El escriba que desafío los cielos

Capitulo 17.5

CAPÍTULO EXTRA: EL DESTINO DE FENG HUANG

El salón de los ancianos de la Secta del Acantilado Místico estaba en silencio.

Un silencio denso, opresivo, que pesaba sobre los hombros de los nueve cultivadores sentados en semicírculo como una losa de montaña. Frente a ellos, de rodillas sobre las frías losas de piedra, Feng Huang esperaba su sentencia.

Habían pasado tres semanas desde que el mensaje celestial apareciera en el cielo.

Tres semanas desde que su mundo, el mundo que había construido con años de esfuerzo, ambición y sangre, se desmoronara.

—Feng Huang —la voz del anciano central, el de mayor rango, resonó en la sala—. Has sido llamado para responder por tus actos.

—Sí, honorable anciano —respondió, sin levantar la vista.

—El mensaje de los cielos fue claro. Prohibido atacar a la anomalía. Prohibido atacar enclaves de marginados. Y sin embargo, tú lideraste múltiples expediciones contra esos enclaves. Tú intentaste asesinar a la anomalía en dos ocasiones. Tú desobedeciste las órdenes celestiales.

—Actué en nombre de la secta. En nombre del orden. La anomalía era una amenaza...

—¿Una amenaza? —el anciano lo interrumpió, y su voz se heló—. La anomalía ahora está bajo protección celestial. La anomalía ha sido declarada intocable. Y nosotros, por tu culpa, hemos caído en desgracia.

Feng Huang levantó la vista. Por primera vez, vio el rostro de los ancianos. Y lo que vio lo heló hasta los huesos.

No era ira lo que mostraban. Era miedo.

—Los cielos han retirado su favor de nuestra secta —continuó el anciano—. Nuestras peticiones de bendiciones son ignoradas. Nuestros discípulos encuentran cerradas las puertas que antes se abrían. Nuestros enemigos, que antes nos temían, ahora se atreven a desafiarnos. Todo por tu culpa.

—Pero yo... yo solo...

—Solo buscabas gloria personal. Solo querías eliminar a quien te había humillado. Solo actuaste por orgullo, por venganza, por ese veneno que llaman ambición.

El anciano se levantó. Los otros ocho hicieron lo mismo.

—Feng Huang, discípulo interno de la Secta del Acilantado Místico, por tus actos has traído la desgracia sobre nuestra casa. Por ellos, quedas expulsado de la secta. Despojado de tu rango. Desterrado de estas tierras para siempre.

—¡No! —el grito escapó de sus labios antes de que pudiera controlarlo—. ¡No pueden hacerme esto! ¡Yo soy un Feng Huang! ¡Mi familia...

—Tu familia ha sido informada. Han roto todo lazo contigo. Para ellos, estás muerto.

Feng Huang sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. Todo por lo que había trabajado, todo por lo que había matado, todo por lo que había sacrificado su humanidad... desaparecía en un instante.

—Llévenselo —ordenó el anciano.

Dos guardianes se acercaron y lo levantaron por la fuerza. Feng Huang no opuso resistencia. No podía. Algo dentro de él se había roto.

Lo arrastraron por pasillos que antes recorría con arrogancia, entre discípulos que antes lo admiraban y ahora lo miraban con desprecio. Lo sacaron por la puerta principal, la misma por la que había entrado años atrás como un prodigio, y lo arrojaron al polvo del camino.

—No vuelvas —dijo el guardián—. Si te vemos de nuevo, te mataremos.

La puerta se cerró con un sonido definitivo.

Feng Huang se quedó allí, de rodillas en el polvo, mirando las puertas de lo que había sido su hogar.

No sabía cuánto tiempo pasó. Minutos, horas, quizá días. El sol se puso y volvió a salir, y él seguía allí, inmóvil, vacío.

Finalmente, cuando el hambre y la sed se volvieron insoportables, se levantó y comenzó a caminar.

Sin rumbo. Sin propósito. Sin nada.

Los meses siguientes fueron un descenso a los infiernos.

Sin la protección de la secta, los enemigos que Feng Huang había hecho a lo largo de los años salieron de las sombras. Algunos solo querían verlo humillado. Otros querían su sangre. Y unos pocos, los más crueles, querían ambas cosas.

Perdió su cultivo en una pelea desigual contra tres vengadores que lo emboscaron en un camino solitario. Le rompieron los meridianos, destrozaron su núcleo, lo dejaron por muerto en una cuneta.

Sobrevivió. No supo cómo. Pero sobrevivió.

Sin cultivo, sin poder, sin nada, se convirtió en lo que siempre había despreciado: un mendigo. Vagaba de aldea en aldea, pidiendo limosna, durmiendo en establos, comiendo sobras. La ropa blanca que un día fue símbolo de su estatus ahora era harapos sucios que apestaban a miseria.

A veces, en las noches frías, recordaba.

Recordaba Cloud Creek, la aldea que había destruido con sus propias manos. Recordaba los rostros de los aldeanos mientras morían. Recordaba al anciano archivero, ese Viejo Chen que se interpuso entre él y Lian, y cómo lo mató sin piedad.

Recordaba a Mei, la niña de doce años a la que arrancó de su hogar. La había moldeado, roto, reconstruido a su imagen. Y ella lo había abandonado. Había elegido a ese gusano sin destino antes que a él.

Recordaba a Lian. El archiverito. La anomalía. El error.

Y odiaba. Odiaba con una intensidad que quemaba.

Pero el odio no daba de comer. El odio no daba calor. El odio no devolvía el poder.

Un día, dos años después de su expulsión, llegó a una aldea remota en las montañas del norte. Era un lugar pequeño, miserable, donde la gente vivía de pastorear cabras y cultivar patatas. No había nada de valor allí. Nada que pudiera interesar a nadie.

Pero cuando entró en la aldea, algo le llamó la atención.

En el centro de la plaza, junto al pozo, había una piedra. Una piedra del destino.

Era pequeña, rudimentaria, de esas que usaban las aldeas más pobres cuando no podían permitirse una de verdad. Pero funcionaba. Y frente a ella, una fila de niños esperaba su turno para conocer su futuro.

Feng Huang se quedó mirando.

Recordó aquel día, años atrás, cuando él mismo había usado una piedra similar en Cloud Creek. Recordó el brillo débil que había visto cuando la acercó a Lian. En ese momento, no le dio importancia. Pero ahora...




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