La campanita de la puerta se cerró tras Ethan y el silencio volvió a la pastelería. Hazel se quedó mirando el vidrio, todavía con harina en las manos.
No sentía mariposas. Sentía rabia.
Rabia porque él había entrado a su lugar seguro.
Rabia porque había sido amable.
Rabia porque una parte del mundo parecía creer que ellos dos podían funcionar, lo cual era, objetivamente, absurdo.
Lily masticaba un macaron con la calma de quien disfruta del caos ajeno.
—No estás sonriendo —dijo—. Eso es raro en ti aquí.
—Porque no fue agradable —respondió Hazel—. Fue… invasivo. Es Ethan. Ethan Mercer. El ser humano equivalente a una cláusula mal redactada.
Lily rió.
—Igual es guapo.
—Eso es irrelevante y no ayuda —contestó Hazel rápido.
Pero no negó que lo fuera. Odiaba eso también.
Siguió trabajando hasta tarde, como quien intenta apagar una idea a golpes de espátula. Funcionó más o menos.
⸻
El lunes, el bufete volvió a tragarla.
Hazel entró con la actitud que usaba como armadura: espalda recta, paso firme, cero expresión. Ethan estaba hablando con dos asociados en el pasillo, sonriendo de esa forma que irritaba solo por existir.
Cuando la vio, levantó apenas la barbilla.
—Buenos días —dijo, con una cortesía exagerada.
—No me hables como si te cayera bien —respondió Hazel, pasando a su lado.
—Solo practico —replicó él—. Tu ex mira mucho.
Hazel giró la cabeza.
Adrián estaba al fondo del pasillo, revisando documentos, fingiendo no escuchar. Claro.
Todo era una obra de teatro con público.
Hazel se acercó a su escritorio y dejó la carpeta con más fuerza de la necesaria.
Ethan apareció segundos después, apoyándose en el borde como si ese fuera su lugar natural.
—Tenemos que coordinar versiones —dijo—. Él va a seguir preguntando.
—Nuestra versión es que soportarnos ya es un acto heroico —respondió ella.
—Perfecto —replicó—. Amor verdadero.
Hazel lo miró con el ceño fruncido.
—No confundas términos. Yo no te soporto. Te tolero por necesidad.
—Yo exactamente lo mismo —dijo Ethan, sin molestarse—. Y solo hasta que esto termine.
Eso la tranquilizó un poco.
Eso, y la certeza de que él no estaba sintiendo nada. Nadie estaba sintiendo nada.
Era transacción. Estratégica. Fría.
Justo como debía.
⸻
El after office fue peor idea de lo que ella recordaba.
Hazel estaba ahí por obligación social. Ethan estaba ahí porque parecía disfrutar cualquier evento donde pudiera demostrar que sabía de todo. Adrián estaba ahí porque el destino la odiaba.
La música de fondo, risas, copas.
Adrián se acercó directamente, como un misil bien dirigido.
—No los he visto juntos —dijo—. Pensé que eran inseparables.
Hazel abrió la boca para responder, pero Ethan llegó antes que sus palabras. Siempre antes.
Se puso a su lado. No demasiado cerca. Lo justo.
—Estamos intentando no irritar al resto del equipo —dijo tranquilo—. Tenemos fama de intensos.
Hazel apretó los labios. No era mentira.
—Quería conocer más de ustedes —dijo Adrián—. Cómo se enamoraron.
Ethan y Hazel intercambiaron una mirada corta. Guerra silenciosa.
Tú habla. No, tú. No, tú.
Hazel habló.
—No fue romántico —dijo—. Fue práctico. Trabajamos juntos. Discutimos mucho. No nos agradamos al principio.
Ethan intervino:
—Nos seguimos sin agradar en realidad.
Hazel lo miró de reojo. Eso, lamentablemente, era perfecto.
Adrián arqueó una ceja.
—Entonces… ¿por qué están juntos?
Hazel respondió sin titubeos:
—Porque funciona.
Sencillo. Frío. Nada de magia.
Ethan asintió.
—Sí. Somos compatibles en lo que importa: horarios, metas, silencio cuando se necesita.
No hubo miradas profundas. No hubo tensión romántica.
Solo dos personas que podían interpretar bien su papel.
Adrián no parecía convencido todavía.
—Y el beso? —preguntó, como quien empuja una pieza de dominó.
Silencio.
Ethan la miró, como si pidiera permiso sin pedirlo. Hazel sostuvo la mirada, firme.
Está bien. Trabajo. Nada más.
Ethan la tomó suavemente del mentón y la besó.
Hazel no sintió explosiones. Ni electricidad. Ni nada bonito. Sintió estrategia.
Como firmar un documento.
Como cerrar un trato.
Correcto. Medido. Vacío.
Cuando se separaron, ella solo dijo:
—Listo. ¿Algo más?
Adrián sonrió, pero sus ojos no.
—No. Por ahora, no.
Se fue.
Ethan soltó el aire.
—No significó nada —aclaró.
—Obvio —respondió Hazel de inmediato—. Solo actuación.
—Bien.
—Bien.
Y ese fue el acuerdo:
el beso era un trámite,
y ellos seguían exactamente donde estaban.
Enemigos.
Socios por conveniencia.
Corazones completamente intactos.