El escriba que desafío los cielos

Capitulo 20

CAPÍTULO 20: LA SENDA DE LAS MIL ALMAS

El otoño se había instalado definitivamente en el Valle de los Renacidos cuando el segundo grupo de exploradores regresó con noticias.

Lian los recibió en la casa comunal, junto a Mei, Yue y los ancianos del valle. Los exploradores estaban agotados, sus ropas cubiertas de polvo y barro, pero sus ojos brillaban con una luz que Lian conocía bien: la luz de quienes han encontrado algo importante.

—Hay más —dijo el líder del grupo, un hombre llamado Feng (sin relación con el odiado cultivador), mientras bebía té con manos temblorosas—. Muchos más. Hemos recorrido las montañas del sur durante dos meses, y encontramos señales de al menos siete enclaves. Algunos pequeños, de apenas veinte personas. Otros más grandes, de hasta cien.

—¿Hablasteis con ellos? —preguntó Zhen.

—Con tres. Los demás desconfiaron, no quisieron salir. Pero les dejamos talismanes, explicamos quiénes éramos, de dónde veníamos. Algunos prometieron pensarlo.

—¿Y los otros cuatro? —intervino Mei.

—Esos... —Feng dudó—. Esos estaban vacíos. Destruidos. Como el del oeste. Los cultivadores llegaron antes.

Un murmullo de consternación recorrió la sala. Siete enclaves. Tres contactados. Cuatro destruidos. La cuenta era aterradora.

—¿Cuánta gente calculas que podría venir? —preguntó Lian.

—Si todos los que contactamos deciden unirse... quizá doscientas personas. Pero si logramos llegar a los que no quisieron hablar, si los convencemos... podría ser el doble.

—Cuatrocientas personas —murmuró Zhen—. Eso duplicaría nuestra población.

—¿Podemos acoger a tantos? —preguntó alguien.

—Podemos —respondió Lian sin dudar—. Ampliaremos las terrazas de cultivo, construiremos más cabañas, organizaremos mejor los recursos. Ya lo hemos hecho antes. Lo haremos de nuevo.

—Pero —intervino Yue con su voz tranquila— no podemos recibir a cuatrocientas personas de golpe. Llegarán en oleadas, con hambre, miedo, enfermedades. Necesitamos un plan. Médicos, alimentos almacenados, tiendas temporales mientras se construyen las cabañas permanentes.

—Y necesitamos más exploradores —añadió Mei—. Si hay siete enclaves en el sur, ¿cuántos habrá en el este? ¿En el norte? ¿En el oeste? Esto es más grande de lo que pensábamos.

Lian asintió, procesando la información. Su mente trabajaba rápido, organizando, priorizando. Los años al frente del valle lo habían convertido en un administrador hábil, aunque nunca hubiera buscado ese papel.

—Feng, tú y tu grupo descansad tres días. Luego, necesito un informe detallado de cada enclave: ubicación, número aproximado de personas, estado de salud, recursos, nivel de desconfianza. Quiero saber todo lo que podáis recordar.

—Lo haremos.

—Y mientras —continuó Lian, dirigiéndose a los ancianos—, activemos los preparativos. Zhen, coordina con los agricultores para ampliar las terrazas antes de que llegue el invierno. Mei, organiza equipos de construcción. Yue, necesito que entrenes a más exploradores. Gente joven, rápida, con buena memoria.

—Lo haré —dijo Yue.

—Y yo —intervino Mei— necesito que alguien me ayude con los refuerzos médicos. La curandera del enclave que trajimos, Xian, tiene experiencia. Podría encargarse.

—Buena idea. Habla con ella.

La reunión continuó durante horas, planificando, organizando, preparándose. Cuando finalmente terminó, Lian salió de la casa comunal agotado pero satisfecho. Había algo en la acción, en la organización, que ahuyentaba el miedo.

Mei lo alcanzó junto al arroyo, donde había ido a refrescarse.

—Estás haciendo bien —dijo—. No te olvides de eso.

—A veces me pregunto si estoy a la altura. Tanta gente dependiendo de mí...

—No dependen de ti. Dependen de todos nosotros. Tú solo eres el que junta las piezas.

—¿Y si las juntas mal?

—Entonces las juntaremos de nuevo. Juntos.

Lian sonrió y la abrazó. El contacto de Mei siempre le recordaba por qué luchaba.

Las semanas siguientes fueron un torbellino de actividad.

Las terrazas de cultivo se expandieron ladera arriba, con cientos de personas trabajando desde el amanecer hasta el anochecer. Las piedras se movían, la tierra se nivelaba, los canales de riego se extendían como venas por el cuerpo de la montaña.

Los equipos de construcción levantaron nuevas cabañas en la zona este del valle, preparando un barrio entero para los futuros refugiados. No eran lujosas, pero eran sólidas, con techos de paja bien tejida y hogares de piedra para el frío.

Yue entrenaba sin descanso a una docena de jóvenes exploradores. Les enseñaba a leer las señales del bosque, a moverse sin dejar rastro, a recordar cada detalle de los caminos. Los jóvenes la admiraban con devoción, y ella, aunque nunca lo admitiría, disfrutaba de su papel de maestra.

Mei, por su parte, trabajaba con Xian y otros curanderos organizando un sistema de salud. Clasificaban hierbas, preparaban ungüentos, establecían protocolos para las enfermedades más comunes. Por primera vez, el valle tenía algo parecido a un hospital: una cabaña grande con camas, medicinas, y personal dedicado.

Y Lian... Lian estaba en todas partes. Supervisaba, coordinaba, resolvía conflictos, tomaba decisiones. Pero también encontraba tiempo para lo importante: enseñar a los niños, compartir comidas con los ancianos, sentarse junto al fuego con Mei y Yue al final de cada jornada.

Una tarde, mientras descansaban después de cenar, Yue hizo una pregunta que llevaba días rondándole la cabeza.

—Lian, ¿has pensado en el nombre que te están dando?

—¿Qué nombre?

—Los refugiados que llegan. Los exploradores que regresan. Te llaman "la Pluma del Hereje".

Lian se quedó en silencio.

—¿La Pluma del Hereje? —repitió Mei—. ¿Por qué?

—Porque escribes sobre la realidad. Porque desafías el orden de los cielos. Porque donde otros usan espadas, tú usas un pincel. Hereje, en el lenguaje de los cultivadores, significa alguien que se opone al sistema. Y ellos, los marginados, han tomado esa palabra y la han hecho suya.




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