CAPÍTULO 6: LA GACELA HERIDA
El camino hacia las montañas del norte era una herida abierta en la tierra.
Lian llevaba doce días caminando desde que abandonó la Ciudad de los Mil Pergaminos. Doce días de polvo, de sol abrasador durante las horas diurnas y de frío cortante cuando caía la noche. Doce días en que sus pies aprendieron a encontrar apoyo en terrenos traicioneros y sus oídos a distinguir los sonidos del peligro de los del simple paso de animales.
Las provisiones que Tía Mei le había dado se estaban agotando. Quedaba medio pan duro, un trozo de queso seco y un odre con apenas dos sorbos de agua. Necesitaba encontrar una fuente pronto, o el reencuentro con Mei sería el de un cadáver con su pasado.
El paisaje había cambiado en los últimos dos días. Las colinas suaves y los bosques frondosos dieron paso a una tierra más árida, con vegetación rala y rocas que emergían del suelo como huesos de gigantes enterrados. A lo lejos, las montañas del norte se recortaban contra el cielo, sus picos cubiertos de nieve perpetua. Todavía le quedaban al menos ocho días de viaje, quizá más si el terreno se complicaba.
Lian se detuvo junto a una roca grande y se sentó a su sombra. El sol caía a plomo, y aunque estábamos en primavera, aquí parecía pleno verano. Sacó el odre y calculó el agua que le quedaba. Dos sorbos, quizá tres si racionaba. Necesitaba encontrar agua antes del anochecer, o no vería el amanecer.
Sacó el cuaderno del Viejo Chen y repasó el mapa. Tía Mei había añadido anotaciones propias, señalando fuentes de agua, posibles refugios y territorios de bestias espirituales. Según sus marcas, debía haber un arroyo no muy lejos, al este de su posición actual. Un pequeño desvío, pero necesario.
Guardó el cuaderno y reanudó la marcha.
El sol comenzaba su descenso cuando Lian sintió algo extraño en el aire. Era una vibración apenas perceptible, como el zumbido de un insecto lejano, pero más profunda. Algo que no se oía con los oídos, sino que se sentía en los huesos.
Se detuvo y agudizó el oído. La vibración provenía del este, justo la dirección que llevaba. Y con ella, un olor tenue pero inconfundible: sangre.
Lian dudó. Su instinto le decía que evitara cualquier problema, que siguiera su camino sin meterse en asuntos ajenos. Pero el olor a sangre era fresco, y quienquiera que estuviera herido podía tener agua, o información, o ambas cosas.
Además, estaba el asunto de la vibración. Esa sensación en los huesos... era similar a lo que sentía cuando usaba el pincel. Como si alguien estuviera usando poder cerca.
Avanzó con sigilo, pegándose a las rocas, utilizando las enseñanzas de Tía Mei sobre cómo moverse sin ser visto. El olor a sangre se hizo más fuerte, y la vibración más intensa.
Cuando asomó la cabeza por detrás de una formación rocosa, vio la escena.
En una pequeña hondonada, junto a lo que debía ser el lecho seco de un arroyo, una criatura yacía en el suelo. Era una gacela, pero no como las que Lian había visto en los libros. Su tamaño era el de un caballo pequeño, y su pelaje, normalmente marrón o gris, era de un plateado que brillaba débilmente incluso bajo la luz mortecina del atardecer. Un cuerno único, también plateado, se elevaba desde su frente, pero estaba partido por la mitad.
La gacela estaba herida. Muy herida. Tres lanzas de madera negra la atravesaban: una en el costado, otra en el cuarto trasero, y la tercera, la peor, clavada en el cuello. La sangre que manaba de las heridas era de un rojo oscuro, casi negro, y formaba un charco que se extendía lentamente.
Junto a ella, tres hombres.
No eran campesinos ni cazadores comunes. Vestían túnicas oscuras con bordados rojos, y sus rostros estaban ocultos tras máscaras de madera que representaban demonios. En sus manos, además de las lanzas que ya habían lanzado, portaban cuchillos curvos y talismanes de papel que brillaban con luz propia.
Cazadores. Lian había oído hablar de ellos. Mercenarios que se dedicaban a capturar bestias espirituales para vender sus partes: el cuerno, la sangre, los huesos. Todo valía dinero en el mercado negro de las ciudades de cultivadores.
—Ya está —dijo uno, el más alto, con una voz que sonaba distorsionada tras la máscara—. La tercera lanza ha atravesado su núcleo. En cinco minutos estará muerta.
—El cuerno está roto —se quejó otro—. Menos dinero.
—El cuerno roto vale la mitad, pero la sangre sigue siendo pura. Y los huesos. Apresuraos, tenemos que despiezarla antes de que otras bestias huelan la sangre.
Lian observó la escena con el estómago encogido. La gacela aún vivía. Sus ojos, grandes y negros, estaban abiertos, mirando a sus verdugos con una mezcla de dolor y orgullo. No emitía sonido. No suplicaba. Solo miraba, esperando la muerte.
Y entonces, sus ojos se desviaron. Miraron directamente a donde Lian estaba escondido.
Lian contuvo el aliento. No podía verme, pensó. Estoy bien oculto.
Pero la gacela lo miraba. Y en su mirada, Lian vio algo que le heló la sangre: reconocimiento. No de él, sino de algo que llevaba consigo.
El pergamino en blanco, bajo su túnica, latió.
Los cazadores no notaron nada. El más alto se acercó a la gacela con un cuchillo curvo en la mano, listo para rematarla.
—Vamos, bestia —murmuró—. Deja ya de sufrir.
Lian no pensó. Simplemente, actuó.
Sacó el pincel de jade y, en el aire, trazó el carácter Wei, Posición. Su intención fue clara: mover las lanzas. Sacarlas de la gacela.
El carácter brilló un instante, y las tres lanzas de madera negra salieron disparadas de las heridas como si una mano invisible las hubiera arrancado. Volaron por los aires y se clavaron en el suelo a varios metros de distancia.
Los cazadores se giraron, sorprendidos.
—¿Qué...?
—¡Hay alguien!
Lian ya estaba trazando el segundo carácter. Shi, Tiempo. Lo dirigió hacia los cazadores, no para ralentizarlos a ellos, sino para acelerar su propia percepción. De repente, el mundo se movió más lento. Los cazadores giraban sus cabezas con una lentitud de ensueño, sus bocas abriéndose para gritar en cámara lenta.