El escriba que desafío los cielos

Capitulo 9

CAPÍTULO 9: EL VALLE DE LAS SOMBRAS

La niebla llegó sin aviso.

Un momento antes, el sendero de montaña estaba despejado, con el sol de la tarde iluminando las rocas y los matorrales. Al siguiente, una cortina blanca y espesa se descolgó de las cumbres como un telón gigante, engullendo el paisaje en cuestión de minutos.

Lian levantó una mano, deteniendo a sus compañeros.

—Esto no es natural —dijo en voz baja—. Huele a... inscripción.

—Huele a viejo —corrigió Bei, oliendo el aire con sus fosas nasales dilatadas—. Muy viejo. Como las piedras de la cueva de Lun, pero más intenso.

—Las ruinas —dijo Yue, sus orejas tensas—. Estamos cerca.

Tenía razón. Cuando la niebla se aclaró ligeramente, Lian pudo verlo: un valle profundo, encajonado entre montañas de paredes verticales, y en el centro, emergiendo de la bruma como esqueletos de gigantes, los restos de una construcción antigua. Columnas rotas, arcos desmoronados, y una pirámide escalonada que se elevaba hacia el cielo gris.

Las Ruinas de la Primera Luz.

El corazón de Lian latió con fuerza. Allí abajo, en algún lugar entre esas piedras milenarias, estaba Mei. O al menos, la persona en la que se había convertido.

—Hay movimiento —anunció Bei, aguzando la vista—. En la entrada del valle. Tiendas. Fogatas. Humanos.

—¿Cuántos?

—Difícil de decir con esta niebla. Pero al menos una docena. Quizá más.

Lian sacó el catalejo que Tía Mei le había dado, un pequeño tubo de bronce con lentes de cristal de roca. Ajustó el enfoque y miró.

El campamento de la Secta del Acantilado Místico estaba montado en una explanada rocosa, junto a lo que antaño había sido una puerta monumental. Las tiendas eran de seda blanca con ribetes azules, el emblema de la secta bordado en cada una. Discípulos de diversos niveles patrullaban el perímetro, y en el centro, una tienda más grande, decorada con más ostentación, debía albergar a los líderes de la expedición.

Lian recorrió las figuras con el catalejo, buscando, esperando.

Y entonces la vio.

Era más alta. Más delgada. Su cabello, antes revuelto y rebelde, caía ahora liso y negro como la tinta, recogido en un moño alto sujeto por una horquilla de jade rojo. Vestía la túnica de discípula avanzada, blanca y azul, con bordados de llamas en las mangas. Y en su cintura, colgaba una espada de empuñadura enjoyada.

Pero lo que heló la sangre de Lian no fue su aspecto. Fue su expresión.

Mei estaba de pie junto a la tienda principal, hablando con otro discípulo. No sonreía. No gesticulaba con la viveza que él recordaba. Su rostro era una máscara impasible, sus movimientos precisos, calculados. Asintió a lo que el otro decía, dio media vuelta, y se alejó con paso firme hacia las ruinas.

No había ni rastro de la niña que le tiraba ceniza.

—¿Es ella? —preguntó Yue en voz baja.

—Sí —respondió Lian, y su voz sonó hueca—. Es ella.

—No parece... no parece feliz.

—No parece nada.

Bei gruñó suavemente.

—Los cultivadores hacen eso. Nosotros lo vemos en las bestias capturadas. Les quitan la personalidad, la voluntad. Las convierten en herramientas. Con los humanos es igual.

Lian apretó el puño. El pincel de jade, guardado en su cinturón, pareció latir con su furia.

—Tenemos que acercarnos. Tengo que hablar con ella.

—¿Así, directamente? —Yue negó con la cabeza—. Están por todas partes. Te capturarán antes de que digas su nombre.

—Por eso necesito un plan.

Se retiraron de la cresta, ocultándose tras una formación rocosa. Lian extendió el mapa de Tía Mei sobre una piedra plana. Señaló el valle.

—Las ruinas son grandes. Según lo que dijo Lun, hay múltiples entradas. La principal está vigilada, pero debe haber caminos alternativos. Túneles, pasadizos subterráneos.

—Yo puedo buscar —dijo Bei—. Mi olfato detecta aberturas bajo tierra. Huecos. Si hay túneles, los encontraré.

—Yo puedo distraer a los centinelas —ofreció Yue—. Soy rápida. Puedo hacer ruido en un extremo del campamento mientras vosotros os coláis por otro.

Lian los miró. Una gacela y un oso ofreciéndose a arriesgar sus vidas por él. Por una promesa que ni siquiera era suya.

—No puedo pediros esto.

—No nos lo pides —dijo Bei—. Lo ofrecemos. Es lo que hacen los compañeros.

—Además —añadió Yue con un tono que intentaba ser ligero—, me debes una. Por lo del lobo, ¿recuerdas?

Lian esbozó una sonrisa débil.

—Gracias. A los dos.

—Guarda las gracias para cuando hayamos salido de esta —respondió Bei—. Ahora, planifiquemos.

El plan era simple en teoría, complejo en ejecución. Bei rodearía el valle por el oeste, buscando entradas subterráneas. Yue se apostaría en el este, lista para crear una distracción. Lian esperaría junto a la entrada principal, oculto entre las rocas, hasta que la distracción atrajera a los guardias. Entonces se infiltraría.

El problema era la niebla. Les ayudaba a ocultarse, pero también dificultaba la comunicación. Acordaron señales: un aullido de Yue para indicar que empezaba la distracción; dos gruñidos de Bei para indicar que había encontrado un túnel.

Lian se quedó solo, esperando.

El tiempo pasaba lento. La niebla danzaba a su alrededor, formando figuras caprichosas que a veces parecían rostros, a veces manos. Lian cerró los ojos y practicó la respiración que Tía Mei le había enseñado, calmando la mente, preparándose.

Un aullido largo y agudo rasgó el silencio.

Lian abrió los ojos. El aullido provenía del este, tal como habían planeado. En el campamento, vio movimiento: varios guardias corrieron hacia esa dirección, con antorchas y armas en mano. Otros se quedaron, pero menos.

Era el momento.

Lian se deslizó entre las rocas, avanzando hacia el campamento. La niebla lo envolvía, haciéndolo casi invisible. Llegó al perímetro, donde las tiendas comenzaban. Se agachó tras un montón de suministros, observando.




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