El error más dulce

PRÓLOGO

Londres no debería oler a pan recién horneado y pastelitos a las seis de la mañana.

Pero lo hacía.

Hazel Sugden apoyó la frente contra el vidrio frío de su pequeña pastelería y observó la calle mojada, el reflejo de los semáforos en el suelo y el primer autobús que pasaba como si tuviera prisa.

A esa hora, la ciudad estaba en silencio.

El tipo de silencio que te deja a solas con tus decisiones pésimas.

En la mesa detrás de ella había una bandeja de pie de limón. Con un glaseado perfecto. Mucho más resueltos que su vida.

Cerró los ojos.

No estaba pensando en los pasteles.

Estaba pensando en él.

En Ethan Mercer diciendo "cariño" con una naturalidad asesina.

En su mano tibia en su cintura.

En la mirada de Adrian Cole, su ex, cuando los veia juntos: sorpresa, molestia y esa chispa de siempre, la que decía yo sigo teniendo poder sobre ti.

Excepto que ya no.

Hazel respiró hondo, le dio la espalda a la ventana, probó un fragmento de masa rota y se repitió la mentira más peligrosa de todas:

—No siento nada por él. Esto no es real.

La puerta sonó. Campanilla suave. Paso familiar.

— Buenos días, está cerrado. —dijo automática

—Deberías dejar de hablar sola —dijo una voz detrás de ella—. Empiezas a parecer más loca de lo que eres.

No necesitaba girarse para saber quién era.

Ethan.

Traje oscuro. Sonrisa contenida. Ojos que veían demasiado.

Y en ese segundo absurdo, entre azúcar glas y orgullo herido, Hazel entendió algo que no estaba lista para decir en voz alta:

Lo peor no era fingir que estaban juntos.

Lo peor era que, cada día, le costaba un poco más fingir.




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