El escriba que desafío los cielos

Capitulo 25

CAPÍTULO 25: EL ESPÍA EN NUESTRAS FILAS

Tres días pasaron desde el ataque al campamento de la Red.

Tres días de interrogatorios, de análisis de documentos, de intentar encajar piezas en un rompecabezas que no dejaba de crecer. Los dos prisioneros habían hablado, pero lo que dijeron no trajo paz, sino más preguntas.

—Hay alguien dentro —repitió Lian por enésima vez, paseando frente al mapa en la casa comunal—. Tiene que haberlo. El mapa que encontramos era demasiado preciso. Demasiado detallado. Solo alguien que ha estado aquí, que ha visto nuestras defensas, nuestros puntos débiles, podría haberlo dibujado así.

—Pero hemos interrogado a todos —dijo Zhen, con el rostro cansado—. Nadie ha mostrado signos de traición. Hemos usado talismanes de verdad, hemos hablado con cada familia, hemos revisado las historias de llegada. Nada.

—Porque el espía sabe cómo ocultarse. Sabe lo que buscamos. Quizá incluso sabe de los talismanes.

Mei, que había permanecido en silencio, habló.

—Kuro dijo algo antes de morir. Dijo que la Red se infiltraba, corrompía, manipulaba. Dijo que siempre había alguien. Quizá no es alguien que vino como refugiado. Quizá es alguien que siempre estuvo aquí.

La sala enmudeció.

—¿Alguien del valle original? —preguntó Zhen, con la voz quebrada—. ¿Uno de los nuestros?

—Es posible. La Red lleva años operando. Si querían destruirnos desde dentro, tenían tiempo de plantar a alguien.

—Pero eso significaría que... que hay un traidor entre los primeros. Entre los que fundamos esto.

Lian sintió el peso de esas palabras. Los primeros. Los que llegaron cuando el valle era solo un puñado de cabañas y una esperanza. Gente que había arriesgado todo, que había construido con sus manos cada piedra, cada hogar.

—No podemos acusar a nadie sin pruebas —dijo—. Pero tampoco podemos ignorar la posibilidad. Tenemos que investigar. En silencio. Sin levantar sospechas.

—¿Y cómo hacemos eso? —preguntó Yue—. Todos se conocen. Todos confían en todos. Cualquier movimiento extraño será notado.

—Por eso lo haremos desde fuera. Nosotros cuatro. Nadie más. Revisaremos los registros de llegada, las historias personales, las fechas. Buscaremos inconsistencias. Y mientras tanto, reforzaremos la vigilancia en puntos clave.

—¿Y si el espía está entre nosotros cuatro? —preguntó Mei, en voz baja.

El silencio fue absoluto.

Lian la miró a los ojos. Luego, lentamente, asintió.

—También es posible. Por eso cada uno de nosotros vigilará a los otros tres. Y si alguien encuentra algo, lo dirá. Sin acusaciones, sin juicios. Solo información.

—Eso es peligroso —dijo Zhen—. Puede crear desconfianza.

—Ya hay desconfianza. La diferencia es que ahora la reconocemos. Y trabajamos con ella.

Los días siguientes fueron extraños.

Por fuera, el valle seguía su rutina: las terrazas de cultivo, la escuela, las construcciones, los entrenamientos. Pero por dentro, una tensión sutil envolvía a Lian, Mei, Yue y Zhen. Se observaban con disimulo, notaban pequeños detalles que antes pasaban por alto: una mirada que se desviaba, una pausa demasiado larga, una respuesta evasiva.

Lian fue el primero en encontrar algo.

Revisando los registros de llegada, notó que uno de los primeros refugiados, un hombre llamado Han, había llegado al valle apenas una semana después de que Lian, Mei y Yue se establecieran. En ese entonces, no había protocolos de seguridad, solo la urgencia de acoger a quien llegaba. Han había dicho venir de un enclave destruido en el norte, pero no había forma de verificarlo.

—Han —dijo Lian en la siguiente reunión—. El que ayuda en la herrería. ¿Alguien sabe algo de su pasado?

Los otros tres se miraron.

—Yo lo conozco —dijo Zhen—. Hombre tranquilo, trabajador. Nunca da problemas. Su esposa murió en el camino, creo. Tiene una hija pequeña.

—¿Alguna vez ha mostrado interés en las defensas? ¿En los puntos débiles?

—No más que otros. Todos preguntan, todos quieren saber cómo protegerse.

—Pero él estuvo aquí desde el principio. Vio cómo construíamos todo. Conoce cada rincón.

Mei intervino.

—¿Tienes alguna prueba? ¿Algo concreto?

—No. Solo una sensación. Una fecha que no cuadra del todo. Dijo que su enclave fue destruido tres semanas antes de llegar aquí. Pero los exploradores no encontraron rastros de destrucción en esa zona hasta meses después.

—Pudo haberlo confundido. El trauma, el miedo...

—Pudo. Por eso digo que no es una prueba. Pero es una pista.

—¿Cómo procedemos? —preguntó Yue.

—Observación. Sin que se note. Yo me encargaré de él personalmente.

Lian comenzó a seguir a Han.

No era fácil. En un valle donde todos se conocían, cualquier movimiento fuera de lo normal era notado. Pero Lian tenía ventajas: conocía las rutas, los horarios, los lugares donde podía ocultarse sin levantar sospechas.

Durante una semana, observó.

Vio a Han trabajar en la herrería, forjando herramientas con una habilidad que habría envidiado el padre de Mei. Lo vio jugar con su hija, una niña de unos siete años, en la plaza. Lo vio compartir comidas con los vecinos, reír, contar historias. Nada fuera de lo común.

Pero al octavo día, algo cambió.

Era de noche. Lian estaba en su puesto de observación habitual, una roca detrás de la herrería, cuando vio a Han salir sigilosamente de su cabaña. No llevaba antorcha, no hacía ruido. Se movía con la precisión de alguien entrenado.

Lian lo siguió.

Han se dirigió hacia el este, hacia la zona más alejada del valle, donde los centinelas eran menos frecuentes. Allí, entre las rocas, se detuvo. Esperó.

Minutos después, una figura emergió de la oscuridad.

No era humano. Era una criatura baja, rechoncha, con la piel grisácea y ojos grandes y negros. Un mensajero de la Red, de esos que Kuro había descrito.

Lian contuvo el aliento.




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