El error perfecto

Capítulo 5: La gala del futuro

El algoritmo de la paciencia

El viernes por la mañana, el despacho de Julián no olía a sándalo, sino a café cargado y a la fricción invisible de un cronómetro suizo. Julián estaba de pie frente al ventanal, observando el tráfico de la ciudad con la misma expresión con la que un cirujano observa una herida: con precisión clínica y cero sentimentalismo.

—Seis meses —sentenció Stephanie, dejando una carpeta de cuero sobre el escritorio de obsidiana—. Es el tiempo que Don Ricardo ha estipulado para que la mentoría sea considerada "de impacto". He bloqueado los espacios en su agenda, señor.

Julián se giró lentamente, arqueando una ceja con incredulidad.

—¿Seis meses para enseñar administración básica? Stephanie, en seis meses puedo absorber una competidora en Wall Street. ¿Cuánto tiempo planeas que pierda en esto?

—No es una pérdida si el pupilo es eficiente —replicó ella, abriendo el cronograma—. Pero he sido realista con su tiempo. Habrá días de dos horas de sesión, pero los martes y jueves, con el cierre de mercados, solo dispondrá de una hora exacta. Ni un minuto más para dudas, ni un segundo para anécdotas personales. Si el ganador no puede absorber la información a esa velocidad, el proyecto fracasará por su propia incapacidad.

Julián asintió, conforme con la rigidez del plan. El tiempo era su activo más caro y no pensaba regalarlo.

—Bien. ¿Cómo vamos a elegir a la víctima? —preguntó Julián, acercándose a la mesa—. No voy a entrevistar a siete personas para escuchar cómo quieren salvar el mundo con buenas intenciones. No tengo paciencia para el entusiasmo sin estructura.

Stephanie señaló los expedientes.

—El lunes a las ocho de la mañana no habrá entrevistas. Habrá un filtro de estrés. Les entregaré un caso de crisis real: su flujo de caja está en negativo, su proveedor principal ha quebrado y tienen que decidir en diez minutos qué parte de su "sueño" van a amputar para que la empresa sobreviva.

—El que titubee, queda fuera. El que llore por el "impacto social" mientras su balance se desangra, queda fuera —sentenció Julián—. Busco a alguien que entienda que, para que un corazón lata, primero hay que asegurar el suministro de oxígeno. La pasión no sirve de nada si no sabes leer una hoja de cálculo bajo fuego.

—Entonces, el lunes a las ocho sabremos quién tiene el carácter para sentarse frente a usted —concluyó Stephanie.

Julián volvió a mirar el reloj. En pocas horas tendría que ir a esa gala, ponerse la máscara de filántropo y anunciar que el lunes empezaba la criba.

No sospechaba que, mientras él diseñaba ese "algoritmo de la paciencia" para descartar a los débiles, una chica en un barrio humilde estaba repasando fórmulas contables con una cinta color vino apretándole las ideas, lista para demostrarle que el acero también puede tener alma.

La mancha de oro líquido

El Centro de Innovación Educativa brillaba bajo una iluminación ámbar que hacía que el cristal y el acero de la arquitectura moderna parecieran oro líquido. El aire estaba saturado de una mezcla embriagadora: el perfume de las orquídeas blancas y el rastro metálico del champán helado.

Julián Montenegro caminaba por el salón con la elegancia mecánica de un hombre que cumple una condena de lujo. Su traje de tres piezas gris carbón era una armadura que lo mantenía a salvo del ruido humano.

—Señor Montenegro —susurró Stephanie—, el comité espera que entregue los reconocimientos.

—Lo que le da peso al programa son los ceros en el cheque que firmé esta mañana, Stephanie —respondió él con ironía cansina—. Hagámoslo rápido.

Al otro lado del salón, Sofía sentía que el suelo era de papel. Llevaba un vestido en un tono mostaza vibrante, de un corte impecable y líneas sencillas que resultaba profundamente elegante. Pero al ver a Julián allí, su seguridad se evaporó.

¿Qué hace él aquí?, se preguntó, sintiendo un vacío en el estómago. Lo observó mientras los empresarios le abrían paso. ¿Será el dueño? ¿Un invitado de honor? Solo sabía que su presencia la hacía sentir que su proyecto era un juego de niños.

Presa de un ataque de pánico, se refugió en un rincón y sacó el móvil. Sus dedos volaban sobre la pantalla:

Sofi: CHICAS. No van a creerlo.
Sofi: El del castillo de hielo está aquí. En el medio del salón.
Sofi: No sé qué hace aquí, pero me voy a morir. Siento q mi proyecto es una basura al lado de él.
Clara: ¿¿¿QUÉ??? ¿El tipo de la oficina?
Lucía: Sofi x favor respira. No entres en pánico.
Clara: Si está ahí es pq tiene q ver con las becas. Ve y dile algo.
Sofi: No puedo. Me va a reconocer y me va a echar.
Lucía: Traes la cinta vino. Eres una García. Ve y dale la mano, ya ganaste la beca, no te la pueden quitar.

Sofía guardó el teléfono, tomó aire y forzó a sus pies a avanzar hasta que estuvo frente a él.

—Señor Montenegro —dijo con una voz que tembló más de lo que hubiera deseado.

Julián bajó la vista lentamente. La miró con la cortesía gélida que reservaba para los desconocidos. No la reconoció.

—Buenas noches —respondió él, cortante—. Espero que la velada sea de su agrado.

Sofía, impulsada por un resto de orgullo, le extendió la mano.

—Soy Sofía García. Autora de uno de los proyectos seleccionados.

Julián aceptó el saludo por pura etiqueta. En cuanto sus dedos cerraron sobre los de ella, el rastro de vainilla y la calidez de esa piel dispararon un archivo en su memoria. El clic fue instantáneo. Julián no sonrió, pero su mirada se volvió un grado más afilada.

—Vaya —murmuró él—. Así que la joven que no sabe usar un GPS ha logrado llegar hasta aquí.




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