CAPÍTULO 16: EL JUICIO DE LOS CIELOS
La Sala de los Ecos Celestiales era un lugar que existía fuera del tiempo y del espacio.
No estaba en ningún reino conocido, ni en ningún plano de existencia que los mortales pudieran concebir. Era simplemente un vacío iluminado por una luz que no provenía de ninguna fuente, donde las voces de los seres celestiales resonaban sin necesidad de aire, donde las decisiones que se tomaban podían cambiar el destino de millones.
El Emisario apareció en el centro de la sala, con el cuaderno de Lian sostenido entre sus manos como si fuera el objeto más frágil del universo. A su alrededor, figuras comenzaron a materializarse: algunas humanoides, otras bestiales, otras tan abstractas que dolía mirarlas. Eran los ancianos celestiales, los seres que habían gobernado el orden del mundo desde antes de que existieran los mortales.
—Has regresado —dijo una voz que parecía venir de todas partes a la vez—. Traes algo.
—Traigo la historia de la anomalía —respondió el Emisario—. Escrita por su propia mano.
—¿Un mortal escribiendo su historia? —otra voz, esta más aguda, casi burlona—. Qué presunción.
—Léela —ordenó una tercera voz, profunda como el mar—. Queremos saber qué dice.
El Emisario abrió el cuaderno y comenzó a leer.
Su voz llenó la sala, proyectando las palabras de Lian en el aire, creando imágenes que flotaban como sueños. Los ancianos celestiales vieron Cloud Creek, vieron al Viejo Chen enseñando caracteres, vieron a la niña Mei tirando ceniza. Vieron la llegada de los cultivadores, la destrucción, la huida. Vieron el bosque, la ciudad, los años de aprendizaje. Vieron a Yue, a Bei, las ruinas, el reencuentro. Vieron el valle, la paz, la amenaza.
Cuando el Emisario terminó, el silencio fue absoluto.
—Un mortal —dijo al fin la voz profunda—. Un simple mortal sin destino. Y sin embargo, ha vivido más, amado más, sufrido más que muchos de nosotros en milenios.
—Es conmovedor —admitió la voz burlona, pero esta vez sin burla—. Pero las emociones no cambian los hechos. Sigue siendo una anomalía. Un error en el sistema.
—¿Un error? —la voz que habló era nueva, más joven, más cálida—. Yo veo a alguien que ha elegido proteger en lugar de destruir. Que ha formado una familia con una bestia y una cultivadora fugitiva. Que ha creado un refugio para marginados. Eso no es un error. Eso es... evolución.
—¿Defiendes a la anomalía? —preguntó la voz profunda.
—Defiendo la posibilidad de que el sistema pueda cambiar. Los cielos llevamos milenios haciendo lo mismo: destinos escritos, órdenes inmutables, castigos para quienes se desvían. ¿Y qué hemos conseguido? Guerras, sufrimiento, mortales que nos odian. Quizá es hora de probar algo nuevo.
—¿Algo nuevo? —la voz burlona rió—. ¿Como permitir que un error reescriba las reglas?
—Como permitir que los errores nos enseñen. Este Lian ha demostrado que se puede vivir sin un destino escrito. Que se puede elegir. Que se puede amar. ¿No es eso lo que los mortales llaman libre albedrío?
—El libre albedrío es una ilusión —sentenció la voz profunda—. Sin destino, hay caos. Sin orden, hay destrucción.
—¿Y qué es lo que tenemos ahora? —replicó la voz joven—. Los cultivadores destruyen enclaves enteros en nombre del orden. Matan niños, ancianos, inocentes. ¿Eso es orden? ¿Eso es justicia?
El debate se prolongó durante horas. O días. O siglos. En la Sala de los Ecos, el tiempo no significaba nada.
Finalmente, la voz profunda habló de nuevo.
—Hemos debatido suficiente. Es hora de votar.
Cada anciano celestial emitió su voto. No con palabras, sino con un destello de luz, un cambio de color, una vibración en el espacio. El Emisario observaba, contando, esperando.
Cuando terminó, la voz profunda anunció el resultado.
—Empate. Once a favor de eliminar a la anomalía, once a favor de observarla, once a favor de... estudiarla con más profundidad.
—¿Once? —la voz burlona parecía sorprendida—. Pero solo somos treinta y tres.
—Exacto. Todos han votado. Todos excepto... uno.
Las miradas se volvieron hacia un rincón de la sala, donde una figura había permanecido en silencio durante todo el debate. Era la más antigua de todas, la que había estado allí desde el principio, la que había visto nacer y morir incontables mundos.
—Viejo —dijo la voz profunda con respeto—. Tu voto decidirá el destino de la anomalía. ¿Qué dices?
La figura se movió lentamente, como si despertara de un sueño milenario. Sus ojos, si es que los tenía, se posaron en el cuaderno que aún sostenía el Emisario.
—He leído la historia —dijo, y su voz era como el crujir de las estrellas al morir—. No a través de las palabras, sino a través del tiempo. He visto lo que fue, lo que es, y lo que podría ser.
—¿Y?
—La anomalía no es un error. Es una corrección. El sistema de destinos fue creado para mantener el orden, pero con los siglos se ha vuelto rígido, cruel, injusto. Este joven, sin saberlo, ha expuesto sus fallos. Ha mostrado que hay otra forma de vivir.
—¿Entonces debemos perdonarlo?
—No debemos perdonarlo. Debemos aprender de él. Y para aprender, debemos observarlo. No como a un insecto bajo una lupa, sino como a un maestro. Dejemos que viva. Dejemos que crezca. Dejemos que nos enseñe.
El voto del Viejo inclinó la balanza.
—Entonces queda decidido —anunció la voz profunda—. La anomalía no será eliminada. Será observada. Y si demuestra que su forma de vida es válida, quizá... quizá reconsideremos el sistema.
—¿Y los enclaves? —preguntó el Emisario—. Los cultivadores los están destruyendo.
—Eso debe cesar. Inmediatamente. Envía un mensaje a todas las sectas. Prohibido atacar a los marginados. Prohibido perseguir a la anomalía. So pena de caer en desgracia celestial.
—¿Y si desobedecen?
—Entonces intervendremos. Personalmente.
El Emisario inclinó la cabeza.