CAPÍTULO 8: EL MAESTRO LUN
La cueva olía a humedad y a tierra antigua.
Lian había encontrado el refugio por casualidad, cuando una tormenta repentina los sorprendió en medio de una ladera rocosa. Bei, con su olfato de bestia, detectó la entrada oculta tras una cascada de piedras. Era estrecha al principio, pero se ensanchaba hacia el interior, formando una cámara lo bastante grande para los tres.
Mientras la lluvia azotaba el exterior con furia, Lian encendió una pequeña hoguera con una inscripción. Las llamas bailaban, proyectando sombras danzantes en las paredes de roca. Yue se acurrucó cerca del fuego, disfrutando del calor. Bei ocupaba la mayor parte del espacio, su enorme cuerpo blanco casi luminoso en la penumbra.
—¿Cuánto falta para las ruinas? —preguntó Yue.
—Según el mapa, dos días más —respondió Lian, sacando el cuaderno—. Si la tormenta no nos retrasa demasiado.
—La tormenta pasará mañana al mediodía —dijo Bei con seguridad—. Huelo el cambio en el aire.
Lian asintió, confiando en el juicio del oso. En los días que llevaban juntos, había aprendido a respetar los sentidos de sus compañeros bestias. Lo que ellos percibían con olfato y oído, él apenas podía intuir.
Abrió el cuaderno del Viejo Chen y comenzó a hojearlo. No era la primera vez que lo hacía, pero siempre encontraba algo nuevo. El anciano había escrito miles de observaciones, notas al margen, correcciones. Era como un diálogo póstumo, una conversación que nunca podrían tener.
—¿Qué lees? —preguntó Yue, acercando la cabeza.
—Las notas de mi maestro. El Viejo Chen. Hay cosas que no entiendo del todo. Por ejemplo... —señaló una página—. Aquí habla de un "Lun". Dice: "Lun siempre dijo que el mundo era texto. Yo tardé años en entenderlo. Cuando lo entendí, era demasiado tarde para volver atrás."
—¿Lun? —repitió Bei—. Ese nombre me resulta familiar.
Lian lo miró con curiosidad.
—¿De dónde?
—No lo sé. Mi memoria es larga, pero no siempre precisa. Hay nombres que resuenan, como ecos. Lun... Lun... Quizá en las historias de mi abuelo. Hablaba de un humano que vivía en las montañas, un ermitaño que sabía cosas que los cultivadores ignoraban. Creo que lo llamaban el Maestro Lun.
El corazón de Lian dio un vuelco. Recordó las palabras del Viejo Chen, aquel día en el archivo, cuando le habló de los caracteres antiguos. "Primero se entiende, luego se siente, y solo al final se escribe." ¿Habría conocido el Viejo Chen a ese ermitaño? ¿Habría sido su maestro también?
Siguió hojeando el cuaderno, buscando más referencias. Encontró una entrada, fechada muchos años atrás, que decía:
"Hoy volví a visitar a Lun. Está más viejo, más frágil, pero sus ojos siguen siendo los mismos. Me dijo que el destino es como un río: la mayoría de la gente flota en la corriente, pero algunos pueden nadar contra ella. Me preguntó si yo quería ser de esos. Le dije que no lo sabía. Él sonrió y dijo: 'Cuando lo sepas, vuelve'. No he vuelto. Quizá debería."
—Creo —dijo Lian en voz alta— que el Viejo Chen tuvo un maestro antes que yo. Alguien llamado Lun. Alguien que sabía de inscripciones.
—¿Y ese Lun sigue vivo? —preguntó Yue.
—No lo sé. Las notas son de hace décadas. Pero si vivía en las montañas, quizá... quizá todavía...
—¿Quieres buscarlo? —Bei parecía dudoso—. Las ruinas están al norte. Si tu maestro vivía en estas montañas, podría estar en cualquier dirección. Perderíamos tiempo.
—Lo sé. —Lian suspiró—. Pero si hay alguien que pueda explicarme qué soy, qué es este pergamino, por qué el Viejo Chen me lo dio... quizá merezca la pena.
—¿Y Mei? —la pregunta de Yue fue suave, pero directa.
Lian guardó silencio. Mei. Siempre Mei. Su rostro, el de la niña de doce años, se superponía a cada decisión. Pero también el rostro del Viejo Chen, muriendo contra la pared de la taberna.
—No lo sé —admitió—. No sé qué hacer.
Las llamas crepitaron en el silencio. Bei y Yue intercambiaron una mirada que Lian no pudo interpretar.
—Cuéntanos —dijo Bei—. Cuéntanos de tu maestro. Del Viejo Chen.
Y Lian habló.
Habló del archivo de Cloud Creek, del olor a pergamino viejo y a humedad. Habló de las mañanas con gachas de mijo y las tardes copiando caracteres. Habló del día en que el Viejo Chen le enseñó el carácter "Destino", el original de la Primera Dinastía Celestial, y le dijo: "Esto es lo más peligroso que te enseñaré nunca. Porque el destino, una vez escrito, es difícil de cambiar."
—¿Crees que tu maestro sabía lo que eras? —preguntó Yue.
—Creo que sí. Creo que lo supo desde el principio. Por eso nunca me dejó tocar la Piedra del Destino. Por eso me enseñó todo lo que sabía. Me estaba preparando.
—¿Para qué?
—Para esto. —Lian abrió los brazos, abarcando la cueva, el viaje, el pergamino en blanco—. Para sobrevivir. Para encontrar a Mei. Para... no sé. Para algo más grande que yo mismo.
Bei gruñó suavemente, un sonido que Lian empezaba a reconocer como reflexivo.
—Los humanos siempre buscan un propósito —dijo el oso—. Las bestias no. Nosotros simplemente vivimos. Nacemos, crecemos, cazamos, morimos. El propósito es una invención humana. Como las inscripciones. Como los cielos.
—¿Tú no crees en los cielos? —preguntó Lian.
—Creo en lo que veo. Veo montañas, ríos, estrellas. Veo bestias que nacen y mueren. Veo humanos que construyen y destruyen. No veo ningún cielo que gobierne nada. Solo veo un mundo que sigue su curso, sin importarle lo que piensen los que lo habitan.
—Eso es muy profundo para un oso —dijo Yue, y aunque su tono era ligero, había respeto en sus palabras.
—Mi abuelo era filósofo —respondió Bei con dignidad—. Pasaba horas contemplando los glaciares y reflexionando sobre la naturaleza de la existencia. Yo heredé su temperamento, aunque no su paciencia.
Lian sonrió. A pesar de todo, a pesar del dolor y la incertidumbre, estos momentos de conversación con sus compañeros bestias le recordaban que aún había bondad en el mundo. O al menos, cosas que merecían la pena.