CAPÍTULO 2: LA HIJA DEL HERRERO
El sol apenas comenzaba a asomar tras las montañas orientales cuando el primer martillazo resonó en Cloud Creek. ¡Dong! Lian lo reconoció incluso antes de abrir los ojos. Era el ritmo del herrero, un golpe pausado y firme, el que usaba para dar forma al hierro en bruto. No el repiqueteo rápido de cuando ajustaba herraduras, ni el martilleo furioso de cuando forjaba una hoja. Golpe de base. Día empezado.
Lian sonrió en la penumbra de su cuarto. Ese sonido significaba que Mei ya estaba despierta. Porque la hija del herrero nunca empezaba el día con martillo. Ella empezaba con el fuelle.
—¡Más aire, muchacha! ¡El hierro no se calienta con suspiros!
La voz del herrero Zhang retumbaba en la calle principal mientras Lian salía del archivo. Allí estaba ella, Mei, manejando el enorme fuelle de cuero con brazos delgados pero sorprendentemente fuertes. Tenía doce años, pero su cuerpo empezaba a mostrar la fuerza que da el trabajo diario. El cabello, recogido en una coleta desordenada, le caía sobre el rostro sudoroso. Las mejillas, siempre coloradas, hoy estaban particularmente encendidas por el esfuerzo.
—¡Es que usted mete demasiado carbón, padre! —protestó ella sin dejar de bombear—. ¡El fuego se ahoga!
—¿Ah, sí? ¿Y tú sabes más de forja que yo, que tengo treinta años en esto?
—Sé más de fuego que usted, que es lo que importa.
El herrero Zhang soltó una carcajada que mostró sus dientes desiguales. Era un hombre enorme, con brazos como troncos de roble y un delantal de cuero manchado por mil quemaduras. Su cabeza rapada brillaba con el sudor del taller. Al ver a Lian en la puerta, su sonrisa se amplió.
—¡Eh, el archiverito! ¿Vienes a encargar una herramienta o a distraer a mi hija?
—A ninguna de las dos cosas, maestro Zhang —respondió Lian con una reverencia respetuosa—. Solo iba al pozo por agua y oí el fuelle. Quería asegurarme de que Mei no había incendiado la aldea aún.
Mei soltó el fuelle y le sacó la lengua.
—Muy gracioso. Al menos yo trabajo. Tú solo manchas papel.
—Manchar papel —dijo Lian fingiendo dignidad— es un arte que requiere años de práctica. Tú, en cambio, solo tienes que soplar.
—¡Soplar! ¿A que te soplo yo?
Agarró un puñado de ceniza del suelo y fingió lanzársela. Lian esquivó con una risa, y el herrero Zhang negó con la cabeza, divertido.
—Bueno, ya basta de payasadas. Mei, el agua. El archiverito tiene razón, necesitamos agua para templar. Ve con él al pozo.
—¿Pero padre...
—Agua. Ya.
Mei resopló, se limpió las manos en el delantal y salió del taller ajustándose la ropa. Llevaba una túnica simple de lino marrón, remendada en las rodillas y los codos, pero limpia. Sus pies, descalzos, tenían la piel endurecida del suelo del taller.
—Vamos —dijo, y echó a andar hacia la plaza.
El pozo de Cloud Creek era el corazón social de la aldea. Una estructura de piedra gris, con un tejadillo de madera y una polea de la que colgaba un cubo enorme. Las mujeres solían reunirse allí por las mañanas a llenar cántaros y contar chismes. Cuando Lian y Mei llegaron, ya había tres de ellas cuchicheando animadamente.
—...y dicen que volverán dentro de un año —decía una, la mujer del panadero—. Que si el niño nace con el destino adecuado, se lo llevarán a la secta.
—¿Y los padres? —preguntó otra.
—Los padres, contentos. Un hijo cultivador es un hijo que envía dinero y protección. ¿Quién no querría eso?
Mei se acercó al pozo y empezó a darle a la manivela. Lian se quedó a su lado, escuchando.
—Cultivadores —murmuró Mei con desdén—. Vienen, miran, y se van. Como si fuéramos hormigas.
—¿Tú no querrías ser una? —preguntó Lian en voz baja.
Mei se detuvo un momento. Lo miró con esos ojos negros suyos, profundos y chispeantes.
—¿Yo? ¿La hija del herrero? —soltó una risa amarga—. Para ser cultivador hay que tener linaje, o dinero, o un destino de fénix. Yo solo tengo carbón en las uñas.
Subió el cubo lleno y vertió el agua en dos cántaros que había traído. Lian cogió uno, ella el otro. Emprendieron el camino de vuelta.
—Pero si pudieras —insistió Lian—. Si te dieran a elegir.
Mei guardó silencio unos pasos. El sol ya calentaba, y las gallinas escarbaban en los bordes del camino.
—A veces —dijo al fin—, cuando el fuego está alto y el hierro se pone naranja, casi blanco... siento algo. Como si el calor me llamara. Como si quisiera entrar dentro de mí. Mi padre dice que son tonterías, que es el cansancio.
Se encogió de hombros.
—Pero si pudiera elegir... elegiría volar. Sí. Volar sobre una espada, como ese cultivador que viste cuando éramos pequeños. ¿Te acuerdas?
Lian asintió. Siete años atrás, pero el recuerdo era vívido: una silueta contra el sol, cruzando el cielo a velocidad imposible, dejando una estela de luz.
—Yo lo vi desde los hombros de mi padre —dijo Lian—. Parecía un dios.
—Un dios —repitió Mei—. ¿Tú crees que los dioses se manchan las manos? ¿Que sudan como nosotros?
—No lo sé.
—Yo creo que no. Por eso son dioses.
Llegaron al taller. El herrero Zhang ya había sacado una barra de hierro del fuego y la trabajaba sobre el yunque. ¡Dong! ¡Dong! ¡Dong! Cada golpe hacía saltar chispas que bailaban en el aire como luciérnagas furiosas.
Mei dejó su cántaro junto a la puerta y se acercó a observar. Lian se quedó también, hipnotizado por el ritmo. El metal se doblegaba bajo el martillo, cambiaba de forma, se volvía dócil.
—¿Qué está haciendo, maestro Zhang? —preguntó Lian.
—Una reja para el arado de la familia Wang —respondió el herrero sin dejar de golpear—. La suya se partió ayer. Si no la tienen lista para la semana que viene, pierden la siembra.
—¿Y cuánto cobra por ella?
—Nada. Los Wang compartieron su cosecha con nosotros el año de la plaga. Ahora devolvemos el favor.
Lian asintió, comprensivo. Así funcionaba Cloud Creek. Nadie se hacía rico, pero nadie se moría de hambre solo. El trueque, los favores, las deudas de gratitud que pasaban de generación en generación.