasiado, aunque hablaba bastante. Sino porque escuchaba con todo el cuerpo, con esa atención física de quien realmente está ahí y no en tres conversaciones paralelas que tiene pendientes. Hacía preguntas que no eran de protocolo social sino de curiosidad genuina. Recordaba detalles de lo que uno decía y los traía de vuelta días después con la naturalidad de quien lleva notas mentales sin esfuerzo.

Era, en resumen, el tipo de persona que el sistema colocaba estratégicamente.

Samanta lo sabía.

Lo sabía desde el segundo día, cuando Lena mencionó casualmente que la habían reasignado al mismo sector de misiones que Samanta, que vivía en el módulo de cabañas contiguo al de Samanta, y que por alguna coincidencia del sistema tenían los mismos horarios de entrenamiento.

Las coincidencias en el sistema no existían.

Lo que existían eran decisiones administrativas disfrazadas de coincidencia, que era básicamente lo mismo que hacía cualquier empresa cuando quería que dos empleados interactuaran sin que pareciera una orden.

Y sin embargo.

Lena era real.

Eso era lo complicado. No era un holograma ni un protocolo de conversación generado automáticamente. Era una persona con historia propia, con el tipo de peso específico que tienen las personas reales, con cicatrices pequeñas en los nudillos de la mano derecha que no eran decorativas y con una forma de reírse que empezaba antes de que llegara el chiste como si su cuerpo anticipara la alegría antes que su mente.

El sistema había elegido bien.

Eso también lo sabía Samanta.

Matt la encontró en el área de entrenamiento el jueves.

—¿Ya te pusieron a Lena? —dijo, sin saludo previo.

Samanta lo miró.

—¿Ya me pusieron?

—Lena —repitió Matt, con la paciencia de quien está explicando algo que preferiría no tener que explicar—. ¿Apareció de la nada, se sentó contigo, es encantadora y tienen exactamente los mismos horarios?

—Sí.

—Ya te la pusieron —dijo Matt—. El sistema la usa cuando necesita que alguien tenga algo que perder. Antes de tomar decisiones difíciles. Como recordatorio de que hay cosas que se pueden perder.

Samanta procesó esto.

—¿Cuántas veces la han usado?

Matt dudó un segundo de más.

—No sé si quieres saber eso.

—Matt.

—Varias —dijo Matt—. Con diferentes personas. Lena no sabe que la usan. Eso también es parte del diseño. Es más efectivo si la persona es genuina.

Samanta miró el suelo del área de entrenamiento. Tenía una marca circular donde alguien había practicado caídas durante suficiente tiempo para dejar huella en un suelo que supuestamente no debería tener huellas.

—O sea que el sistema me está diciendo —dijo Samanta, despacio— que si sigo haciendo lo que estoy haciendo, Lena paga las consecuencias.

—El sistema no te lo está diciendo —dijo Matt—. Eso sería demasiado directo. El sistema simplemente te la pone cerca y confía en que llegas a esa conclusión sola.

—Qué considerado.

—Es muy bueno en lo que hace.

—Demasiado —dijo Samanta.

Se quedaron en silencio un momento. Afuera, el valle continuaba con su rutina perfecta, gente moviéndose con propósito, paneles apareciendo con ofertas de misiones, el cielo azul inalterable encima de todo como una tapa bien puesta.

—¿Qué sé de Alison que no sepa todavía? —preguntó Samanta, cambiando el ángulo.

Matt la miró.

—¿Qué quieres saber?

—Todo lo que el sistema sabe y que yo no sé. Porque anoche me mostró la oficina.

La expresión de Matt cambió de una manera que Samanta no esperaba. No sorpresa. Algo más parecido al reconocimiento incómodo de quien escucha una palabra que lleva tiempo evitando.

—¿Te mostró la oficina —repitió, muy despacio.

—Sí. Con fluorescentes que zumbaban y una planta sin agua y una chaqueta en una silla.




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