---
CAPÍTULO 10: EL REGRESO A CASA
El camino de vuelta a la Ciudad de los Mil Pergaminos fue el viaje más largo y doloroso de la vida de Lian.
Tres días y tres noches de marcha forzada, con Mei inconsciente la mayor parte del tiempo, y el fantasma de Bei acompañándolos en cada paso. Yue caminaba en silencio, sus ojos negros mirando a menudo hacia atrás, hacia las montañas donde el oso había quedado. No hablaban de él. No podían. El dolor era demasiado reciente, demasiado grande.
Mei ardía en fiebre.
Las heridas de la batalla contra la bestia guardiana eran profundas, y aunque Lian usaba Sanar cada vez que sus fuerzas se lo permitían, la curación era lenta. Demasiado lenta. La inscripción, diseñada para heridas menores, apenas podía cerrar los desgarros internos que la bestia había causado.
—Necesita un verdadero sanador —dijo Yue al atardecer del segundo día, mientras Lian aplicaba otro carácter sobre el costado de Mei—. Alguien que entienda de cuerpos de cultivadores. Tú estrás haciendo lo que puedes, pero no es suficiente.
—Lo sé —respondió Lian, agotado—. Pero Tía Mei está en la ciudad. Ella sabrá qué hacer. Tiene contactos, conocimientos... tiene que haber alguien.
—¿Y si no lo hay?
—Entonces la curaré yo. Cueste lo que cueste.
Y lo decía en serio. Ya había usado la Voluntad una vez, y casi lo mata. Si era necesario, lo haría de nuevo. Aunque el precio fuera su cordura. Aunque el precio fuera su vida.
Mei, en su delirio, hablaba.
A veces eran palabras sueltas, ininteligibles. Otras, fragmentos de conversaciones que Lian no quería oír.
—...no, padre, no... no le hagas daño...
—...la secta dice que debo olvidar... pero no puedo...
—...Lian... Lian, lo siento...
Y luego, lo peor:
—...mátalos a todos... quema la aldea... es una orden...
Lian apretaba los dientes y seguía caminando. No era ella. Era la secta, hablando a través de ella. Los años de entrenamiento, las técnicas de control mental, los lavados de cerebro que los cultivadores aplicaban a sus discípulos más prometedores. No era Mei. No podía serlo.
Pero las dudas lo carcomían por dentro.
La noche del tercer día, acamparon en un bosque de pinos, a medio día de la ciudad. Mei había despertado brevemente, había bebido un poco de agua, y había vuelto a sumirse en un sueño agitado. Lian velaba junto a ella, con Yue acurrucada a su lado.
—¿Crees que se recuperará? —preguntó Yue en voz baja.
—Tiene que hacerlo.
—No es eso lo que pregunto. Pregunto si la persona que despierte será la misma que conociste. O si la secta la habrá cambiado para siempre.
Lian guardó silencio. Era la misma pregunta que llevaba días haciéndose.
—No lo sé —admitió—. Pero sea quien sea, es Mei. La niña que me tiraba ceniza, la que soñaba con volar, la que me llamaba archiverito con cariño. Esa persona está en algún lugar dentro de ella. Tengo que creer eso.
—Los cultivadores son muy buenos borrando personas.
—Lo sé. Pero yo también soy bueno escribiendo. Quizá pueda reescribir lo que ellos borraron.
Yue lo miró largamente.
—Eres un humano extraño, Lian. La mayoría de los vuestros, cuando encuentran a alguien que ha sido "dañado" por otros, lo desechan. Lo consideran perdido. Tú no.
—Porque yo también estoy dañado. Todos lo estamos. Tú perdiste a tu manada. Bei perdió la suya. Yo perdí mi aldea, mi maestro, todo. Lo único que nos queda es lo que elegimos ser después de la pérdida.
—¿Y tú qué eliges?
—Ella —dijo Lian sin dudar—. Elijo a Mei. Pase lo que pase.
Al amanecer del cuarto día, llegaron a la Ciudad de los Mil Pergaminos.
La ciudad bullía con su actividad habitual, indiferente al drama que Lian llevaba a cuestas. Vendedores, compradores, niños jugando, perros callejeros. La vida continuaba, como siempre.
Lian cruzó las puertas con Mei en brazos, Yue pegada a sus talones. La gente se apartaba al ver a la gacela plateada, algunos con miedo, otros con curiosidad. Pero nadie los detuvo. En una ciudad como aquella, las rarezas eran moneda corriente.
Llegaron al puesto de té del norte. La anciana estaba sirviendo a un cliente, pero cuando vio a Lian, su expresión cambió. Dejó la taza, murmuró una disculpa, y corrió hacia él.
—Lian —dijo, y su voz temblaba—. ¿Qué... quién es esa?
—Mei —respondió Lian, y sintió que las fuerzas lo abandonaban—. La encontré. Pero está herida. Muy herida. Necesita ayuda.
Tía Mei miró a la joven inconsciente. Luego, con una decisión instantánea, levantó la cortina de la trastienda.
—Pasad. Rápido.
Dentro del cuarto abarrotado de pergaminos, Tía Mei improvisó una camilla con mantas y cojines. Lian depositó a Mei con cuidado, y luego se dejó caer al suelo, agotado.
—Tú también estás hecho polvo —observó la anciana—. ¿Cuánto tiempo llevas sin dormir?
—No lo sé. Días. No importa. Ella primero.
Tía Mei examinó a Mei con manos expertas. Palpó su frente, sus muñecas, sus costillas. Frunció el ceño.
—Esto es grave. Tiene el núcleo dañado.
—¿El núcleo?
—Los cultivadores tienen un núcleo de energía en el pecho. Es como su corazón, pero de Qi. El de ella está agrietado. Si no lo reparan, perderá su cultivo. Y quizá la vida.
—¿Puedes arreglarlo?
—Yo no. Pero conozco a alguien. Un médico retirado que vivió entre cultivadores. Si alguien puede salvarla, es él. Pero no trabaja gratis.
—Pagaré lo que sea.
—Lian, no tienes dinero.
—Entonces trabajaré. Haré lo que haga falta. Pero sálvala, Tía Mei. Por favor.
La anciana lo miró con una mezcla de compasión y resignación.
—Siempre supe que eras terco. Pero esto supera todo. Bien. Iré a buscar al médico. Tú quédate aquí. Y tú —miró a Yue—, vigila que no entre nadie. Si los cultivadores la buscan, este será el primer lugar donde miren.
—Lo haré —dijo Yue.
Tía Mei salió, dejando a Lian solo con Mei.