CAPÍTULO 24: LA CACERÍA COMIENZA
El sol se levantó sobre el Valle de los Renacidos como un ojo de fuego que lo veía todo.
Lian llevaba horas despierto, sentado en la roca desde donde solía contemplar el amanecer. Pero esta vez no había contemplación. Había planificación. Estrategia. Guerra.
Mei lo encontró allí, envuelta en una manta, con el aliento formando nubes de vapor.
—¿Has dormido algo?
—No podía.
—Pensé que dirías eso. Por eso traje esto.
Le ofreció una taza de té humeante. Lian la aceptó con gratitud, sintiendo el calor extenderse por sus manos entumecidas.
—La Red atacó un enclave —dijo, como si necesitara recordarlo en voz alta—. Mataron a gente inocente. Y lo hicieron para enviarnos un mensaje.
—Lo sé.
—No podemos quedarnos quietos. Si esperamos a que vengan a nosotros, nos rodearán, nos aislarán, nos destruirán pieza por pieza.
—También lo sé.
—Entonces...
—Entonces lo haremos. Iremos a por ellos. Pero no solos, y no sin un plan.
Lian la miró. En sus ojos vio la misma determinación que sentía, pero también algo más: una calma que él no lograba alcanzar.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila? —preguntó.
—Porque he estado en guerras antes. Porque sé que el miedo no ayuda. Porque confío en ti.
—¿En mí?
—En nosotros. En todos. En esta gente que hemos reunido. Vamos a ganar, Lian. No porque seamos más fuertes, sino porque tenemos algo que ellos no tienen.
—¿Qué?
—Razones para luchar. Ellos luchan por dinero, por poder, por órdenes. Nosotros luchamos por nuestras vidas, por nuestras familias, por nuestros hogares. Eso marca la diferencia.
Lian asintió lentamente. Las palabras de Mei resonaban en su interior.
—Entonces empecemos —dijo, levantándose—. Convoca a todos. Exploradores, guerreros, ancianos. Vamos a planear una cacería.
La reunión en la casa comunal fue la más concurrida que Lian recordaba.
Casi mil personas llenaban la sala y desbordaban hacia el exterior, escuchando en silencio mientras los líderes exponían la situación. Zhen habló primero, con su voz pausada y grave.
—La Red del Engaño ha atacado el enclave del este. Han muerto cuarenta y siete personas. Hombres, mujeres, niños. No contentos con eso, enviaron un mensaje: "Esto es solo el principio". Así que tenemos que decidir. ¿Nos quedamos a esperar el asedio, o salimos a buscarles?
—¿Salir? —preguntó alguien—. ¿Dejar el valle indefenso?
—No indefenso —respondió Lian, adelantándose—. Dejaremos defensas, guerreros, sistemas de alerta. Pero también enviaremos grupos de exploradores ofensivos. Gente entrenada para localizar las células de la Red y eliminarlas antes de que puedan unirse.
—¿Eliminarlas? ¿Matar?
—Si es necesario. No busco venganza. Busco supervivencia. Si podemos desmantelar su red, si podemos sembrar el caos entre ellos, ganaremos tiempo. Y el tiempo, ahora, es nuestro mejor aliado.
Un murmullo recorrió la sala. Algunos asentían, otros fruncían el ceño, otros miraban al suelo. Pero nadie protestó abiertamente.
—Necesito voluntarios —continuó Lian—. Personas dispuestas a dejar el valle, a adentrarse en territorio enemigo, a arriesgarlo todo. No será fácil. Probablemente, algunos no volverán. Pero si tenemos éxito, salvaremos muchas más vidas de las que podríamos perder.
El silencio se alargó. Luego, una mujer joven se levantó. Era Lina, la exploradora que había ido con ellos al rescate del falso enclave.
—Yo voy —dijo—. Les debo una a esa gente que murió.
Otro se levantó. Luego otro. Luego una docena más. En minutos, había más de cincuenta voluntarios.
Lian los miró con orgullo y pesar.
—Gracias —dijo—. No os defraudaré.
Los siguientes días fueron de preparación intensiva.
Lian dividió a los voluntarios en cinco grupos de diez, cada uno con un líder experimentado. Mei entrenaría a dos grupos en técnicas de combate sigiloso. Yue se encargaría de otros dos, enseñándoles a moverse por el terreno como bestias. Lian tomaría el quinto grupo personalmente, para enseñarles el uso básico de talismanes ofensivos.
—No serán inscriptores —dijo a sus reclutas—. Eso lleva años. Pero pueden aprender a activar talismanes ya preparados. Con eso, y con su entrenamiento, tendrán una ventaja.
Los talismanes que Lian creó para estos grupos eran diferentes de los anteriores. No eran de comunicación, sino de ataque. Pequeños discos de madera grabados con caracteres como Miedo, Sueño, Confusión y, en los casos más extremos, Wei para desarmar o Shi para ralentizar.
—Usadlos con cuidado —advertía—. Cada talismán solo funciona una vez. Y si os encontráis con un enemigo demasiado poderoso, no dudéis en huir. Viva para luchar otro día.
Mientras tanto, los exploradores de Yue traían información constante. Habían localizado tres células de la Red en un radio de dos días de camino. Una pequeña, de apenas cinco personas, que operaba desde una cueva. Otra mediana, de unos quince, en una aldea abandonada. Y una grande, de al menos treinta, en un campamento fortificado en lo alto de una colina.
—La pequeña es la más vulnerable —dijo Yue, señalando el mapa—. También la más cercana. Si atacamos rápido, podemos eliminarlos antes de que pidan refuerzos.
—¿Y las otras? —preguntó Mei.
—Nos descubrirán. Pero si somos rápidos, quizá podamos llegar a la mediana antes de que reaccionen. La grande habrá que dejarla para después. Está demasiado bien defendida.
Lian estudió el mapa. Las distancias, los tiempos, las rutas. Su mente calculaba, sopesaba riesgos.
—Atacaremos la pequeña esta noche —decidió—. Grupo uno y dos, conmigo. Grupo tres y cuatro, en posición de emboscada por si vienen refuerzos. Grupo cinco, de reserva.
—¿Y yo? —preguntó Mei.
—Tú vienes conmigo. Necesito a alguien que sepa moverse en silencio y, si es necesario, matar.
—Para eso estoy.
La noche era oscura, sin luna, perfecta para una emboscada.