El escriba que desafío los cielos

Capitulo 7

EL VÍNCULO DE SUPERVIVENCIA

Los primeros tres días de viaje juntos fueron un aprendizaje constante.

Lian descubrió que Yue era mucho más que una bestia espiritual. Era inteligente, orgullosa, y poseía un conocimiento del mundo que superaba con creces el suyo. También descubrió que era terriblemente testaruda.

—No podemos seguir recto —dijo Yue al segundo amanecer, deteniéndose ante una llanura pedregosa que se extendía hasta el horizonte—. Hay una manada de lobos de nieve en esa dirección. Huelo su territorio.

—¿A qué distancia? —preguntó Lian, somnoliento aún.

—A medio día de camino. Pero su olor es fresco. Cazan de noche. Si entramos en su territorio, nos atacarán.

—Entonces rodeamos.

—Rodeamos —confirmó Yue, y giró hacia el este—. Perderemos medio día, pero ganaremos en seguridad.

Lian la siguió sin discutir. En los dos días anteriores, Yue le había salvado la vida en tres ocasiones: una al detectar una trampa de cazadores oculta bajo la hojarasca, otra al guiarlo para esquivar un nido de serpientes venenosas, y la tercera al despertarlo segundos antes de que un depredador nocturno se acercara a su campamento.

A cambio, Lian curaba sus heridas cada noche con el carácter Sanar, que iba perfeccionando con la práctica. Las tres lanzadas habían dejado cicatrices profundas, pero ya no supuraban ni dolían. Yue se movía con más soltura cada día.

—¿Cómo aprendiste a hacer eso? —preguntó Yue mientras caminaban—. Lo de las inscripciones. No es algo que se enseñe en las aldeas.

—Tuve un maestro —respondió Lian—. El Viejo Chen. Era el archivero de mi aldea. Me enseñó a leer y escribir, y luego... más cosas.

—¿Era un cultivador?

—No. Bueno, no lo sé. A veces hacía cosas que no eran normales. Como si supiera más de lo que decía. Pero cuando los cultivadores llegaron, no pudo defenderse. Murió como un mortal más.

Yue guardó silencio un momento.

—Hay mortales que saben cosas que los cultivadores ignoran —dijo al fin—. Mi manada vivía en estas tierras desde antes de que existieran las sectas. Conocíamos secretos que ellos nunca descubrirán. Pero el conocimiento no siempre protege. A veces solo sirve para saber exactamente cómo vas a morir.

Lian la miró. Hablaba con una tristeza profunda, la de quien ha perdido todo.

—Tu manada —dijo con cuidado—. Los cazadores...

—Mataron a mi hermana mayor primero. Luego a mi madre, cuando intentó defenderla. Luego a mis hermanos pequeños, uno por uno. Yo escapé porque soy la más rápida, la más astuta. Pero me atraparon al final. Si no llega a ser por ti...

No terminó la frase. No era necesario.

—Lo siento —dijo Lian.

—Yo también. Por tu aldea. Por tu gente.

Caminaron en silencio un rato. El sol ascendía lentamente, calentando el aire. Lian se quitó la capa y la ató a la cintura. Yue, con su pelaje plateado, parecía no sufrir el calor.

—¿Adónde vas exactamente? —preguntó Yue—. Dijiste que a unas ruinas. Pero no especificaste cuáles.

Lian sacó el cuaderno de Tía Mei y mostró el mapa. Señaló un punto marcado con tinta roja, al norte de las montañas.

—Aquí. Las Ruinas de la Primera Luz. Según mi informante, la Secta del Acilantado Místico enviará una expedición dentro de pocos días. Algo relacionado con un artefacto antiguo.

—Las Ruinas de la Primera Luz —repitió Yue, y en su voz hubo un cambio apenas perceptible—. Conozco ese lugar.

—¿De verdad?

—Mi manada lo consideraba sagrado. Nuestros ancestros decían que allí, hace milenios, un sabio escribió las primeras leyes del mundo sobre tablillas de jade. Que esas tablillas aún están allí, esperando a quien sepa leerlas.

Lian sintió un escalofrío. Las primeras leyes del mundo. Inscripciones originales.

—¿Crees que es cierto?

—No lo sé. Pero los humanos lo creen. Durante siglos, han enviado expediciones a las ruinas. La mayoría no vuelve. Las pocas que lo hacen, vuelven cambiadas. O locas.

—¿Locas?

—Las ruinas están protegidas. No por bestias ni por trampas, sino por algo más antiguo. Algo que no quiere ser encontrado. Los que logran entrar y salir cuentan historias de voces en la cabeza, de visiones, de tiempos que no coinciden. Mi abuela decía que las ruinas están vivas. Que respiran.

Lian guardó silencio. Las palabras de Yue no lo asustaban; al contrario, lo intrigaban más. Si había algo en esas ruinas que pudiera ayudarlo a enfrentarse a la secta, valía la pena el riesgo.

—¿Me llevarías? —preguntó—. Conoces el camino.

Yue lo miró largamente. Sus ojos negros parecían evaluarlo, sopesar algo que Lian no alcanzaba a comprender.

—Te llevaré —dijo al fin—. Pero no por la deuda. Ya la has pagado con creces. Te llevaré porque hay algo en ti... algo que no entiendo. Y necesito entenderlo.

—¿El pergamino?

—El pergamino, sí. Pero también tú. Los humanos suelen ser predecibles: miedo, codicia, ambición. Tú no. Arriesgaste tu vida por una desconocida. Curas mis heridas cada noche sin pedir nada a cambio. Caminas hacia un peligro seguro por una persona que quizá ya no te recuerda. No te entiendo, Lian. Y eso me intriga.

Lian sonrió con tristeza.

—Quizá es porque no tengo nada que perder. Mi aldea murió. Mi maestro murió. Mi única amiga fue arrancada de su vida y convertida en otra cosa. No me queda familia, ni hogar, ni futuro. Solo una promesa. Cuando la cumpla, ya veré.

—¿Y si la cumples y no hay nada después?

—Entonces habré cumplido. Eso es suficiente.

Yue asintió lentamente, como si esa respuesta, extraña, fuera precisamente la que esperaba.

—Entonces vamos. Pero antes, tenemos que cazar.

—¿Cazar? —Lian la miró extrañado—. ¿Tú no eres... herbívora?

Yue soltó un sonido que podría haber sido una risa, si las gacelas rieran.

—Las bestias espirituales no comen hierba, Lian. Comemos Qi. Energía. Pero en ausencia de Qi puro, podemos alimentarnos de carne. Y tú necesitas proteínas. Llevas días comiendo bayas y pan duro. Estás débil.




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