LA OFENSIVA
El mapa ocupaba toda la mesa de la casa comunal.
Era un monstruo de papel y tinta, con docenas de anotaciones, marcas, líneas que conectaban puntos como una telaraña gigante. Lian había trabajado en él durante tres semanas, desde que Han confesara, usando cada fragmento de información que habían obtenido: los interrogatorios a los prisioneros, los documentos del campamento, los recuerdos de Kuro, incluso las intuiciones de Yue sobre los movimientos de mensajeros.
—Aquí —dijo, señalando un punto en las montañas del oeste—, tenemos confirmación de una célula de al menos veinte personas. Se reúnen en una antigua mina abandonada. Operan como centro de distribución de información para toda la región occidental.
—¿Cómo lo sabes con tanta certeza? —preguntó Zhen, inclinándose sobre el mapa.
—Tres fuentes distintas lo mencionaron. Dos prisioneros, y un documento que encontramos en el campamento. Las tres coinciden en la ubicación y en la función. Es fiable.
—Veinte personas —murmuró Mei—. No es el campamento más grande que hemos atacado, pero está mejor defendido. Minas antiguas suelen tener múltiples entradas y salidas. Será como luchar contra un nido de serpientes.
—Por eso no vamos a luchar allí. Vamos a cerrar las salidas y a esperar.
—¿Esperar? —preguntó Lina, una de las exploradoras más jóvenes—. ¿No vamos a atacar?
—Atacaremos, pero a nuestra manera. Primero, bloqueamos todas las salidas excepto una. Luego, usamos talismanes de humo y confusión para obligarlos a salir por esa única vía. Y allí, los esperamos nosotros.
—¿Y si deciden quedarse dentro y resistir?
—Entonces usaremos esto. —Lian mostró un talismán diferente, más grande, grabado con caracteres complejos—. Es una inscripción de colapso. Si la activo, la mina se vendrá abajo. Con ellos dentro.
Un silencio incómodo se instaló en la sala.
—Eso es... brutal —dijo alguien.
—Es guerra. No me gusta, pero si nos obligan, lo haré. Preferiría capturarlos e interrogarlos, pero si eligen morir bajo tierra antes que rendirse, no puedo arriesgar a mi gente en un asalto directo.
—¿Cuándo? —preguntó Yue.
—En cinco días. El tiempo justo para que los grupos de ataque lleguen sin ser detectados. Mei, tú liderarás el equipo de bloqueo de salidas. Yue, conmigo en la emboscada principal. Zhen, tú te quedas en el valle con los refuerzos, por si esto es una distracción.
—¿Crees que podría serlo?
—No lo sé. Pero después de Han, no me fío de nada. La Red sabe que hemos descubierto algo. Puede que intenten contraatacar mientras nosotros estamos fuera.
—Entonces doblaremos la vigilancia —dijo Zhen—. No pasará nada.
La expedición partió al amanecer del quinto día.
Cuarenta exploradores, divididos en cuatro grupos de diez, avanzando en silencio por senderos de montaña que solo Yue conocía. Lian iba en el grupo principal, con el pergamino en blanco bajo la túnica y una bolsa llena de talismanes en el cinturón.
El viaje duró dos días. Cuando llegaron a las inmediaciones de la mina, el sol se ocultaba tras las montañas, tiñendo el cielo de tonos violáceos.
—Allí —susurró Yue, señalando una ladera rocosa donde se abría un boquete negro—. La entrada principal. Hay dos más, una al este y otra al oeste, ambas ocultas entre las rocas.
—Mei, ve con tu grupo. Bloquead las dos salidas secundarias. Rocas grandes, troncos, lo que encontréis. Pero sin hacer ruido.
—Entendido.
Mei desapareció en la oscuridad con sus diez exploradores. Lian esperó, contando los minutos en silencio.
Una hora después, un pájaro cantó dos veces. La señal.
—Las salidas están bloqueadas —dijo Lian—. Ahora, nosotros.
Avanzaron hacia la entrada principal. A cincuenta metros, Lian hizo un gesto y todos se detuvieron. Sacó un talismán de humo y lo lanzó hacia la boca de la mina.
El talismán explotó en una nube grisácea que se extendió rápidamente hacia el interior. Casi de inmediato, se oyeron gritos y toses. Figuras comenzaron a emerger, tosiendo, frotándose los ojos.
—Ahora —ordenó Lian.
Los exploradores lanzaron los talismanes de confusión y miedo. La escena se volvió caótica: hombres y mujeres de la Red corrían en todas direcciones, tropezaban, caían, algunos incluso atacaban a sus propios compañeros.
—¡Rendíos! —gritó Lian, usando una inscripción para amplificar su voz—. ¡Estáis rodeados! ¡No hay salida!
La mayoría se rindió. Unos pocos intentaron huir hacia las salidas secundarias, pero se encontraron con los bloqueos y los exploradores de Mei. Solo dos intentaron resistir, y cayeron rápidamente bajo los golpes precisos de los guerreros del valle.
En menos de una hora, la célula estaba neutralizada. Dieciocho prisioneros, dos muertos, y una mina llena de documentos y objetos de valor.
—Registradlo todo —ordenó Lian—. Papeles, mapas, talismanes, cualquier cosa que pueda sernos útil. Y preparad a los prisioneros para el viaje de vuelta.
Mientras los exploradores trabajaban, Lian se adentró en la mina. El humo se disipaba lentamente, revelando un laberinto de túneles sostenidos por vigas de madera. En una cámara más amplia, encontró lo que parecía ser el centro de operaciones: mesas llenas de mapas, estanterías con rollos de pergamino, y un gran tablero con fichas que representaban enclaves, sectas y rutas.
—Esto es más de lo que esperaba —murmuró.
En el centro del tablero, una ficha en particular llamó su atención. Era más grande que las demás, tallada en jade, y representaba un valle rodeado de montañas. Su valle.
—Nos tenían en el centro de todo —dijo una voz detrás de él. Era Mei, que había entrado silenciosamente—. Éramos su objetivo principal.
—Lo sé. Y ahora sabemos que no están solos. Mira esto.
Señaló las conexiones en el tablero. Líneas que iban del valle a otros puntos: sectas, ciudades, incluso lo que parecían ser otros enclaves.