CAPÍTULO 13: EL PRECIO DE LA PAZ
El valle despertó envuelto en una calma extraña, como si la propia tierra contuviera el aliento después de la batalla.
Lian no había dormido. Permaneció toda la noche junto a Mei, observando su respiración, contando cada inhalación y exhalación como si fueran tesoros que pudieran escaparse en cualquier momento. La luz del amanecer se filtraba por las rendijas de la cabaña, creando rayos dorados que bailaban sobre el rostro pálido de la joven.
Yue entró sin hacer ruido, su pelaje plateado brillando suavemente en la penumbra.
—¿Algún cambio? —preguntó en voz baja.
—No. Sigue igual. El Emisario dijo que sanaría, pero... no sé cuánto tardará.
—Los seres celestiales miden el tiempo de otra forma. Para ellos, "pronto" puede ser semanas o meses. Pero confío en sus palabras. No tenía razón para mentir.
—¿Y si se equivoca?
—Los emisarios no se equivocan. Es lo único que los hace soportables.
Lian esbozó una sonrisa débil. Yue siempre encontraba la manera de arrancarle una, incluso en los peores momentos.
—Deberías descansar —dijo ella—. No servirás de nada si te derrumbas.
—Ya lo sé. Pero no puedo. Cada vez que cierro los ojos, veo a Feng Huang con la espada levantada. Veo a Mei interponiéndose. Veo...
—Veo —repitió Yue—. Eso es todo lo que ves. Pero también hay cosas buenas. La gente del valle está viva. Los niños juegan fuera. Los ancianos reconstruyen sus cabañas. La vida continúa. Eso también es real.
Lian asintió, pero no se movió.
Yue suspiró y se tumbó a su lado, ofreciendo su calor. Era un gesto simple, pero Lian lo agradeció más de lo que podía expresar.
Horas después, cuando el sol ya estaba alto, Mei se movió.
Fue un movimiento apenas perceptible: un dedo que se contraía, un párpado que temblaba. Pero Lian lo sintió como un terremoto.
—¿Mei? —susurró, inclinándose sobre ella.
Los ojos de Mei se abrieron lentamente. Estaban nublados, confusos, pero poco a poco fueron enfocándose en el rostro de Lian.
—¿Lian? —su voz era un susurro rasposo—. ¿Otra vez... dormida?
—Has estado inconsciente desde la batalla. Dos días.
—¿Dos días? —intentó incorporarse, pero cayó hacia atrás con un gemido—. Duele todo.
—Tranquila. Tu cuerpo está sanando. El Emisario dijo que tu núcleo se está estabilizando.
—¿Emisario? —Mei frunció el ceño—. No recuerdo... espera. Recuerdo la luz. La espada de Feng Huang. Y luego... nada.
—Apareció un Emisario Celestial. Detuvo el ataque. Obligó a Feng Huang a retirarse.
—¿Un Emisario? ¿Por qué?
—Quería verme. La anomalía. Dijo que los cielos debaten qué hacer conmigo.
Mei guardó silencio un momento, procesando la información.
—Eso es... increíble. Los emisarios no intervienen en asuntos mortales. Nunca. Debes ser muy importante para ellos.
—O muy peligroso.
—O ambas cosas.
Se miraron. En los ojos de Mei, Lian vio algo que no había visto antes: respeto. No el respeto que se tiene a un superior, sino el que se tiene a un igual. Alguien que ha pasado por el fuego y ha salido del otro lado.
—Gracias —dijo Mei—. Por quedarte.
—No tenía otro sitio donde ir.
—Mentiroso. Podrías estar en cualquier parte. Pero elegiste quedarte. Eso significa algo.
—Significa que soy terco.
—Eso también.
Sonrieron. Era una sonrisa pequeña, frágil, pero era un comienzo.
Los días siguientes fueron de recuperación lenta.
Mei pasaba la mayor parte del tiempo en la cabaña, recuperando fuerzas. El médico del valle, un hombre callado de manos suaves, la examinaba a diario y asentía con satisfacción.
—El núcleo se está reparando —dijo una semana después—. Más rápido de lo esperado. Pronto podrá levantarse, caminar. En un mes, quizá, estará como nueva.
—¿Podrá usar su cultivo? —preguntó Lian.
—Eso ya es más complicado. El núcleo dañado nunca recupera toda su capacidad. Pero con entrenamiento, quizá alcance un nivel aceptable. No volverá a ser la Fénix que fue, pero podrá defenderse.
Cuando el médico se fue, Mei lo miró con una expresión que Lian no supo interpretar.
—No volver a ser la Fénix —repitió—. Quizá sea una bendición disfrazada.
—¿Por qué?
—Porque la Fénix era una asesina. Una herramienta. Si puedo ser otra cosa... algo más simple... quizá pueda vivir conmigo misma.
—Siempre has sido más que eso. Solo que no te dejaban verlo.
—Tú sí lo veías. Incluso cuando éramos niños, me veías. No sé cómo, pero lo hacías.
—Porque no eras la Fénix. Eras Mei. La niña que me tiraba ceniza.
Ella sonrió, y por un instante, Lian vio a la niña de doce años asomarse en sus ojos.
—La ceniza era parte de mi encanto, ¿recuerdas?
—Cómo olvidarlo.
El valle, mientras tanto, se reconstruía.
Las cabañas quemadas fueron reemplazadas por otras nuevas, más sólidas, con piedra en la base para evitar futuros incendios. Los habitantes, lejos de hundirse en la desesperación, parecían más unidos que nunca. La batalla, con sus muertos y sus heridos, había fortalecido sus lazos.
Zhen, el hombre cojo, organizaba las tareas con mano firme pero justa. Los niños ayudaban en lo que podían, los ancianos aportaban su sabiduría, los jóvenes trabajaban sin descanso. Era, pensó Lian, lo más parecido a una comunidad que había conocido desde Cloud Creek.
Una tarde, mientras ayudaba a transportar piedras, Zhen se acercó a él.
—Lian, tenemos que hablar.
—¿Otra vez malas noticias?
—No lo sé. Depende de cómo se mire.
Se sentaron junto al arroyo, lejos de los demás. Zhen habló en voz baja.
—El Emisario dijo que los cielos debaten tu destino. Eso significa que, tarde o temprano, volverán. Y cuando lo hagan, no será con un solo emisario, sino con todo el poder celestial.
—Lo sé.
—También significa que este valle, esta gente, está en peligro por tu culpa. Si te quedas, cuando los cielos vengan, moriremos todos.