CAPÍTULO 27: EL INSCRIPTOR OLVIDADO
Las semanas que siguieron al descubrimiento de la trampa fueron las más duras desde la fundación del valle.
Lian implementó cambios radicales en todos los sistemas de comunicación y defensa. Los códigos antiguos fueron abandonados, reemplazados por otros que solo él, Mei, Yue y Zhen conocían por completo. Los talismanes de comunicación fueron rediseñados, con capas de seguridad que requerían secuencias específicas para activarse. Los turnos de los centinelas se volvieron irregulares, imposibles de predecir.
Pero lo más difícil fue la desconfianza.
—No podemos seguir así —dijo Mei una noche, mientras cenaban en su cabaña—. La gente está nerviosa. Se miran unos a otros con recelo. Eso nos debilita más que cualquier ataque de la Red.
—Lo sé —respondió Lian, frotándose los ojos cansados—. Pero no puedo arriesgarme a que haya otro Han. O peor, varios.
—¿Y si los hay? ¿Y si hay más espías? La desconfianza no los va a descubrir. Solo va a destruir lo que hemos construido.
—¿Entonces qué sugieres? ¿Que confíe ciegamente?
—No. Sugiero que confíes en la gente que ha demostrado su lealtad. Los que llevan años aquí. Los que han arriesgado su vida por el valle. Ellos son tu base. El resto... el resto tendrá que ganarse la confianza con el tiempo.
Yue, que había estado escuchando en silencio, intervino.
—Mei tiene razón. Yo desconfiaba de todos los humanos cuando llegué. Me costó años confiar en ti. Pero si no hubiera dado ese paso, seguiría sola, muerta quizá. La confianza es un riesgo. Pero también es la única forma de construir algo que merezca la pena.
Lian las miró. En sus ojos vio la certeza de quienes habían elegido quedarse a su lado a pesar de todo.
—Está bien —dijo—. Pero con cuidado. Vamos a establecer un sistema de verificación para los puestos clave. Nada de acusaciones, solo revisiones periódicas. Y vamos a hablar con la gente. Explicarles lo que pasó, lo que estamos haciendo. La transparencia también genera confianza.
—Eso suena a plan —dijo Mei, sonriendo.
—Es el único plan que tengo.
A la mañana siguiente, Lian convocó una asamblea general. Habló durante una hora, sin ocultar nada: el espía, la trampa, los cambios necesarios. La gente escuchó en silencio, y cuando terminó, hubo preguntas, dudas, pero también muestras de apoyo.
—Estamos contigo —dijo un anciano—. Hemos llegado hasta aquí juntos. No será una piedra en el camino lo que nos separe.
La asamblea terminó con un aplauso. Lian sintió que, por primera vez en semanas, podía respirar.
Pero la calma duró poco.
Tres días después, un explorador llegó con noticias urgentes. Había encontrado a un hombre en las montañas del sur, medio muerto, con signos de haber viajado largas distancias. Lo habían traído al valle, y ahora yacía en la cabaña de los curanderos, mientras Xian intentaba salvarle la vida.
—¿Quién es? —preguntó Lian, acudiendo al hospital improvisado.
—No lo sabemos —respondió Xian—. No lleva documentos, no tiene identificación. Pero tiene algo extraño en las manos.
Mostró las palmas del hombre. En cada una, grabadas en la piel con tinta indeleble, había inscripciones. No eran caracteres comunes, sino símbolos que Lian reconoció al instante: eran marcas de escriba.
—Es un inscriptor —dijo, con la voz temblorosa—. Un verdadero inscriptor. Como el Viejo Chen. Como Lun.
—¿Cómo ha llegado hasta aquí? —preguntó Mei.
—No lo sé. Pero cuando despierte, lo averiguaremos.
El hombre tardó dos días en despertar.
Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue el rostro de Lian inclinado sobre él. Su reacción fue instintiva: intentó incorporarse, lanzar un ataque, pero su cuerpo no respondió. Estaba demasiado débil.
—Tranquilo —dijo Lian—. Estás a salvo. Esto es el Valle de los Renacidos.
El hombre parpadeó, confundido.
—¿El valle? —susurró, con voz rasposa—. ¿El de la Pluma del Hereje?
—Sí. Yo soy Lian. El que llaman así.
El hombre lo miró fijamente. Luego, lentamente, una sonrisa se dibujó en su rostro demacrado.
—Te he estado buscando —dijo—. Durante meses. Casi muero en el intento. Pero tenía que encontrarte.
—¿Quién eres? ¿Por qué me buscabas?
—Me llamo Shen. Soy... era... el último discípulo del Maestro Lun. Después de que tú lo visitaras, él me envió a buscarte. Me dijo que tenías que saber la verdad.
—¿Qué verdad?
Shen cerró los ojos, agotado.
—Déjame recuperar fuerzas —susurró—. Luego te contaré todo. Pero prepárate. No es una buena noticia.
Pasaron tres días más antes de que Shen pudiera hablar. En ese tiempo, Lian no se separó de él. Le llevaba comida, agua, le cambiaba las vendas. Quería ganarse su confianza, demostrarle que era digno de lo que Lun había querido transmitirle.
Finalmente, una tarde, Shen se sintió con fuerzas suficientes. Sentado en la cama, envuelto en mantas, comenzó a hablar.
—El Maestro Lun murió hace seis meses —dijo—. En paz, tranquilamente, como él quería. Pero antes de morir, me llamó y me dijo: "Shen, tienes que ir al valle. Tienes que encontrar a Lian. El muchacho sin destino. Y tienes que decirle lo que yo nunca le dije."
—¿Qué era eso?
—Que el Arquitecto... el líder de la Red del Engaño... es un inscriptor. Como nosotros. Pero no un inscriptor cualquiera. Fue discípulo de Lun. Hace muchos años. Antes que yo. Antes que el Viejo Chen.
Lian sintió que el mundo se detenía.
—¿Un discípulo de Lun? ¿Trabajando para la Red?
—Sí. Se llamaba Jiao. Era el más brillante de todos. Aprendía las inscripciones con una facilidad asombrosa. Pero también era arrogante, cruel. Creía que el poder de escribir sobre la realidad le daba derecho a gobernar sobre los que no podían. Lun lo expulsó. Le dijo que nunca volviera.
—¿Y qué pasó?
—Jiao desapareció durante años. Nadie supo de él. Hasta que empezaron a circular rumores sobre un inscriptor misterioso que trabajaba para organizaciones secretas, que vendía su talento al mejor postor. Lun siempre sospechó que era él. Pero no podía probarlo.