El escriba que desafío los cielos

Capitulo 23

CAPÍTULO 23: LA SOMBRA DE LA RED

El invierno se había instalado con furia en el Valle de los Renacidos.

La nieve caía sin piedad desde hacía tres días, acumulándose en los tejados, borrando los senderos, obligando a la gente a permanecer en sus cabañas junto al fuego. Pero el trabajo no cesaba. En la casa comunal, Lian, Mei, Yue y un grupo de los más confiables se reunían cada atardecer para planificar, organizar, prepararse.

Kuro se había convertido en una pieza clave de esas reuniones. Su conocimiento de la Red del Engaño era tan profundo como aterrador.

—La Red no es una organización tradicional —explicaba una tarde, señalando un mapa que había dibujado sobre una tabla—. No tienen cuartel general, ni líder único, ni estructura jerárquica visible. Son células. Cada célula opera de forma independiente, con su propia red de contactos, informantes y mercenarios. La única conexión entre ellas es un sistema de mensajeros que transmiten información y órdenes.

—¿Cómo los mensajeros? —preguntó Lian.

—Son... especiales. Personas entrenadas desde niños para memorizar cantidades ingentes de información y viajar largas distancias sin ser detectados. No llevan nada escrito. Todo está en sus cabezas. Si los capturas, no puedes probar nada. Y si se resisten, tienen métodos para... bueno, para no hablar.

—¿Métodos como qué?

—Veneno en los dientes. Sellos mentales. Cosas que los cultivadores les implantan.

Un escalofrío recorrió la sala.

—¿Y cómo podemos luchar contra algo así? —preguntó Zhen.

—No podemos. No directamente. Pero podemos hacer que les sea más difícil operar. Aislar sus células, cortar sus líneas de comunicación, sembrar la desconfianza entre ellos. Yo mismo puedo ayudar con eso. Conozco a algunos mensajeros. Sé dónde se reúnen, qué rutas usan.

—¿Y si te ven? —dijo Mei—. Si te ven con nosotros, sabrán que has cambiado de bando.

—Por eso tengo que ir solo. Y tengo que ir pronto. Cada día que pasa, la Red se acerca más a descubrir este valle.

Lian negó con la cabeza.

—No puedo dejar que vayas solo. Es demasiado peligroso.

—Es peligroso para todos. Pero yo soy el único que puede hacerlo. Confía en mí.

La mirada de Kuro era firme, decidida. Lian recordó el vínculo de sangre, el carácter que había grabado en su palma. Si Kuro los traicionaba, moriría. Eso no había cambiado.

—Está bien —dijo—. Ve. Pero llévate un talismán de comunicación. Si algo sale mal, llámanos.

—Lo haré.

Kuro partió esa misma noche, envuelto en una capa blanca que lo camuflaba con la nieve. Los centinelas lo vieron alejarse y luego perderse entre los árboles.

Pasaron tres días sin noticias.

Lian no podía dormir. Cada noche, se sentaba junto al fuego con el talismán en la mano, esperando una señal que no llegaba. Mei se turnaba con él, ofreciéndole té, compañía, silencio.

—Volverá —dijo ella al tercer día, viendo la preocupación en su rostro—. Es duro. Sobrevivió años en la Red.

—No es por él. Es por lo que podría estar pasando. Si lo capturaron, si habló...

—Tiene el vínculo. Si habla, muere. No hablará.

—El dolor puede hacer que la gente haga cosas que no quiere.

—Tú no lo hiciste. Cuando te capturaron los cazadores, no hablaste.

—Fue diferente.

—No fue diferente. Fue exactamente igual. Miedo, dolor, desesperación. Y no hablaste.

Lian la miró. En sus ojos vio la certeza de quien ha estado al borde del abismo y ha sobrevivido.

—Eres más fuerte de lo que crees —dijo ella—. Y Kuro también. O no habría durado tanto en la Red.

Al amanecer del cuarto día, el talismán vibró.

Lian lo activó de inmediato. La voz de Kuro, entrecortada, apenas un susurro:

—Lo logré... tengo información... pero me descubrieron... me persiguen... estoy en la cueva del lobo... al sur del valle... necesito ayuda...

—Vamos —dijo Lian, levantándose.

Mei, Yue y dos exploradores partieron con él, dejando el valle en alerta máxima.

La cueva del lobo era un lugar que Lian conocía bien. Durante sus primeros meses en el valle, había explorado cada rincón de las montañas circundantes. Estaba a medio día de camino, en una ladera escarpada, casi inaccesible.

Cuando llegaron, el sol comenzaba a ocultarse.

Kuro estaba dentro, sentado contra la pared, pálido como la nieve. Tenía una herida en el costado, mal vendada con un trozo de su propia capa. La sangre había empapado la roca a su alrededor.

—Vinisteis —dijo, con una sonrisa débil—. Pensé que no lo conseguiría.

—Cállate —dijo Lian, arrodillándose a su lado. Trazó Sanar sobre la herida, una y otra vez, hasta que la sangre dejó de manar—. ¿Quién te hizo esto?

—Mensajeros. Dos de ellos. Me reconocieron. Intentaron matarme. Maté a uno. El otro huyó. Vendrán con refuerzos.

—No te preocupes por eso ahora. Descansa.

—Tengo que decíroslo... la información... —forcejeó por hablar, tosiendo sangre—. La Red sabe más de lo que creíamos. Saben del valle. Saben de ti, Lian. Saben de Mei. Saben de los enclaves. Y han hecho un trato con alguien... alguien poderoso...

—¿Quién?

—No lo sé... no me lo dijeron... pero es grande... muy grande... van a atacar... pronto... todos los enclaves a la vez... una purga...

Kuro cerró los ojos, agotado.

—Descansa —repitió Lian—. Ya hablaremos cuando estés mejor.

Pero Kuro no despertó.

La herida era más profunda de lo que parecía. Algo en el arma del mensajero, quizá un veneno, quizá una técnica, había dañado algo que Sanar no podía reparar. Kuro murió esa noche, en brazos de Lian, con una sonrisa en los labios.

—Lo logré —susurró antes de irse—. Por fin... elegí bien.

Lian lo enterró al día siguiente, en una pequeña colina con vistas al valle. En su lápida, escribió un solo carácter: "Redención".

—No merecía morir —dijo Mei, de pie junto a él.

—Nadie merece morir. Pero eligió cómo hacerlo. Eso es más de lo que muchos pueden decir.




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