CAPÍTULO 14: EL AÑO DE GRACIA
El invierno llegó al Valle de los Olvidados cubriendo las montañas con un manto blanco que transformó el paisaje en algo casi irreal. Los árboles, desnudos de hojas, se alzaban como centinelas silenciosos contra el cielo gris, y el arroyo había reducido su caudal a un hilo de agua que se negaba a congelarse, alimentado por manantiales subterráneos.
Lian observaba la nieve caer desde el porche de la cabaña que ahora compartía con Mei. No era gran cosa: dos habitaciones pequeñas, un hogar de piedra para el fuego, y un tejado que había que reparar cada vez que nevaba con fuerza. Pero era suyo. Era su hogar.
Habían pasado tres meses desde la visita del Emisario.
Tres meses de paz.
—¿Meditando? —la voz de Mei lo sacó de sus pensamientos. Apareció a su lado envuelta en una manta de lana, su aliento formando pequeñas nubes de vapor.
—Pensando. Es diferente.
—¿En qué?
—En todo. En nada. En lo extraño que es tener tiempo para pensar.
Mei se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro. Desde su recuperación, había desarrollado una necesidad de contacto físico que Lian encontraba conmovedora. Como si necesitara recordar constantemente que no estaba sola.
—El médico dice que mi núcleo está completamente sano —dijo—. Incluso más fuerte que antes. Cree que el daño, al repararse, lo purificó de alguna manera.
—¿Te sientes diferente?
—Sí. El fuego... antes era agresivo, destructivo. Ahora es más cálido. Más controlado. Como si en lugar de quemar, quisiera calentar.
Extendió una mano y una pequeña llama bailó en su palma. Era suave, dorada, y despedía un calor agradable.
—Es hermoso —dijo Lian.
—Tú me enseñaste a verlo así. Antes solo veía una herramienta para matar.
—No fui yo. Fuiste tú.
—Fueron los dos.
Se quedaron en silencio, viendo la nieve caer. Dentro de la cabaña, Yue dormía enroscada junto al fuego, su pelaje plateado reflejando las llamas. Los últimos meses la habían transformado también; ya no era la bestia herida y desconfiada que Lian había conocido, sino una compañera leal que había encontrado un propósito en proteger el valle.
—Zhen quiere hablar contigo —dijo Mei al cabo de un rato—. Esta tarde, en la casa comunal.
—¿Sobre qué?
—No me lo dijo. Pero últimamente lo veo preocupado. Quizá es por los exploradores.
—¿Han vuelto?
—No. Pero eso es lo que le preocupa. Dice que si los cultivadores no aparecen, es porque están planeando algo. Preferiría un ataque abierto a esta calma tensa.
Lian asintió. Era lógico. La paz, cuando se espera una guerra, es más inquietante que la guerra misma.
Esa tarde, Lian acudió a la casa comunal. Era el edificio más grande del valle, construido con troncos y piedra, donde se reunían para las comidas comunitarias y las decisiones importantes. Zhen lo esperaba junto al fuego central, con una taza de té humeante en las manos.
—Siéntate —dijo, señalando un taburete—. Toma té.
Lian obedeció. El té era amargo, pero calentaba.
—He estado pensando —comenzó Zhen—. Sobre lo que dijo el Emisario. Un año, quizá dos. Ese es el tiempo que tenemos antes de que los cielos decidan.
—Lo recuerdo.
—No podemos pasarlo esperando. Hay que prepararse. Y para prepararse, necesitamos saber más. Sobre los cielos, sobre los cultivadores, sobre las inscripciones. Sobre todo lo que pueda ayudarnos a sobrevivir.
—Estoy de acuerdo. ¿Qué propones?
—Enseñar. A todos. Lo que sabes de inscripciones, lo que Mei sabe de combate, lo que Yue sabe del terreno. Convertir este valle en una fortaleza. Pero también... enviar exploradores. Buscar aliados. Hay otros como nosotros, escondidos en lugares similares. Si pudiéramos unirlos...
—¿Un ejército de marginados?
—Algo así. Gente que los cultivadores han despreciado, perseguido, olvidado. Si todos ellos se unieran, seríamos muchos. Suficientes para, al menos, negociar desde una posición de fuerza.
Lian consideró la idea. Era ambiciosa. Quizá demasiado. Pero también tenía sentido.
—¿Conoces a otros? —preguntó.
—Sé de algunos. Un enclave en las montañas del oeste, formado por antiguos discípulos expulsados de sus sectas. Una aldea en el pantano del sur, donde viven humanos con deformidades que los cultivadores consideran maldiciones. Y... otros. Pero están lejos. Necesitaríamos tiempo y recursos para contactarlos.
—Y para convencerlos de que se unan a nosotros.
—Eso es lo más difícil. Los marginados desconfían. Han sido traicionados demasiadas veces. Pero si llevamos un mensaje de esperanza... algo que demuestre que no estamos solos...
—¿Como qué?
Zhen sonrió.
—Como tú. El hombre sin destino. El que derrotó a una bestia guardiana, sobrevivió a un ataque de la secta, y negoció con un Emisario Celestial. Tu historia, Lian, es poderosa. Puede inspirar.
Lian sintió el peso de esas palabras. Nunca se había visto a sí mismo como un líder. Solo como un superviviente. Pero quizá, pensó, los líderes son solo supervivientes que otros deciden seguir.
—Lo intentaré —dijo—. Pero necesito ayuda. Mei, Yue, y algunos voluntarios. Y necesito tiempo para preparar algo que llevar, algo que demuestre que somos reales.
—¿Qué tienes en mente?
—Inscripciones. Pequeños talismanes que puedan usar para comunicarse con nosotros. Algo simple, pero efectivo. Si puedo crear suficientes, los exploradores podrán llevarlos a esos enclaves. Y si alguien quiere contactarnos, solo tendrá que activarlos.
Zhen asintió, impresionado.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
—Un mes. Quizá dos.
—Tienes tres. Mientras tanto, organizaré las expediciones. Y empezaremos a entrenar a todos, como dijiste.
Los siguientes meses fueron los más productivos de la vida de Lian.
Cada día, al amanecer, se sentaba en su cabaña con el pergamino en blanco y el pincel de jade. Los talismanes que creaba eran pequeñas obras de arte: discos de madera grabados con caracteres minúsculos, cada trazo imbuido de su voluntad. No eran poderosos, no podían hacer gran cosa, pero sí lo suficiente: transmitir un mensaje corto, señalar una ubicación, avisar de peligro.