Adrián estaba parado frente al ascensor como si el destino le hubiera dicho lo que tenía que hacer para fastidiar a Hazel.
Ella sintió el aire comprimirse. Ethan sintió la incomodidad… y sonrió.
Esa era su especialidad: parecer tranquilo cuando todo parecía una tormenta.
—Hola —dijo Adrián, mirando primero a Hazel y luego a Ethan, calculando, como buen abogado—. Una buena coincidencia.
“Coincidencia” era una palabra muy generosa.
Hazel abrió la boca, lista para decir algo inteligente, pero no le salió nada. Ni una maldita sílaba. Y como si sintiera su vacío de palabras, Ethan habló primero.
—Ethan Mercer —dijo, tendiéndole la mano a Adrián con una cortesía cínica y un brillo burlón en los ojos—. El novio de Hazel.
Lo dijo sin pizca de duda. Como si realmente fuera verdad. Como si fuera demasiado fácil. Como si no hubieran pasado meses odiándose.
Adrián lo miró durante un segundo más de lo necesario. Luego le estrechó la mano con una sonrisa falsa.
—Adrián Cole —respondió—. Compañero de trabajo… antiguo compañero, en realidad.
Hazel tragó.
Ethan no parpadeó. Sujetaba el peligro con la punta de lso dedos y le dijo a Hazel, con la mirada “está controlado”
—He oído hablar de ti —dijo Ethan, tranquilamente.
Era mentira, nisiquiera Hazel sabía cómo él conocía que era su ex. Adrián sonrió.
—Espero que cosas buenas.
—Depende de la definición legal de “buenas” —respondió Ethan, encantador sin darse cuenta.
Hazel habría reído si no estuviera ocupada tratando de no morir.
—Tenemos que ir a reunión —intervino ella rápido—. Política de tiempos del bufete… ya sabes cómo es.
No había reunión, claro, pero necesitaba irse.
—Nos vemos luego, Hazy — dijo con un tono suave Adrián.
Ethan arqueó una ceja.
—¿Hazy?
Adrián sonrió.
—Vieja costumbre.
Hazel sintió sus mejillas arder y salió del ascensor por fin, sin aire.
—Gracias —murmuró—. No sé cómo…
—Fue divertido, Hazy —dijo Ethan burlándose
Ella lo miró mal.
—No te entusiasmes. No es romántico. Es administrativo.
—¿Nuestra “relación” entra en derecho laboral o civil? —preguntó serio.
—Penal —respondió ella—. Especialmente para ti.
Él se rió.
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En la sala de reuniones, minutos después, fingieron ser personas funcionales. Papeles, trámites, cláusulas. Londres se veia tras el vidrio: cúpulas, puentes, buses rojos avanzando.
Hazel trató de enfocarse.
No funcionó.
Podía sentir la presencia de Ethan, tranquilo, tomando notas, respondiendo con eficiencia irritantemente atractiva.
Ella lo odiaba.
O eso se repetía.
Cuando terminó la reunión, Ethan la alcanzó en el pasillo.
—Tenemos que establecer reglas —dijo.
—¿De qué?
—De nuestro fake dating —respondió—. Contratos claros evitan demandas.
Era abogado hasta en la mentira.
Hazel suspiró.
—Está bien. Reglas.
Se sentaron en una sala vacía, luz blanca, una mesa larga. Ethan apoyó una hoja en blanco entre ambos.
—Uno: nada de sentimientos —dijo Ethan.
—Perfecto —asintió Hazel—. Ni en sueños.
—Dos: no hablamos del pasado —añadió él.
Ella levantó la vista.
—Si incluye mencionar que me robaste un crédito, puedo intentarlo.
—Incluye —confirmó—. Y también tu venganza.
Hazel apretó la mandíbula.
— Esta bien.
—Tres: debemos tener una historia coherente —siguió él—. Cómo empezamos. Dónde fue la primera cita. Cosas que le gusten a cada uno.
Hazel se dio cuenta entonces de algo extraño:
conocía su forma de trabajar, su tono en juicio, su caminar apurado…
pero no lo conocía de verdad.
—Te gusta el café negro —dijo ella, segura.
—Y a ti el de vainilla —respondió él—. Y comes chocolate cuando te estresas.
Ella lo miró sorprendida.
—No observas tan poco como presumes.
—No odias tan fácilmente como dices —replicó él.
Silencio.
Peligroso.
—Cuatro —apresuró Hazel, rompiendo el momento—: límites físicos.
—Manos, abrazos, besos rápidos si hay público —enumeró Ethan, tranquilo.
Ella intentó respirar al escuchar la palabra “besos”
—Sí… público estrictamente necesario.
—Última regla —dijo él, y la miró con seriedad inesperada—: si en algún momento te incomodas, se acaba. No se negocia.
—Hecho —respondió suavemente.
Firmaron un contrato, bueno en realidad la hoja de papel que ahora se encontraba enumerada con reglas.
—
Al día siguente, tarde del viernes, Londres era un mosaico de paraguas y charcos. Hazel salió del bufete y se dirigió a Camden, a su otra vida.
La pastelería olía a azúcar morena y mantequilla derretida. Su lugar. Su refugio. Su reino de tartas de limón y brownies.
Amasó, horneó, decoró. Se ensució de harina y se olvidó del mundo por unas horas… Al menos hasta que sintió la campana de la puerta cuando se abría.
Hazel estaba completamente cubierta de harina, cola de caballo desordenada, delantal rosa, cero abogada perfecta en realidad. Levantó la vista preparada para sonreírle a un cliente… y era él.
Traje oscuro. Ojos sorprendidos. Silencio.
—Tú… horneas —exclamó Ethan, como si hubiera descubierto crimen federal.
—Felicitaciones, Sherlock —respondió—. ¿Quieres una galleta o una declaración jurada?
No se rió. Caminó hasta el mostrador. Miró todo con una delicadeza que no le conocía.
—Nunca te vi tan feliz en la oficina —murmuró.
Y eso fue peor que cualquier pelea.
—Si voy a ser tu novio, tengo que conocer tu vida paralela. Por qué no sabía de esto?
—No estamos preparando un juicio —dijo ella—. Es una mentira controlada. Además que crees? Que llegaría un día cualquiera a contarle a mi rival, enemigo que abrí una pasteleria?
—Las mentiras descontroladas son más divertidas —respondió, sonriendo sin querer, se le congeló cuando vio que Hazel no reía—. Bueno, quizás mencionarlo, “mañana tengo que trabajar en mi pastelería” no lo sé, algo.