EL CAMINO DEL CONOCIMIENTO PROHIBIDO
La noche en el bosque fue la más larga de la vida de Lian.
Se acurrucó al pie de un árbol centenario, abrazando el hatillo contra su pecho como si fuera un escudo contra el mundo. El frío calaba hasta los huesos, pero era nada comparado con el vacío que sentía dentro. Cada vez que cerraba los ojos, veía la imagen del Viejo Chen contra la pared de la taberna. Veía al herrero Zhang desintegrándose en partículas de luz. Veía los cuerpos de la abuela Huang y los niños, aplastados como insectos.
No durmió. No pudo.
Cuando las primeras luces del alba comenzaron a filtrarse entre las ramas, Lian se obligó a moverse. El entumecimiento había hecho presa de sus músculos, y cada articulación protestaba al estirarse. Tenía hambre. Tenía sed. Pero más que nada, tenía miedo.
Miedo de que volvieran. Miedo de que Mei cambiara de opinión y enviara a los cultivadores tras él. Miedo de morir solo, devorado por bestias, sin haber cumplido su promesa.
Sacó el cuaderno del Viejo Chen y lo abrió por la primera página. La caligrafía del anciano era pequeña y precisa, como hormigas marchando en formación.
"Para Lian. Lo que no pude enseñarte en vida, aprendelo de estas páginas. Y perdona a este viejo por no ser más fuerte."
Pasó la hoja. La siguiente página contenía un mapa rudimentario, dibujado a mano. Marcaba la posición de Cloud Creek, el bosque en el que se encontraba, y varios caminos que llevaban a diferentes destinos. Uno de ellos estaba marcado con un círculo y una anotación: "Ciudad de los Mil Pergaminos. Busca a la anciana del puesto de té al norte del mercado. Dile que envías saludos de parte de un viejo amigo que ya no está."
Lian estudió el mapa. La ciudad no estaba tan lejos. Quizá dos días de camino si seguía el arroyo que el Viejo Chen había dibujado con trazos azules. Dos días sin comida, sin agua potable, sin armas.
—Dos días —murmuró—. Puedo hacerlo.
Guardó el cuaderno y se puso en pie. Sus piernas temblaron, pero sostuvieron el peso. Miró hacia atrás, hacia la dirección de la que había venido. Una columna de humo negro se elevaba en el horizonte. Cloud Creek seguía ardiendo, o lo que quedaba de ella.
No lloró. Las lágrimas se habían secado durante la noche. En su lugar, sintió algo duro y frío instalarse en su pecho. Un nudo de determinación que le decía: sobrevive primero, venga después.
Comenzó a caminar.
El arroyo era un hilo de agua cristalina que serpenteaba entre las rocas. Lian bebió hasta saciarse, ignorando el dolor de estómago que le recordaba que necesitaba algo sólido. Luego siguió la corriente corriente arriba, tal como indicaba el mapa.
A mediodía, encontró arbustos con bayas rojas. Las reconoció por las enseñanzas del Viejo Chen: bayas de zorro. Comestibles, aunque ácidas. Comió todas las que pudo, guardando un puñado en el hatillo para más tarde.
Al atardecer, lo encontró una bestia.
Salió de entre la maleza sin hacer ruido. Era como un lobo, pero del tamaño de un ternero, con el pelaje negro y ojos que brillaban con luz propia. Una bestia espiritual de bajo nivel, pensó Lian con horror. Las había oído mencionar, pero nunca había visto una.
El animal gruñó, mostrando hileras de dientes afilados como cuchillos. Lian retrocedió lentamente, sin apartar la mirada. Sabía que correr era inútil. Las bestias espirituales eran más rápidas que cualquier humano.
Su mano rozó el hatillo. Dentro, sintió el bulto del pincel de jade. Sin pensar, lo sacó.
El lobo negro se detuvo. Sus orejas se erizaron. Olfateó el aire, y algo en su expresión cambió. Ya no era hambre lo que mostraban sus ojos, sino... ¿precaución? ¿Miedo?
Lian miró el pincel. Las cerdas brillaban débilmente en la penumbra. Recordó las palabras del Viejo Chen: "El mundo es texto. Las montañas son trazos. Los ríos, líneas de tinta."
Sin saber muy bien qué hacía, Lian trazó un carácter en el aire con el pincel. El carácter de "Miedo". El que había copiado cientos de veces en el archivo.
Y ocurrió.
Por un instante, el trazo quedó suspendido en el aire, brillando con una luz tenue. El lobo negro retrocedió un paso, gimió, y luego dio media vuelta y huyó entre la maleza, más rápido de lo que había llegado.
Lian se quedó inmóvil, mirando el pincel, mirando el aire donde el carácter había brillado. Luego, sus piernas cedieron y cayó de rodillas, temblando.
—¿Qué... qué fue eso?
El pincel no respondió. Pero en su mano, seguía vibrando ligeramente, como si estuviera satisfecho.
Pasó la noche en un árbol. No era cómodo, pero era seguro. Desde las ramas más altas, veía el bosque extenderse a sus pies, y más allá, las primeras luces de lo que debía ser la Ciudad de los Mil Pergaminos.
Al mediodía del segundo día, Lian salió del bosque.
La ciudad se alzaba ante él como una criatura de piedra y madera. Murallas altas, torres de vigilancia, y un bullicio que llegaba hasta donde estaba: gritos de vendedores, rechinar de carros, risas y discusiones. Después de dos días de silencio roto solo por el viento y los animales, el ruido le resultó abrumador.
Se acercó a la puerta principal. Dos guardias flanqueaban la entrada, con lanzas en mano y expresiones aburridas. Lo miraron con desinterés. Un muchacho sucio y harapiento no era digno de su atención.
Lian entró en la ciudad.
El mercado era un laberinto de puestos y tenderetes. Olía a especias, a pescado seco, a incienso barato y a sudor. La gente se movía en todas direcciones, cargando mercancías, regateando, riendo. Lian se sintió diminuto, invisible.
Buscó el puesto de té del norte. Preguntó a tres vendedores antes de que alguien le indicara el camino. Al final de una callejuela empedrada, encontró lo que buscaba: un toldo raído sostenido por cuatro palos, con media docena de mesas de bambú y un hornillo de barro donde una anciana preparaba té.
La mujer tendría setenta años, quizá más. Su cara era un mapa de arrugas, y sus manos, nudosas como raíces, se movían con una precisión sorprendente al manejar las tazas. Lian se acercó con cautela.