El error más dulce

1. Odio y Caos

El ascensor del piso 22 siempre olía a café y nervios. Hazel Sugden pensaba que era algo acorde al ambiente: los abogados en Mercer & Co vivían con apuro y cafeína.

Londres amaneció gris a través de los ventanales del bufete, el río Támesis corriendo como un secreto al fondo. Era un martes común. Y aun así, Hazel se levantó con la sensación de que algo estaba por quitarle su calma.

—Estás llegando dos minutos tarde —dijo una voz a su lado, sin siquiera mirarla.

Ethan Mercer.

Traje oscuro, corbata bastante aflojada, ese aire encantador que el no sabía que tenía, y la irritante costumbre de hablar como si todos debieran de hacerle caso.

—Estoy llegando —respondió Hazel—. Mi único retraso fue prepararme psicológicamente para trabajar contigo.

Él sonrió de lado.

—Buenos días para ti también.

Caminaron juntos hacia el área de asuntos judiciales, el piso lleno de pasos rápidos, teléfonos sonando y susurros de negociaciones. Para los demás Hazel y Ethan eran colegas brillantes; para ellos mismos, una guerra silenciosa.

Se sentaron frente a frente, como siempre, con los escritorios separados solo por una línea invisible de odio.

Hazel encendió su computador.

Ethan también.

El recuerdo llegó a la mente de Hazel, apenas lo vio mirándola como si ella le debería algo.

La sala de conferencias, un año atrás.

Hazel había trabajado meses en un caso complejo de prioridad. Investigación, redacción, TODO: suyo. Ethan, que fue su compañero asignado, había presentado el informe final cuando el socio pidió una exposición breve.

Él habló.

Presentó.

Y REALMENTE TODO SALIÓ COMO HAZEL ESPERABA HASTA QUE...

Ethan dijo "mi enfoque fue..."

No dijo "nuestro".

No dijo "Hazel".

No la mencionó en ningún momento.

Y cuando el socio felicitó "tu trabajo, Mercer", Ethan sonrió y no corrigió nada.

Hazel no podía creerlo, tanto trabajo para que él se quedara con todo el crédito.

Ese día él ganó reputación.

Ese día Hazel aprendió a odiarlo.

Meses después, la venganza llegó.

Una oportunidad laboral para él: entrevista con un despacho internacional. Le llegó un correo, documentos, horario y detalles.

Hazel "olvidó" reenviar un recordatorio clave. La reunión cambió, él llegó tarde, la perdió.

—Tú me robaste un crédito —dijo ella ahora, sin levantar la vista del teclado—. Yo arruiné tu entrevista. Estamos a mano. No me mires como si te debiera flores o algo.

—Nunca te pedí flores —respondió Ethan—. Solo que dejaras de contar la historia como si yo hubiera planeado todo.

—Lo planeaste cuando omitiste la parte donde YO creé toda la presentación—replicó ella—, lo cual es cobarde, Mercer.

Ethan se recostó en la silla, sonriéndole como si ella le divirtiera.

—Eres brillante, pero a veces das miedo. Espera. Objeción: siempre das miedo.

—Perfecto —sonrió Hazel—. Así nadie se acerca pensando que puede pasarme a llevar.

Excepto que alguien lo haría al día siguiente.

Y no cualquiera.

La tarde pasó tranquila, en la hora de almuerzo, Hazel bajo al 3er piso por un café o algo para llenar su estómago.

La cafetería del bufete estaba llena de tazas desechables y estudiantes en práctica con cara de trauma. Hazel sostenía un latte mientras pensaba en su verdadera vida: su pequeña pastelería en Camden, abierta solo los fines de semana.

Ahí amaba algo sin que nadie se lo robara.

Ahí tenía recetas que sí llevaban su nombre.

Ahí no existía Ethan Mercer. Y eso es exactamente lo que le daba felicidad.

________

Al día siguiente, todo se quebró.

Hazel llegó temprano, carpeta bajo el brazo, cabello recogido a la prisa. Saludó a la recepcionista y se dirigía a su oficina cuando vio una figura conocida en el pasillo.

Se detuvo.

Parpadeó.

Lo vio otra vez.

Volvió a parpadear.

No podía ser.

Era.

Adrián Cole.

Su ex.

El cual le dijo que nunca iba a ser suficiente.

Su herida de los 22 años.

Traje nuevo. Una credencial del bufete colgando del bolsillo. Sonrisa educada, como si nunca hubiera dicho "no eres suficiente para mí".

—Hazel —dijo él, como si la palabra hubiera esperado años en su boca.

Ella se quedó quieta. Asimilando el momento.

—¿Qué haces aquí?

—Empiezo hoy —respondió—. Área corporativa. Transferencia desde el otro despacho. Parece que Londres es pequeño.

Pequeño no. Cruel. Pensó Hazel

—Podrías haber avisado —murmuró ella. Mandar un mensaje, no lo sé.

—Preferí sorpresa —sonrió él.

Se quedaron mirándose. El pasado comprimido en segundos.

—¿Podemos hablar un momento? —preguntó Adrián—. A solas.

Acabaron en una sala vacía de reunión, luces frías y carpetas apiladas.

—No vine a decir nada de volver o algo así—dijo él—. Solo... quería saber cómo estás. Han pasado años. Cuéntame cómo va tu vida, tienes pareja?

Y ahí, sin pensar, sin consultar con su mente, Hazel respondió:

— ¿5 años, verdad? Sí. Estoy con alguien.

Las palabras flotaron, peligrosas.

—¿De verdad? —preguntó Adrián sonriéndole sabiendo que eso era mentira.

—Sí —repitió ella.

—Quiero conocerlo —añadió él.

Hazel sintió el peso de sus palabras y se quedó pensando.

—No es muy... sociable diría yo

—Entonces será interesante —sonrió Adrián.

— Nos vemos, Adrián. — lo cortó ella.

Ella salió de la sala con el corazón casi saliéndose.

¿POR QUÉ LE DIJE ESO?

Definitivamente estoy muerta. Pensó Hazel apenas salió de la sala.

Necesitaba un novio.

Falso, claro.

Urgente.

Entró al ascensor casi corriendo.

Las puertas se cerraron.




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