La planta tenía una hoja nueva.
Samanta no lo habría notado en otro momento, pero llevaba semanas pasando por ese corredor y conocía cada hoja torcida de esa planta con la familiaridad involuntaria de quien comparte espacio con algo sin haberlo elegido. La hoja nueva era pequeña, verde brillante, con esa fragilidad específica de las cosas que acaban de decidir existir.
Matt ya estaba ahí cuando llegó, de pie a una distancia de la planta que parecía casual y que no lo era.
No saludó.
—Las cápsulas —dijo, en voz tan baja que Samanta tuvo que acercarse— son tanques de inmersión. No metafóricamente. Físicamente. Tu cuerpo está en uno ahora mismo.
Samanta lo miró.
No dijo nada.
Esperó.
—El programa no es una experiencia de realidad virtual que uno elige y paga mensualmente —continuó Matt—. Es un sistema de extracción de capacidad cognitiva. Los participantes entran creyendo que es una cosa y el contrato, el contrato real, el de la página treinta y ocho que nadie lee, dice otra.
—¿Qué dice? —preguntó Samanta, con una voz que salió más tranquila de lo que se sentía por dentro.
—Dice que la actividad neuronal generada durante la inmersión puede ser utilizada por la empresa para fines de procesamiento computacional —dijo Matt—. En lenguaje normal eso significa que mientras tú crees que estás haciendo misiones y acumulando puntos, tu cerebro está resolviendo problemas reales para sistemas reales de una empresa real que existe afuera de todo esto.
Samanta procesó eso.
Lo procesó durante un tiempo que no midió.
—¿Cuánta gente hay en cápsulas? —preguntó al final.
—No lo sé con exactitud —dijo Matt—. Muchos. Suficientes para que la empresa tenga un edificio de servidores que no necesita servidores porque los servidores son personas.
Samanta miró la hoja nueva de la planta.
Verde brillante. Frágil. Recién decidida a existir.
—¿Y la empresa —dijo Samanta, despacio— tiene nombre?
Matt la miró con la expresión de quien sabe que la siguiente frase va a cambiar algo de forma permanente.
—Se llama igual que la empresa donde trabajabas —dijo—. Antes de entrar al programa.
El corredor se quedó en silencio.
No el silencio del sistema, que siempre tenía un nivel de ruido de fondo calibrado para el bienestar. Un silencio real, del tipo que ocurre cuando algo demasiado grande ocupa todo el espacio disponible y no deja lugar para nada más.
—Trabajaba para ellos —dijo Samanta. No era una pregunta.
—Todos los que están aquí trabajaban para ellos —dijo Matt—. O para empresas que ellos controlan. El programa de inmersión se ofrecía como beneficio corporativo. Reducción de estrés. Desarrollo personal. El tipo de cosa que aparece en el paquete de bienvenida de un trabajo nuevo entre el seguro médico y los días de vacaciones.
Samanta pensó en un paquete de bienvenida.
Pensó en letra pequeña.
Pensó en que hay documentos que uno firma sin leer porque tiene treinta y dos correos pendientes y una reunión en veinte minutos y el café todavía no está listo y la vida tiene demasiados formularios para leerlos todos con la atención que merecen.
—La página treinta y ocho —dijo Samanta.
—Nadie llega a la página treinta y ocho —dijo Matt.
—¿Tú llegaste?
—Yo llegué a la página veintidós antes de firmar —dijo Matt—. Lo cual en ese momento me pareció suficiente diligencia y ahora me parece una de las decisiones más caras de mi vida.
Un silencio.
—¿Cuánto tiempo llevamos aquí? —preguntó Samanta—. En el mundo real. En las cápsulas.
Matt no respondió de inmediato.
—El tiempo aquí no corre igual que afuera —dijo al final—. El sistema acelera la percepción subjetiva. Lo que aquí se siente como semanas puede ser días afuera. O puede ser más. Depende de en qué fase de procesamiento estén usando tu actividad cognitiva.
—Eso no responde la pregunta.
—No —admitió Matt—. Porque la respuesta me parece irresponsable decirla sin tener certeza.
Samanta lo miró fijamente.
—Matt. Llevo semanas aquí. ¿Cuánto es eso afuera?
Matt miró la planta.
La planta siguió siendo una planta, completamente ajena a la conversación, con su hoja nueva verde brillante moviéndose levemente con una corriente de aire que no debería existir en un pasillo interior.
—Meses —dijo Matt—. Probablemente.
Samanta caminó durante una hora después de esa conversación.
No con destino. No contando pasos ni mapeando patrones ni recopilando datos. Solo caminando con el tipo de movimiento que el cuerpo necesita cuando la cabeza está procesando algo demasiado grande para procesarlo quieto.
Meses.
Su cuerpo estaba en una cápsula desde hacía meses.
Había firmado un documento, presumiblemente en un momento de cansancio laboral o de entusiasmo por un beneficio nuevo del trabajo, que autorizaba a una empresa a usar su actividad neuronal como si fuera capacidad de procesamiento alquilada. Y esa empresa era la misma para la que trabajaba. Lo cual significaba que la trampa estaba incorporada en el trabajo desde el principio, como esas cláusulas de propiedad intelectual que hacen que todo lo que uno piensa en horario laboral o usando recursos de la empresa pertenezca a la empresa, excepto que esta versión incluía el cerebro completo y el tiempo que debería ser el propio.
Samanta se detuvo frente al comedor.
Adentro, Lena estaba sentada con su bandeja doble, hablando con alguien que Samanta no reconoció, riendo de algo con esa risa que empezaba antes del chiste.
Real.
Lena era completamente real.
Y estaba en una cápsula igual que Samanta. Igual que todos. Firmó el mismo documento sin llegar a la página treinta y ocho o quizás llegó y no entendió lo que leía porque estaba escrito en el lenguaje específico de los documentos legales diseñados para ser comprendidos solo por las personas que los escriben.
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Editado: 24.06.2026