CAPÍTULO 17: EL PRIMER DÍA DEL RESTO DE SUS VIDAS
La luz del amanecer se derramó sobre el Valle de los Olvidados como un presagio de tiempos nuevos.
Lian despertó antes que el sol, como era su costumbre, pero esta vez no sintió la urgencia de levantarse de inmediato. Permaneció un rato en la cama de paja, escuchando la respiración acompasada de Mei a su lado, el suave ronquido de Yue en su rincón, y más allá, los primeros cantos de los pájaros que anunciaban el nuevo día.
Por primera vez en años, no había miedo.
No había esa punzada en el pecho al recordar que en cualquier momento podían llegar los cultivadores. No había esa necesidad constante de estar alerta, de preparar defensas, de esperar lo peor. El mensaje celestial seguía grabado en su memoria, brillando como una estrella en la oscuridad: "Prohibido atacar... quien desobedezca, enfrentará la ira de los cielos."
Era real. Había ocurrido.
—Estás despierto —murmuró Mei sin abrir los ojos—. Lo noto en tu respiración.
—No podía dormir más.
—¿Miedo?
—Todo lo contrario. Paz. Demasiada paz. No estoy acostumbrado.
Ella sonrió y se acurrucó contra él.
—Te acostumbrarás. Tenemos tiempo.
—¿Tú crees?
—Lo sé. Por primera vez en mi vida, lo sé.
Salieron de la cabaña cuando el sol ya asomaba sobre las montañas. El valle despertaba lentamente: las primeras mujeres se dirigían al arroyo con cántaros, los niños comenzaban a corretear entre las cabañas, los ancianos se sentaban al sol con sus mantas y sus tazas de té humeante.
Todo era normal. Todo era perfectamente, maravillosamente normal.
—Lian —la voz de Zhen llegó desde la casa comunal—. Ven, tenemos visitas.
—¿Visitas? —Lian intercambió una mirada con Mei—. ¿Quién?
—No lo sé. Llegaron al amanecer. Dicen que vienen de otro enclave. Que vieron el mensaje en el cielo.
Corrieron hacia la entrada. Allí, junto a Zhen, había un grupo de unas quince personas: hombres, mujeres, niños. Estaban sucios, cansados, con esa mirada de quien ha caminado mucho y ha perdido la esperanza varias veces por el camino. Pero cuando vieron a Lian, sus ojos se iluminaron.
—¿Eres tú? —preguntó una mujer mayor, adelantándose—. ¿El de la historia? ¿El que escribió su vida y convenció a los cielos?
—Yo... sí, supongo que soy yo —respondió Lian, algo abrumado—. Pero no hice nada solo. Todos aquí ayudaron.
—Da igual. Vinimos porque oímos que aquí hay refugio. Nuestro enclave fue destruido hace dos meses. Sobrevivimos escondiéndonos en cuevas, comiendo raíces, bebiendo agua de lluvia. Cuando vimos el mensaje, supimos que era una señal. Caminamos doce días para llegar.
—Doce días —repitió Lian—. Con niños, con ancianos...
—Con lo que nos quedaba. ¿Podemos quedarnos? No pedimos mucho. Solo un lugar donde no nos maten.
Lian miró a Zhen. El anciano asintió.
—Por supuesto que pueden quedarse —dijo Lian—. Este valle es para todos. Pasen, tomen agua, descansen. Luego hablamos.
Los refugiados entraron con pasos vacilantes, como si aún no creyeran que era real. Las mujeres del valle se acercaron con comida y mantas, los niños ofrecieron jugar con los recién llegados. En minutos, el grupo estaba instalado alrededor de una hoguera, comiendo y bebiendo como si llevaran años sin hacerlo.
—Esto va a pasar a menudo —dijo Zhen en voz baja, mientras observaban la escena—. Cuando la noticia se extienda, vendrán más. Muchos más.
—Lo sé.
—¿Tenemos espacio?
—No. Pero podemos hacer más cabañas. Cultivar más tierra. Organizarnos mejor. Y si hace falta, expandir el valle, buscar nuevas zonas.
—Eso llevará tiempo. Recursos. Gente dispuesta a trabajar.
—Tenemos todo eso. Y ahora, tenemos algo más importante: esperanza.
Zhen sonrió, una sonrisa que Lian no le veía desde antes de la batalla.
—Nunca pensé que llegaría a ver esto —dijo—. Un lugar donde los marginados pueden vivir sin miedo. Todo gracias a ti.
—No gracias a mí. Gracias a todos. Al Viejo Chen, que me enseñó. A Tía Mei, que me acogió. A Yue, que me salvó. A Bei, que dio su vida por nosotros. A Mei, que nunca se rindió. A usted, que mantuvo este valle unido. A cada persona que luchó, que creyó, que esperó. Esto es de todos.
—Bonitas palabras. Pero tú fuiste el catalizador. El que se atrevió a soñar.
—Soñar no cuesta nada. Lo difícil es hacerlo realidad.
—Y lo estamos haciendo. Día a día.
Los días siguientes fueron un torbellino de actividad.
Los nuevos refugiados, una vez recuperadas las fuerzas, se integraron rápidamente en la comunidad. Los hombres ayudaban a construir cabañas, las mujeres a cultivar y cocinar, los niños a aprender con Lian y los otros maestros. Cada persona aportaba algo: un conocimiento, una habilidad, una historia.
Y las historias eran lo más valioso.
Lian las escuchaba todas. Un anciano que había sido médico en su juventud, antes de que los cultivadores destruyeran su aldea. Una joven que sabía tejer con fibras de corteza, creando telas resistentes y cálidas. Un niño que tenía un don para imitar sonidos de animales, y que se convirtió en el mejor explorador del valle. Cada historia era un tesoro, una pieza más del mosaico que estaban construyendo.
Una tarde, mientras enseñaba a un grupo de niños el carácter "comunidad", sintió una presencia familiar. Levantó la vista y allí estaba el Emisario, apoyado en un árbol, observando con esa expresión impasible que tan bien conocía.
—¿Otra vez tú? —dijo Lian, sin sorpresa—. ¿No te cansas de aparecer de repente?
—Es mi única gracia —respondió el Emisario—. ¿Puedo hablar contigo? A solas.
Lian dejó a los niños con un ejercicio y se alejó con el Emisario hasta el arroyo.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Más problemas?
—Al contrario. Vengo a informarte de que los cielos están... impresionados.
—¿Impresionados?
—Con lo que estáis haciendo. Este valle, esta comunidad. Los refugiados que llegan, la forma en que los acogéis. Los ancianos celestiales observan. Y algunos... algunos están cambiando de opinión.