CAPÍTULO 1: EL ARCHIVERO DE CLOUD CREEK
El sol de la mañana se filtraba entre las tablas de madera del Archivo de la Aldea, creando rayos de luz polvorientos que bailaban sobre los cientos de pergaminos enrollados. Para Lian, aquellos haces de luz eran como los dedos de un anciano sabio, señalando los textos más importantes del día. A sus diecisiete años, conocía cada mancha de humedad en el techo, cada crujido de la tercera estantería, y el olor exacto de cada pergamino: unos olían a sándalo, los más antiguos a humedad y tiempo, y los que contenían registros de cosechas, a paja seca.
—Lian, muchacho, ¿desayunaste hoy?
La voz cascada del Viejo Chen lo sacó de su trance. El anciano, el archivero titular, entró arrastrando las sandalias y sosteniendo un cuenco de gachas de mijo humeante.
—Hace dos horas, maestro —respondió Lian sin apartar la vista del pergamino que estaba copiando. Su pincel se deslizaba con una precisión casi obscena para alguien de su edad. Cada trazo del carácter "Espíritu" salía perfecto, con la curva justa y la fuerza adecuada en el descendente final.
—Mientes mal, muchacho. Desde que amaneció estás aquí. Tus orejas se mueven cuando mientes, igual que las de tu difunto padre.
Lian suspiró y dejó el pincel. El Viejo Chen tenía razón, como siempre. Tomó el cuenco y sopló las gachas mientras el anciano se acomodaba en su sillón de bambú, el que crujía más que las estanterías.
—Maestro —dijo Lian entre sorbo y sorbo—, estos caracteres de la Tercera Dinastía Luminosa... ¿por qué tienen trazos tan complicados? Un carácter "Agua" de hoy tiene tres líneas. Este de aquí tiene siete, y además un punto en el centro.
El Viejo Chen sonrió, mostrando los huecos de sus muelas perdidas.
—Porque en aquel entonces, muchacho, el agua era más sagrada. Los caracteres no son solo marcas. Son recuerdos. Cuando un carácter es más complejo, significa que la gente de esa época le daba más importancia a esa cosa. El "Agua" de hoy es simple porque abrimos un grifo y sale. El de antes... ese era el agua que había que buscar, proteger, agradecer.
—Entonces, si alguien quisiera recuperar el poder de aquella época —preguntó Lian, enarcando una ceja—, ¿debería escribir con esos caracteres antiguos?
El Viejo Chen se quedó callado unos segundos. Sus ojos, nublados por las cataratas, parecieron enfocarse en algo lejano.
—No, muchacho. El que escribe con caracteres antiguos sin entender su espíritu, solo mancha papel. Primero se entiende, luego se siente, y solo al final... se escribe. Y aún así, hay cosas que no deberían escribirse.
El silencio se instaló entre ellos, roto solo por el canto de los gallos en el corral de la familia Wang. Lian terminó las gachas y devolvió el cuenco. Quería preguntar más, pero sabía que el Viejo Chen tenía sus secretos. Como por qué un hombre con su sabiduría terminaba archivero en una aldea perdida en las montañas, en lugar de ser tutor de alguna gran familia en la ciudad.
—¡Lian! ¡Lian!
La voz infantil irrumpió en el archivo como un vendaval. Una niña de unos doce años, con el cabello revuelto y las mejillas coloradas por la carrera, apareció en la puerta.
—Mei —dijo Lian con una mezcla de afecto y resignación—. ¿Cuántas veces te he dicho que no entres gritando? Los pergaminos...
—¡A la mierda los pergaminos! —soltó la niña, y Lian abrió los ojos como platos. El Viejo Chen soltó una carcajada que terminó en tos—. Mi padre dice que vinieron forasteros. ¡De la ciudad! ¡Y son cultivadores!
Lian sintió un escalofrío. Cultivadores. La palabra pesaba como una losa. En los diecisiete años de su vida, solo había visto a uno una vez, cuando tenía siete. Un hombre que volaba sobre una espada gigante, cruzando el cielo como una exhalación. Los aldeanos habían salido a mirar, y algunos se habían arrodillado. Su padre lo había levantado en hombros para que viera mejor.
—¿Y a nosotros qué nos importa? —preguntó Lian, intentando sonar desinteresado.
—Que están en la taberna de mi tío, y mi padre dice que vayas. Que el más viejo de ellos preguntó por el archivo. ¡Quiere verte!
El Viejo Chen dejó de toser. Sus manos, apoyadas en el bastón, se tensaron.
—Lian —dijo con una voz que Lian no le conocía, grave y urgente—. Cuando vayas, no digas nada de lo que hablamos. Nada de caracteres, nada de dinastías. Eres solo un muchacho que barre y ordena. ¿Entiendes?
—Pero, maestro...
—¿Entiendes? —repitió el anciano, y por primera vez Lian vio miedo en sus ojos.
Asintió.
La taberna "El Buey Contento" era el edificio más grande de Cloud Creek después del granero comunal. Normalmente olía a vino de arroz, a carne asada y a sudor de campesinos. Hoy olía a incienso, a metal y a poder.
Cuando Lian entró, sintió que el aire se volvía espeso. En la mesa principal, ocupando todo el espacio que normalmente usaban cuatro personas, había tres hombres sentados. No, "hombres" no era la palabra exacta. Eran... seres.
El que parecía el líder vestía una túnica blanca como la nieve recién caída, con bordados en hilo dorado que formaban nubes y grullas. Su cabello, negro como la tinta, lo llevaba recogido en un moño alto sujeto por una horquilla de jade. Tendría treinta años, quizá menos, pero sus ojos... sus ojos tenían una profundidad que helaba la sangre. Era como si miraran a través de ti, como si evaluaran el peso de tu alma en una balanza invisible.
A su izquierda, un gigante con una armadura de cuero negro y una cicatriz que le cruzaba el rostro de la frente a la mandíbula. No tocaba la comida, solo observaba la puerta con la atención de un halcón.
A su derecha, una mujer joven, increíblemente hermosa, con una sonrisa perpetua que no llegaba a sus ojos. Llevaba un vestido rojo fuego y en su regazo descansaba una espada corta envainada en seda.
El padre de Mei, el tabernero gordo y sudoroso, hacía reverencias continuas junto a la barra.