Samanta se despertó antes de que el sistema decidiera que era hora de despertar.
Eso era nuevo.
Siempre había sido el sistema el que marcaba el inicio del día con una luz gradual y una notificación de buenos días que tenía exactamente el tono de un mensaje de voz corporativo grabado un lunes por la mañana. Hoy la luz todavía estaba apagada y Samanta ya estaba sentada en el borde de la cama mirando la oscuridad con la claridad específica de alguien que durmió poco pero procesó mucho.
Las cápsulas.
La empresa.
La página treinta y ocho.
Lo había pensado toda la noche desde todos los ángulos posibles y había llegado siempre al mismo punto: que en algún momento de su vida, en una oficina con fluorescentes que zumbaban y una planta sin agua, ella había firmado un documento sin leer hasta el final. No por descuido. Por agotamiento. Por esa fatiga acumulada de quien lleva años siendo eficiente y reservada y ocupando exactamente el espacio que le asignaron sin reclamar ni un centímetro más, y que un día ya no tiene energía para leer la letra pequeña de nada porque toda la energía se fue en sobrevivir lo suficientemente bien para que nadie lo notara.
Samanta conocía ese agotamiento desde mucho antes de la oficina.
Lo conocía desde una casa donde aprendió que el silencio era más seguro que el ruido, que la invisibilidad era más segura que la presencia, que ser buena en todo era la única forma de no dar razones.
Ser buena en todo.
No reclamaba crédito por el trabajo que hacía. No levantaba la voz en las reuniones aunque tuviera razón. Llegaba temprano y se iba tarde y mandaba los informes antes del plazo y nunca, nunca pedía nada que no hubiera ganado tres veces antes de pedirlo.
Y un día llegó un beneficio corporativo nuevo en el paquete de bienestar de la empresa y era una experiencia de inmersión para reducir el estrés y Samanta firmó en la página que le indicaron sin llegar a la treinta y ocho porque llevaba toda la vida firmando donde le indicaban sin llegar al fondo de nada.
Se preguntó si su madre habría firmado también.
Probablemente no. Su madre trabajaba en otro lugar ahora, desde que se fueron. Desde la adolescencia cuando finalmente reaccionó, que fue tarde pero fue, y Samanta había aprendido a vivir con las dos cosas al mismo tiempo, el alivio de que reaccionara y la cicatriz de los años en que no lo hizo.
Las cicatrices no desaparecen con la reconciliación.
Solo se vuelven más viejas.
Samanta se levantó antes de que la luz del sistema lo autorizara y salió a caminar en la oscuridad del valle, que resultó no ser tan oscura porque el sistema nunca dejaba nada completamente sin iluminar, y pensó que eso también era una metáfora de algo aunque no tenía energía para desarrollarla antes del desayuno.
Lena ya estaba en el comedor.
Por supuesto.
Tenía una taza de algo caliente entre las manos y miraba el panel con la expresión de quien está leyendo algo sin prestarle atención real, el tipo de mirada que uno pone cuando necesita tener los ojos en algún lado mientras la cabeza está en otro.
Samanta se sentó frente a ella.
Lena levantó la vista.
—Dormiste mal —dijo.
—Dormí lo suficiente.
—Eso es exactamente lo que dice la gente que durmió mal.
Samanta no respondió. Cogió su taza, que el sistema había llenado con algo caliente sin consultarle la preferencia, y la sostuvo con las dos manos porque el frío de la mañana, o lo que el sistema usaba como frío de mañana, tenía esa humedad específica que se mete en los huesos antes de que uno esté suficientemente despierto para resistirla.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Lena.
—Ya me estás preguntando.
—Eso era el preámbulo —dijo Lena, con una paciencia que Samanta encontró simultáneamente irritante y reconfortante—. La pregunta real es distinta.
—Pregunta.
Lena giró la taza entre sus manos. Era un gesto de quien está buscando la forma correcta de decir algo que lleva tiempo queriendo decir.
—¿Eras feliz? —preguntó—. Antes de aquí. ¿Eras feliz?
Samanta la miró.
No era la pregunta que esperaba. Había esperado algo sobre Alison, sobre el sistema, sobre las cosas que había en la cara de Samanta que Lena claramente podía leer aunque Samanta creía que no se le notaba nada.
Esta era peor.
Esta requería honestidad sobre algo que Samanta llevaba toda la vida contestando con eficiencia en lugar de con verdad.
—No lo sé —dijo Samanta, al final.
—¿No lo sabes o no lo recuerdas?
—Las dos cosas —dijo Samanta—. Pero creo que aunque lo recordara la respuesta sería parecida.
Lena asintió despacio.
—Yo tampoco —dijo—. No era infeliz tampoco. Era más como... existir en el nivel correcto. Haciendo lo que se supone que hay que hacer. Siendo lo que se supone que hay que ser. —Pausa—. Sin que nadie me preguntara si eso era lo que yo quería o si simplemente era lo que aprendí a querer porque era lo que había.
Samanta la miró con más atención.
—¿Dónde creciste? —preguntó Samanta.
—No lo recuerdo con claridad —dijo Lena—. Imágenes sueltas. Una ventana con lluvia. Una cocina pequeña. El sonido de alguien moviéndose por la casa de noche intentando no hacer ruido.
Samanta se quedó quieta.
El sonido de alguien moviéndose por la casa de noche intentando no hacer ruido.
Conocía ese sonido.
No como recuerdo abstracto sino como recuerdo físico, del tipo que se guarda en el cuerpo antes que en la memoria, ese aprendizaje temprano de calibrar el volumen de los propios pasos según el estado de ánimo de otra persona, de saber por el sonido de una puerta si el resto del día iba a ser navegable o no.
—Sí —dijo Samanta, en voz baja—. Yo también recuerdo ese sonido.
Lena la miró.
No dijo nada. No era necesario. Había cosas que dos personas reconocían entre sí sin necesidad de nombrarlo, como se reconocen los que aprendieron a leer una habitación antes de entrar, los que desarrollaron el radar específico de quien creció midiendo el peligro en cosas que para otros eran neutrales.
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Editado: 24.06.2026