CAPÍTULO 11: EL DESPERTAR
El otoño llegó al Valle de los Olvidados cubriendo las montañas de tonos rojizos y dorados. Las hojas caían de los escasos árboles que crecían entre las rocas, formando alfombras crujientes que los niños del valle usaban para jugar. Lian los observaba desde la entrada de la cabaña donde Mei seguía durmiendo, y por un instante, casi podía engañarse y creer que la paz era posible.
Habían pasado ocho meses desde su llegada.
Ocho meses de rutina: despertar, comprobar el estado de Mei, desayunar con los habitantes del valle, enseñar inscripciones a quien quisiera aprender, comer, meditar, velar, dormir. Una vida monótona, casi tranquila, si no fuera por la sombra constante de la amenaza exterior.
Lian había cambiado en esos meses. Su cuerpo, antes delgado y frágil, se había endurecido con el trabajo físico: ayudar a construir, cargar piedras, cultivar la pequeña huerta comunal. Su dominio de las inscripciones había progresado, y ahora podía usar las básicas sin apenas esfuerzo, y las prohibidas con un coste más asumible. El pergamino en blanco seguía latiendo bajo su túnica, pero ya no lo asustaba. Era parte de él.
Yue se había convertido en la guardiana no oficial del valle. Su olfato y oído, muy superiores a los humanos, alertaban de cualquier peligro con horas de antelación. Los niños la adoraban, y ella, para su propio asombro, había descubierto que disfrutaba de su compañía. A veces, por las tardes, se tumbaba al sol mientras los pequeños trepaban por su lomo plateado, riendo.
—Nunca imaginé que terminaría siendo niñera de humanos —comentó una tarde, mientras un niño de unos seis años le hacía trenzas en el pelaje.
—Nunca imaginé que terminaría siendo maestro —respondió Lian, sentado en una roca cercana—. La vida es extraña.
—¿Crees que estará despierta pronto?
Lian sabía a quién se refería. Todos los días, la misma pregunta.
—El médico dice que su cuerpo ha sanado. El núcleo está casi reparado. Ahora es cuestión de que su mente despierte. Puede ser mañana, puede ser dentro de un mes. No se sabe.
—¿Y si despierta y no nos recuerda?
—Entonces le recordaremos nosotros. Y esperaremos a que ella nos recuerde.
Yue suspiró, un sonido extraño en una gacela.
—Eres terco, Lian. Pero supongo que por eso estamos aquí.
El hombre cojo, cuyo nombre era Zhen, se acercó cojeando. Su rostro, normalmente sereno, mostraba preocupación.
—Lian —dijo en voz baja—. Tenemos que hablar.
Se apartaron del grupo, junto al arroyo. Zhen habló sin rodeos.
—Uno de nuestros exploradores ha vuelto. Trae malas noticias. Los cultivadores han estado preguntando en las aldeas cercanas. Ofrecen recompensa por información sobre un joven con una gacela plateada y una muchacha herida. Han descrito a Mei.
Lian sintió que la sangre se le helaba.
—¿Saben que estamos aquí?
—Todavía no. Pero están peinando la zona. Es cuestión de tiempo que alguien hable, o que sus métodos de búsqueda den resultado. Tenemos que prepararnos.
—¿Prepararnos cómo?
—Hay túneles bajo el valle. Antiguos, de cuando esto era una mina. Podemos escondernos allí si vienen. Pero si nos encuentran, no podremos huir. Somos demasiados, demasiado débiles. La mayoría son ancianos, niños, enfermos.
—Yo los detendré.
Zhen lo miró con una mezcla de respeto y lástima.
—Tú solo no puedes contra una secta entera, muchacho. Lo sabes.
—Pero puedo retrasarlos. Daros tiempo.
—Y morir en el intento. No, Lian. No has venido hasta aquí para morir tontamente. Tienes algo que nosotros no tenemos: un destino en blanco. Eres importante. Más de lo que crees.
—No me importa ser importante. Me importa proteger a esta gente.
—Lo sé. Por eso te respeto. Pero a veces, proteger significa vivir para luchar otro día.
Lian apretó los puños. La frustración lo quemaba por dentro. Otra vez la misma sensación de impotencia. Otra vez gente buena amenazada por el poder arbitrario de los cultivadores.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó.
—Días. Quizá una semana. Depende de lo rápido que se muevan.
—Entonces tenemos que decidir. Evacuar o escondernos.
—Ya estoy reuniendo a los ancianos para votar. Pero quería que lo supieras primero. Porque si nos vamos, Mei tendrá que ser movida. Y no sé si su cuerpo resistirá otro viaje.
Lian miró hacia la cabaña. Allí dentro, su amiga dormía, ajena a todo.
—Hable con los ancianos —dijo—. Yo... necesito pensar.
Esa noche, Lian no durmió. Se sentó junto a Mei, en la penumbra de la cabaña, y le habló en voz baja.
—Mei, sé que no puedes oírme. O quizá sí, no lo sé. Pero necesito que despiertes. No puedo hacer esto solo. No puedo decidir por ti. Necesito saber qué quieres. Si quieres quedarte, o huir, o luchar. Necesito... necesito que vuelvas.
La mano de Mei, inerte, descansaba sobre la manta. Lian la tomó entre las suyas. Estaba caliente. Viva. Pero ausente.
—Prometí que volvería a buscarte —continuó—. Y lo hice. Ahora necesito que tú vuelvas a mí. Por favor.
El silencio fue su única respuesta.
Horas después, cuando el cielo comenzaba a clarear, algo cambió.
Al principio fue un suspiro. Luego, un movimiento apenas perceptible en los dedos de Mei. Lian se irguió, el corazón latiéndole con fuerza.
—¿Mei?
Los párpados de ella temblaron. Lenta, muy lentamente, se abrieron.
Los ojos que miraron a Lian eran los mismos que recordaba: negros, profundos, vivos. Pero había algo diferente en ellos. Una capa de cautela, de evaluación, que no estaba antes.
—¿Lian? —su voz era un susurro ronco, de alguien que no ha hablado en meses.
—Sí, soy yo. Estoy aquí.
Mei parpadeó, tratando de enfocar. Miró a su alrededor: la cabaña de madera, la manta, la luz del amanecer filtrándose por las rendijas.
—¿Dónde... dónde estoy?
—En un lugar seguro. El Valle de los Olvidados. Estás a salvo.