CAPÍTULO 21: LA RED DEL ENGAÑO
El mensaje llegó con los primeros copos de nieve.
Lian estaba en la escuela, enseñando a un grupo de niños el carácter "invierno", cuando sintió la vibración familiar en el cinturón. Se disculpó con los pequeños y salió al exterior, donde Mei ya lo esperaba con el talismán en la mano.
—Es del enclave del este —dijo ella, con el ceño fruncido—. El que los exploradores contactaron hace dos meses. Dicen que están en peligro inminente. Que los cultivadores los han descubierto. Piden ayuda urgente.
Lian tomó el talismán y lo sostuvo entre las manos. Las palabras grabadas brillaban débilmente: "Socorro. Enclave este descubierto. Atacarán en días. Necesitamos escolta para huir. Por favor, venid."
—¿Qué opinas? —preguntó.
—Que es extraño —respondió Mei—. Normalmente, cuando un enclave es descubierto, no hay tiempo para pedir ayuda. Los cultivadores atacan rápido.
—Quizá esta vez fue diferente. Quizá tuvieron un aviso.
—O quizá...
No terminó la frase, pero Lian entendió. Todos en el valle habían aprendido a desconfiar. La supervivencia dependía de ello.
—Tengo que ir —dijo—. Si es real, si hay gente esperando nuestra ayuda, no puedo ignorarlo.
—Lo sé. Por eso iré contigo.
—Y yo —la voz de Yue llegó desde atrás. La gacela se acercó con su paso silencioso—. Si es una trampa, me oleré a los cazadores antes de que nos vean.
—Entonces vamos. Pero con cuidado. Llevaremos a dos exploradores más, y nos acercaremos con sigilo.
Prepararon la expedición en cuestión de horas. Lian, Mei, Yue, y dos jóvenes exploradores llamados Kenji y Lina, los más rápidos y astutos del valle. Provisiones para cinco días, talismanes de sobra, y el pincel de jade siempre listo.
Partieron al atardecer, cuando la luz moribunda del sol los ocultaba entre las sombras de las montañas.
El viaje hacia el este duró tres días.
El paisaje cambió gradualmente: los picos nevados dieron paso a colinas boscosas, y luego a una llanura salpicada de rocas gigantes, como si un titán hubiera jugado a los bolos con montañas enteras. El frío era intenso, pero soportable.
Yue iba siempre adelante, olfateando el viento, alerta. Fue ella quien, al atardecer del tercer día, dio la alarma.
—Huelo algo raro —dijo, deteniéndose—. Humanidad, sí. Pero también... algo metálico. Como armas. Muchas armas.
—¿Cazadores? —preguntó Lian.
—Podría ser. Pero también podría ser el enclave, preparado para defenderse.
—Acérquemonos con cuidado. Desde las rocas.
Avanzaron sigilosamente hasta un promontorio desde donde se dominaba el valle donde debía estar el enclave. Lo que vieron les heló la sangre.
El enclave existía. Había cabañas, una plaza, gente moviéndose. Pero algo no encajaba. Los movimientos eran demasiado organizados, demasiado militares. La gente no caminaba, patrullaba. Y en los alrededores, ocultos entre las rocas, había más figuras armadas.
—Es una trampa —susurró Mei—. Nos están esperando.
—Pero ¿dónde están los verdaderos refugiados? —preguntó Kenji.
—Quizá no los hay —respondió Lian, con el corazón encogido—. Quizá todo esto es una farsa. Usaron el talismán que les dimos para atraernos.
—Tenemos que irnos —dijo Lina—. Ahora.
—No —Lian negó con la cabeza—. Si nos vamos, no sabremos la verdad. Y si hay gente real ahí dentro, prisioneros, los condenamos.
—¿Y si no los hay?
—Entonces sabremos que los cazadores han aprendido a usar nuestros propios métodos contra nosotros. Y tendremos que avisar a los demás enclaves.
Mei lo miró, comprendiendo.
—¿Qué propones?
—Infiltración. Tú, yo y Yue. Kenji y Lina, quedaos aquí. Si no volvemos al amanecer, regresad al valle y contad lo que visteis.
—Pero...
—Es una orden.
Los jóvenes exploradores asintieron, aunque a regañadientes.
Bajo el manto de la noche, Lian, Mei y Yue descendieron hacia el valle.
Yue los guiaba, sus sentidos agudos evitando los centinelas. Lian usaba Ocultar en momentos críticos, creando pequeñas bolsas de invisibilidad que les permitían cruzar espacios abiertos. Mei iba en silencio absoluto, su entrenamiento de asesina ahora puesto al servicio de una causa justa.
Llegaron a las afueras del poblado. Las cabañas eran de madera y paja, como en cualquier enclave, pero había algo en ellas que no encajaba: estaban demasiado nuevas, demasiado iguales. Como si las hubieran construido deprisa, para un propósito específico.
—Por aquí —susurró Yue, señalando una cabaña más grande en el centro—. Huelo miedo. Miedo de verdad. No de actores.
Se acercaron con cautela. Una rendija en la pared les permitió ver el interior.
Había gente. Hombres, mujeres, niños. Estaban sentados en el suelo, atados, con expresiones de terror. A su alrededor, varios hombres armados montaban guardia.
—Los refugiados reales —dijo Mei en voz baja—. Son prisioneros.
—Y los de fuera son los cazadores, disfrazados —añadió Lian—. Usaron a esta gente como cebo.
—¿Qué hacemos?
Lian observó la escena. Calculó. Los guardias eran cuatro dentro de la cabaña. Fuera, al menos una docena más patrullando. Demasiados para un enfrentamiento directo.
—Tenemos que liberarlos sin alertar a los demás —dijo—. Yue, ¿puedes crear una distracción en el lado opuesto del campamento?
—Puedo. ¿Qué tipo de distracción?
—Ruido. Movimiento. Suficiente para que los guardias de esta cabaña salgan a mirar.
—Lo haré.
—Mei, cuando los guardias salgan, entramos. Yo usaré Miedo y Sueño para neutralizarlos rápido. Tú liberas a los prisioneros.
—Entendido.
Yue desapareció en la oscuridad. Minutos después, un estruendo se escuchó al otro extremo del campamento: rocas cayendo, ramas quebrándose, y el sonido de algo grande moviéndose. Los guardias de la cabaña se miraron, dudaron, y luego salieron corriendo hacia el ruido.