El escriba que desafío los cielos

Capitulo 22

CAPÍTULO 22: EL CONSEJO DE LOS TRES

La llegada de los treinta y dos refugiados del enclave este trajo no solo bocas que alimentar, sino también información valiosa y heridas que sanar.

Entre los rescatados había un anciano que resultó ser algo más de lo que aparentaba. Se llamaba Joven, aunque tenía más de setenta años, y en su juventud había sido archivista en una secta menor antes de que lo expulsaran por negarse a participar en ciertas "irregularidades" que había descubierto.

—Conozco los registros de las sectas —dijo Joven durante la primera reunión informativa en la casa comunal—. No todos, pero sí los de la región. Y sé algo que puede interesaros.

Lian, Mei, Yue y Zhen lo escuchaban con atención.

—Los cazadores que os tendieron la trampa no actuaban por cuenta propia. Trabajaban para alguien. Y ese alguien no es una secta grande, como el Acilantado Místico, sino una organización más sutil. Se llaman la Red del Engaño.

—Nunca lo había oído —dijo Zhen.

—Porque son discretos. No atacan abiertamente. Se infiltran, corrompen, manipulan. Usan mercenarios como Kuro para el trabajo sucio, pero su verdadero poder está en la información. Saben cosas de todo el mundo: secretos de cultivadores, ubicaciones de enclaves, puntos débiles de las sectas. Y venden esa información al mejor postor.

—¿Cómo es que tú sabes de ellos? —preguntó Mei.

—Porque fui su víctima. Hace años, cuando aún estaba en la secta, descubrí que un compañero mío les vendía información. Lo denuncié, pero él tenía contactos más arriba. Me acusaron a mí de traición y me expulsaron. Mi familia... mi familia fue "eliminada" para que no pudiera reclamar nada.

El anciano hablaba con una calma terrible, como si el dolor se hubiera convertido en parte de él.

—¿Y ahora trabajan para quién? —preguntó Lian.

—No lo sé con certeza, pero puedo suponerlo. La información sobre vuestro valle, sobre los enclaves que estáis contactando... es valiosa para muchos. Sectas que quieren eliminaros, cultivadores que buscan venganza, incluso otros marginados que podrían traicionaros por una recompensa.

—¿Crees que hay espías entre nosotros?

—Siempre los hay. En todo grupo grande, siempre hay alguien que puede ser comprado. No digo que ahora mismo haya un espía en el valle, pero si la Red del Engaño os tiene en su punto de mira, tarde o temprano intentarán infiltrarse.

El silencio se instaló en la sala.

Zhen fue el primero en hablar.

—¿Cómo podemos protegernos?

—No podéis. No del todo. Pero podéis dificultarlo. Estableced protocolos de seguridad para la llegada de nuevos refugiados. Cuarentenas, entrevistas, períodos de observación. No por desconfianza, sino por precaución. Y sobre todo, cread una red de comunicación entre los enclaves que sea imposible de interceptar. Algo que solo los vuestros sepan usar.

Lian asintió lentamente. Las palabras de Joven resonaban con sus propias preocupaciones.

—¿Puedes ayudarnos con eso? —preguntó—. Diseñar un sistema seguro.

—Para eso he venido. Para devolver algo de lo que me quitaron.

Los días siguientes, Lian trabajó codo con codo con Joven y Yue para desarrollar un nuevo sistema de comunicación.

Se basaba en tres niveles:

El primero era visual: señales con piedras y ramas que solo los exploradores entrenados podían leer. Yue conocía cientos de variaciones, algunas tan sutiles que parecían accidentes naturales.

El segundo era olfativo: marcadores químicos que las bestias podían detectar pero los humanos no. Yue entrenó a un grupo de pequeños roedores del valle para que llevaran mensajes entre los enclaves. Los animales eran rápidos, discretos y, lo más importante, leales a quien les daba comida.

El tercero era el más complejo: pequeños talismanes de doble capa. Por fuera, una inscripción inofensiva, un simple carácter de "saludo" o "agradecimiento". Por dentro, oculta, una segunda inscripción que solo podía activarse con una secuencia específica de toques. Lian pasó horas grabando estos talismanes, sus dedos sangrando una y otra vez.

—Esto es arte —dijo Joven, observando su trabajo—. En mi juventud, vi a maestros inscriptores crear cosas bellas, pero esto... esto es diferente. Tus caracteres tienen vida.

—Mi maestro decía que los caracteres son recuerdos —respondió Lian—. Yo solo intento que recuerden lo correcto.

—El Viejo Chen, ¿verdad? Me han hablado de él.

—¿Le conociste?

—No. Pero su fama llegó lejos. Un archivero que sabía más de lo que debía. Que enseñó a un muchacho sin destino a escribir sobre la realidad. Hay quien dice que fue el último de los antiguos escribas.

—Era un anciano bondadoso que me daba gachas por las mañanas —dijo Lian con una sonrisa triste—. Eso es lo que recuerdo.

—A veces, las cosas más simples son las más importantes.

Mientras Lian trabajaba en los talismanes, Mei se enfrentaba a su propio desafío.

Kuro, el cazador que había reconocido en el enclave, no había dejado de rondar sus pensamientos. No por miedo, sino por algo más complejo: la sensación de que su pasado no terminaba de soltarla.

Una tarde, mientras entrenaba a los jóvenes en técnicas de combate, sintió una presencia. Se giró, esperando encontrar a Lian o a Yue. Pero no había nadie.

Solo un pequeño papel, atado a una piedra, en el suelo.

Lo recogió con cautela. En el papel, escrito con letra temblorosa, decía:

"Mei, sé que me viste. Sé que sabes quién soy. Necesito hablar contigo. A solas. No es una trampa. Te lo juro por lo que más quieras. Búscame al pie de la roca del águila, al atardecer. Ven sola. Por favor. —Kuro"

Mei sintió que el corazón se le aceleraba. Era una trampa. Tenía que serlo. Pero algo en la nota, en la forma en que estaba escrita, en la palabra "por favor", le resultaba extrañamente sincero.

Guardó el papel y no dijo nada a nadie.

Esa noche, mientras Lian cenaba con los ancianos discutiendo sobre los nuevos sistemas de seguridad, Mei se escabulló.




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