El escriba que desafío los cielos

Capitulo 3

CAPÍTULO 3: LA PRUEBA DEL DESTINO

Tres días después de la visita de los cultivadores, la aldea de Cloud Creek despertó con un bullicio inusual. No era el rumor cotidiano de los gallos y los martillos, sino un murmullo denso, cargado de expectación y nerviosismo. Era el día de la Prueba del Destino.

Lian lo supo incluso antes de abrir los ojos. Lo supo por el silencio del archivo, porque el Viejo Chen no había llegado aún con sus gachas matutinas. Lo supo por los pasos apresurados que resonaban en la calle principal, por las voces de los padres llamando a sus hijos, por el llanto de algún niño pequeño que no entendía qué ocurría pero sentía la tensión en el aire.

Se vistió con su túnica más decente, la de color gris claro que su madre le había cosido antes de morir, y salió. El sol apenas asomaba, pero la plaza ya estaba medio llena. En el centro, donde normalmente se colocaba el puesto del verdulero los días de mercado, habían instalado una estructura que Lian no había visto nunca.

Era un altar bajo, de piedra negra, sobre el que descansaba una roca del tamaño de la cabeza de un hombre. Pero no era una roca común. Tenía un brillo húmedo, como si acabaran de sacarla de un río, y en su superficie se arremolinaban vetas de colores que cambiaban según la luz: verdes, azules, a veces destellos dorados. La Piedra del Destino.

Alrededor del altar, los ancianos de la aldea formaban un círculo. El Viejo Chen estaba entre ellos, con su bastón y su expresión impenetrable. La abuela Huang, que debía tener más de noventa años y recordaba cosas que nadie más recordaba, presidía la ceremonia con una dignidad que rara vez mostraba en su vida diaria.

—Lian.

La voz de Mei lo sobresaltó. La hija del herrero estaba a su lado, con el cabello limpio y recogido en dos trenzas, algo que Lian nunca le había visto. Llevaba una túnica nueva, azul oscuro, que le quedaba un poco grande, probablemente prestada.

—Estás guapa —dijo Lian sin pensar.

Mei enrojeció y le dio un codazo.

—Cállate. Es mi túnica de la suerte. Mi padre la compró en la ciudad hace dos años, para el funeral de mi abuela. Desde entonces no la había sacado.

—¿Y por qué hoy?

—Porque la abuela siempre decía que la suerte hay que vestirla. Que no basta con tenerla, hay que mostrarla.

Lian asintió, aunque no entendía del todo la lógica. Su mirada volvió a la Piedra. Los colores en su superficie parecían moverse, como nubes en un cielo diminuto.

—¿Tú vas a participar? —preguntó Mei.

—No. Ya pasé la edad. La prueba es solo para niños de siete a doce años.

—Siete a doce —repitió Mei—. Yo cumplí doce hace tres meses. Es mi último año.

Lian la miró. Por primera vez, notó algo en sus ojos que no había visto antes: miedo. No miedo a la Piedra, sino miedo a lo que pudiera revelar. O a lo que pudiera no revelar.

—¿Temes que no pase nada? —preguntó en voz baja.

—Temo que pase algo —respondió Mei, y se mordió el labio—. Mi padre dice que los destinos grandes son una carga. Que te sacan de tu lugar, te ponen donde no perteneces. Yo quiero ser herrera, Lian. Quiero heredar el taller. Quiero... —se detuvo—. Quiero quedarme aquí.

—Pero ayer dijiste que querías volar.

—Volar está bien para soñar. Para despertar, prefiero el yunque.

La abuela Huang golpeó el suelo con su bastón. Tres golpes secos que acallaron los murmullos.

—¡Que se acerquen los niños! —anunció con una voz que, pese a los años, aún conservaba autoridad—. Los nacidos en el año del Buey de Fuego, que vengan a conocer su camino.

Siete niños y niñas se separaron de sus familias. El menor tendría siete años, la mayor once. Mei era la de más edad, y también la más alta. Caminaron hacia el altar con expresiones que iban desde la curiosidad infantil hasta el terror apenas disimulado.

—Pongan la mano sobre la Piedra —indicó la abuela Huang—. Uno por uno. La Piedra hablará.

El primero fue un niño pequeño, hijo del panadero. Extendió la manita temblorosa y la posó sobre la superficie brillante. Durante unos segundos, nada ocurrió. Luego, un destello tenue, amarillento, surgió de la Piedra. Duró apenas un instante y se apagó.

—Destino de labrador —dictaminó la abuela Huang sin emoción—. Vivirá en el campo, tendrá hijos, morirá viejo. Siguiente.

Uno tras otro, los niños fueron tocando la Piedra. Destellos amarillos, alguno marrón, dos verdes muy débiles que indicaban un pequeño talento para las artes o la artesanía. Los padres asentían, aliviados o decepcionados según sus expectativas.

Llegó el turno de Mei.

Caminó hacia el altar con paso firme, pero Lian, que la conocía bien, vio la tensión en sus hombros, en la forma en que apretaba los puños. La abuela Huang la miró con algo parecido a la ternura.

—Hija del herrero. Tu madre tuvo un destino verde antes de morir. Veamos qué traes tú.

Mei asintió y extendió la mano.

Cuando sus dedos tocaron la Piedra, el mundo pareció contener la respiración.

La Piedra se iluminó. Pero no con un destello tenue, sino con una luz intensa, anaranjada como el hierro al rojo vivo, que creció y creció hasta teñir toda la plaza. Los presentes se llevaron las manos a los ojos, cegados. Lian parpadeó, intentando ver a través del resplandor.

Y entonces, la luz cambió.

El naranja se volvió blanco, un blanco cegador como el centro de una fragua, y en ese blanco comenzaron a formarse imágenes. Lian vio llamas, sí, pero también vio una espada forjándose sola en el aire, vio alas de fuego desplegándose, vio una figura femenina ascendiendo hacia el cielo envuelta en brasas.

La visión duró tres segundos. Luego, la luz se apagó tan rápido como había llegado.

Mei retiró la mano como si la Piedra quemara. Jadeaba. Sus ojos estaban abiertos de par en par, llenos de algo que Lian no supo identificar.

Silencio absoluto en la plaza.

La abuela Huang fue la primera en hablar. Su voz, antes firme, ahora temblaba ligeramente.




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