CAPÍTULO 12: LA VISITA DEL EMISARIO
Tres semanas pasaron desde el enfrentamiento con Feng Huang.
El valle recuperó su ritmo pausado, pero bajo la superficie, todos sabían que la calma era temporal. Los exploradores que Zhen enviaba a las montañas volvían con noticias inquietantes: los cultivadores no se habían ido. Acampaban en las estribaciones, al otro lado del paso, y cada día llegaban más. Lo que había comenzado como un grupo de cinco o seis, ahora era una veintena.
—Están reuniendo fuerzas —dijo Mei durante una reunión en la cueva principal—. Feng Huang no se atreve a atacar solo después de lo que pasó, pero tampoco quiere informar a los ancianos de la secta. Eso sería admitir su fracaso. Así que está juntando a sus seguidores personales para un segundo intento.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó Zhen.
—Depende de su paciencia. Si espera a tener una abrumadora superioridad, quizá un mes más. Si se impacienta, menos.
—Necesitamos más defensas —intervino Lian—. Las inscripciones que puse funcionaron porque les pilló por sorpresa. No volverá a pasar. Analizarán el terreno, buscarán las trampas, las desactivarán.
—¿Puedes hacer algo más fuerte? —preguntó un hombre joven, de esos que Lian había estado entrenando en inscripciones básicas.
—Puedo intentarlo. Pero las inscripciones poderosas requieren tiempo, energía, y un precio. Si uso demasiadas, me debilitaré. Y cuando ellos ataquen, necesitaré estar en plena forma.
—Entonces no las uses —dijo Mei—. Guárdalas para el momento crítico. Mientras tanto, nosotros nos entrenamos. Yo puedo enseñar técnicas básicas de combate a quien quiera aprender. No serán cultivadores, pero podrán defenderse.
Y así lo hicieron.
Los días siguientes fueron de actividad frenética. Mei, a pesar de su debilidad residual, se convirtió en una instructora exigente. Los jóvenes del valle, y algunos no tan jóvenes, aprendieron a manejar palos, a moverse en silencio, a reconocer puntos débiles en un oponente. Lian, por su parte, trabajaba sin descanso en las inscripciones, colocando trampas más sutiles, más profundas, en lugares estratégicos.
Yue se encargaba de la vigilancia. Pasaba días enteros en las alturas, observando el campamento enemigo, contando cabezas, memorizando movimientos. Cada noche, volvía con informes detallados.
—Veinte y tres —dijo una semana después—. Llegaron cinco más hoy. Traen equipo pesado. Cosas para asedio, creo.
—¿Asedio? —Zhen frunció el ceño—. Esto no es una fortaleza. Es un valle abierto.
—Quizá planean algo más que un simple ataque —dijo Mei—. Quieren asegurarse de que no escapemos. Rodearnos, cortar las rutas de huida.
—Los túneles —recordó Lian—. ¿Saben de los túneles?
—No lo creo. Los exploradores no los han mencionado. Pero si nos cercan, no podremos usarlos sin ser vistos. La salida está en la ladera este, a campo abierto.
—Entonces tendremos que pelear.
La noche antes del ataque, Lian no pudo dormir.
Salió de la cueva y caminó hasta el arroyo, donde el agua cantaba su canción eterna. La luna llena iluminaba el paisaje, creando sombras alargadas y misteriosas.
—¿Tampoco tú duermes?
La voz de Mei lo sobresaltó. Estaba sentada en una roca, envuelta en una manta, mirando las estrellas.
—No puedo —admitió Lian, sentándose a su lado—. Demasiados pensamientos.
—¿Miedo?
—Miedo, sí. Pero también... no sé. Algo más. Como si esto fuera un momento importante. De esos que cambian todo.
—Lo es —dijo Mei—. Mañana, o ganamos y tenemos un futuro, o perdemos y no hay nada. Es importante.
—¿Tú tienes miedo?
Ella guardó silencio un momento.
—Antes, en la secta, no sentía miedo. Me entrenaron para no sentirlo. Pero ahora... ahora lo siento. Miedo por la gente del valle. Miedo por Yue. Miedo por ti. Y eso me asusta más que la pelea. Porque significa que me importa. Y lo que me importa puede ser usado contra mí.
—Eso es ser humano —dijo Lian—. Los cultivadores lo pierden, pero es lo único que nos hace humanos.
—¿Tú crees que yo sigo siendo humana? Después de todo lo que hice...
—Más que nunca. Porque te importa. Porque sientes culpa. Los monstruos no sienten culpa.
Mei lo miró. En sus ojos, la luna se reflejaba.
—¿Cómo es que sigues aquí, Lian? Podrías haberte ido. Nadie te lo habría impedido.
—Ya lo discutimos. Hice una promesa.
—No es solo eso. Hay algo más. Algo en tu mirada... como si también tú estuvieras buscando algo.
Lian consideró la pregunta.
—Quizá —dijo al fin—. Quizá lo que busco es un lugar al que pertenecer. El archivo era mi hogar, con el Viejo Chen. Luego la ciudad, con Tía Mei. Luego el camino, con Yue y Bei. Y ahora este valle, con toda esta gente. Cada vez que encuentro un hogar, alguien lo destruye. Pero sigo buscando. Porque no sé hacer otra cosa.
—Eso es muy triste.
—O muy terco. Depende de cómo se mire.
Mei sonrió. Una sonrisa pequeña, pero auténtica.
—Siempre fuiste terco, archiverito. Me tiraba ceniza y no te ibas.
—La ceniza era parte de tu encanto.
Se rieron. Por un instante, fueron niños otra vez, en una aldea que ya no existía.
La calma duró hasta el amanecer.
El ataque comenzó con una lluvia de flechas.
No eran flechas comunes. Cada una llevaba un talismán adherido que explotaba al impacto, lanzando fragmentos de metal y fuego. Las cabañas de madera ardieron como antorchas. La gente corrió, gritando, buscando refugio.
—¡A los túneles! —gritó Zhen—. ¡Todos a los túneles!
Los no combatientes desaparecieron en las entrañas de la montaña. Los que podían luchar, se armaron como pudieron: palos, hoces, cuchillos de cocina. Poco contra cultivadores entrenados, pero era todo lo que tenían.
Lian estaba en el centro del valle, con Mei y Yue a su lado. Los primeros cultivadores ya descendían por las laderas, saltando de roca en roca con una agilidad sobrehumana.