El escriba que desafío los cielos

Capitulo 15

CAPÍTULO 15: EL MENSAJERO DEL OESTE

La primavera llegó al Valle de los Olvidados con una explosión de color.

Las laderas que durante meses habían permanecido cubiertas de nieve ahora se cubrían de flores silvestres: amapolas rojas, margaritas blancas, y esas pequeñas flores azules que crecían solo en las montañas y que los niños llamaban "lágrimas del cielo". El arroyo recuperó su caudal, cantando con más fuerza entre las piedras, y los animales que habían hibernado comenzaron a asomar sus hocicos curiosos.

Lian había perdido la cuenta de los días. Desde que comenzó la fabricación de talismanes, el tiempo se había vuelto una sucesión de jornadas dedicadas al trabajo: despertar, desayunar, grabar, comer, grabar, cenar, dormir. Cien discos. Ese era el objetivo. Y ya llevaba ochenta y siete.

—Deberías descansar —dijo Mei una tarde, entrando en la cabaña con una cesta de verduras recién cogidas del huerto—. Tienes mala cara.

—Estoy bien.

—Mientes mal, archiverito. Tus orejas se mueven cuando mientes.

Lian sonrió. Hacía años que nadie le decía eso.

—Es la misma frase que usaba el Viejo Chen —dijo—. ¿Te acuerdas?

—Claro que me acuerdo. También decía que las gachas de mijo sin sal eran un pecado contra los cielos.

—Eso también. Y que los caracteres mal hechos atraían mala suerte.

—Y que yo era una calamidad con patas.

Se rieron. Los recuerdos de Cloud Creek, antes dolorosos, ahora se habían suavizado con el tiempo. Seguían doliendo, sí, pero también traían consigo una calidez, la certeza de que hubo un lugar donde fueron felices.

—Ochenta y siete —dijo Lian, señalando la pila de discos—. Trece más y termino.

—¿Y luego?

—Luego, los exploradores los llevarán a los enclaves. Y esperaremos respuestas.

—¿Y si no llegan?

—Entonces habremos intentado algo. Es mejor que no hacer nada.

Mei asintió, pero su expresión era seria.

—Hay algo que no te he contado —dijo—. Sobre lo que hablamos hace unas semanas. Los recuerdos.

—¿Qué pasa?

—He estado teniendo sueños. Fragmentos. Cosas que no sé si son reales o implantadas. Pero hay una recurrente. Una imagen.

—¿Qué imagen?

—Una sala circular, con columnas de jade. En el centro, un altar. Y sobre el altar, un pergamino. Como el tuyo, pero diferente. Más grande. Más antiguo. Y alrededor, figuras encapuchadas que cantan en una lengua que no entiendo.

Lian sintió un escalofrío.

—¿Crees que es real?

—No lo sé. Pero en el sueño, siento que ese pergamino es importante. Que tiene que ver conmigo. Con mi pasado. Con lo que me quitaron.

—¿Quieres que investiguemos?

—¿Cómo? No podemos ir a la secta. Sería una locura.

—No a la secta. Pero tal vez... tal vez haya información en otros lugares. Tía Mei tiene contactos. Podría preguntar.

—¿Y si es peligroso? Preguntar sobre eso podría alertarlos.

—Tía Mei es cuidadosa. Lleva décadas sobreviviendo en la ciudad. Sabe cómo hacer preguntas sin levantar sospechas.

Mei dudó, pero finalmente asintió.

—Está bien. Pero con cuidado. No quiero que nadie más muera por mi culpa.

—No va a morir nadie. Lo prometo.

Tres días después, los primeros exploradores partieron.

Eran cinco grupos de dos personas cada uno, elegidos entre los más hábiles y resistentes del valle. Llevaban provisiones para un mes, mapas trazados por Yue, y una bolsa con talismanes: diez para cada grupo, con instrucciones claras sobre cómo usarlos.

Zhen los despidió personalmente, con un discurso breve pero emotivo.

—Sois nuestros ojos y oídos —dijo—. Vais a lugares peligrosos, a encontraron con gente que desconfiará de vosotros. Sed pacientes. Sed amables. Mostradles los talismanes, explicadles de dónde venís. Y si no quieren escuchar, no forcéis. Volved. Siempre podréis volver.

Los exploradores partieron al amanecer, perdiéndose entre los senderos de montaña. Lian los observó hasta que desaparecieron, con una mezcla de esperanza y temor.

—Volverán —dijo Yue a su lado—. Son buenos. Les enseñé bien.

—Lo sé. Pero el mundo ahí fuera es peligroso.

—También lo es aquí. Y sin embargo, seguimos vivos.

Lian sonrió y acarició el pelaje plateado de la gacela.

—Gracias —dijo—. Por estar aquí. Por todo.

—No hay de qué. Es lo que hacen los compañeros.

Las semanas pasaron.

Lian terminó los cien talismanes y se dedicó a ayudar en otras tareas: reconstruir cabañas, cultivar la huerta, enseñar inscripciones básicas a los niños. Descubrió que le gustaba enseñar. Ver cómo los pequeños aprendían a trazar sus primeros caracteres, cómo sus ojos se iluminaban al comprender que el mundo podía leerse como un texto, le recordaba al Viejo Chen. Y pensaba que, de alguna manera, el anciano seguía vivo en esas enseñanzas.

Mei, por su parte, se había convertido en la protectora no oficial del valle. Patrullaba los límites cada día, sola o con Yue, asegurándose de que no hubiera señales de peligro. Su cultivo, aunque reducido, era más que suficiente para enfrentar a cualquier bestia salvaje o cazador furtivo que se acercara demasiado.

Una tarde, mientras Lian enseñaba a un grupo de niños el carácter "agua", sintió una vibración en el pecho.

Era uno de los talismanes.

Se excusó con los niños y corrió hacia la casa comunal, donde Zhen ya había reunido a los adultos. Sobre la mesa, un disco de madera brillaba débilmente, emitiendo un zumbido suave.

—Es del grupo del oeste —dijo Zhen, examinando el talismán—. Han activado el de comunicación.

—¿Qué dicen?

—Todavía no lo sé. Hay que esperar a que el mensaje se complete.

El disco brilló con más intensidad, y luego, una voz surgió de él. Era la voz de una mujer joven, temblorosa pero clara.

—...encontrado el enclave. Está... está destruido. No queda nadie. Solo ruinas y huesos. Los cultivadores llegaron antes. Lo quemaron todo. Nos vamos. Volvemos. Tengan cuidado. Si hicieron esto aquí, pueden hacerlo en otros lugares. Que los cielos nos protejan.




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