CAPÍTULO 28: EL RASTRO DEL ARQUITECTO
El séptimo día de viaje, la inscripción en la mano de Shen comenzó a brillar.
Lian lo notó de inmediato. Estaban acampados en una cueva pequeña, protegidos del viento helado que azotaba las montañas, cuando Shen exclamó algo y extendió la mano hacia la luz mortecina de la hoguera.
—Mira —dijo, mostrando la palma—. Está reaccionando.
Lian se acercó. La inscripción, antes inactiva, ahora emitía un tenue resplandor verdoso, como el de las luciérnagas en verano. Palpitaba suavemente, con un ritmo regular.
—¿Significa que estamos cerca?
—Sí. Lun dijo que el radio era de unos pocos cientos de pasos. Jiao debe estar en algún lugar cercano.
—¿En estas montañas? No hay nada aquí. Solo rocas y hielo.
—Ahí es donde alguien como Jiao se escondería. En el lugar más improbable. Vamos a buscar.
Salieron de la cueva. La noche era clara, con una luna casi llena que bañaba el paisaje en plata. Los cuatro exploradores —Kenji, Lina, y dos hermanos llamados Taro y Hana— se desplegaron en silencio, peinando el terreno.
Lian y Shen siguieron la luz de la inscripción, que se intensificaba cuando se movían en una dirección y se debilitaba en otras. Como un juego de niños, pensó Lian, pero con la vida en juego.
—Por aquí —dijo Shen, señalando hacia una pared rocosa que parecía completamente sólida.
—¿Estás seguro?
—La inscripción no miente. Debe haber algo.
Se acercaron a la roca. Lian extendió la mano y tocó la superficie. Estaba fría, áspera, real. Pero cuando cerró los ojos y se concentró, sintió algo familiar.
Una inscripción. Ocultando una entrada.
—Es como la cueva de Lun —murmuró—. Usa el mismo método.
—Jiao aprendió de Lun. Tiene sentido que use sus enseñanzas.
Lian sacó el pincel de jade. Trazó Abrir sobre la roca, imbuyéndolo con su voluntad. Durante un momento, nada ocurrió. Luego, la piedra tembló, y una línea vertical apareció en el centro. La roca se deslizó hacia los lados, revelando una entrada oscura.
—Iluminación —ordenó Lian.
Los exploradores encendieron antorchas. El túnel que se abría ante ellos era estrecho, descendente, con paredes de roca viva. Avanzaron con cautela, Lian y Shen al frente.
El túnel se ensanchó gradualmente, hasta desembocar en una cámara natural. Y allí, en el centro, vieron algo que los dejó sin aliento.
No era Jiao. Era un campamento. Abandonado.
Restos de fogatas, mantas, utensilios, y sobre todo, pergaminos. Cientos de pergaminos apilados contra las paredes, algunos en estanterías improvisadas, otros amontonados en el suelo.
—Aquí estuvo —dijo Shen—. Hace poco, además. La ceniza aún está fresca.
—Registradlo todo —ordenó Lian—. Pero con cuidado. Puede haber trampas.
Mientras los exploradores revisaban el campamento, Lian se acercó a los pergaminos. Eran de todo tipo: mapas, cartas, diarios, tratados de inscripciones. Algunos estaban escritos en lenguas que no reconocía. Otros, en el código de escribas que el Viejo Chen le había enseñado.
—Mira esto —dijo Kenji, sosteniendo un mapa—. Es de nuestra región. Con todos los enclaves marcados.
Lian tomó el mapa. Era aterradoramente preciso. No solo estaban los enclaves que conocían, sino también otros que ni siquiera habían descubierto. Y en el centro, marcado con una X roja, el Valle de los Renacidos.
—Sabía que existíamos, obviamente —dijo—. Pero esto... esto es un plan de ataque. Mira las líneas. Son rutas de aproximación. Puntos de reunión. Fechas.
—¿Fechas? —preguntó Lina, acercándose.
—Sí. La próxima es dentro de diez días. Van a atacar algo. ¿Qué enclave es este?
Señaló un punto en el mapa, pequeño, aislado en las montañas del oeste.
—No lo sé —admitió Kenji—. No está en nuestros registros.
—Entonces es un enclave que la Red descubrió y nosotros no. Y van a masacrarlos en diez días.
El silencio se instaló en la cámara.
—Tenemos que avisarles —dijo Hana—. Si podemos llegar a tiempo...
—¿Cómo? No sabemos dónde está. Solo que está en las montañas del oeste. Eso es un territorio enorme.
—Pero Jiao lo sabe. Y Jiao está aquí. O estuvo. Si podemos seguir su rastro...
—Es demasiado tarde para seguir rastros —interrumpió Lian—. Necesitamos encontrar a Jiao antes de que ejecute su plan. Porque si ataca ese enclave, será solo el principio. Luego vendrán otros. Y al final, nosotros.
Shen, que había estado revisando los pergaminos en silencio, levantó la cabeza.
—Hay algo aquí —dijo—. Una carta. Dirigida a alguien. Dice: "Hermano, el día se acerca. Cuando la luna esté en su punto más alto, nos reuniremos en el lugar de siempre. El Arquitecto ha dado su aprobación."
—¿El lugar de siempre? ¿Qué lugar?
—No lo especifica. Pero al final hay un símbolo. Una montaña con tres picos.
Lian reconoció el símbolo al instante. Era la Montaña de los Tres Picos, un lugar legendario en las montañas del oeste, donde según las historias se reunían los antiguos escribas para intercambiar conocimientos.
—¿Cuándo? —preguntó—. ¿Cuándo es la reunión?
Shen revisó la carta.
—No tiene fecha. Pero menciona la luna en su punto más alto. Eso podría ser...
—La luna llena —dijo Lina—. La próxima luna llena es dentro de ocho días.
—Entonces tenemos ocho días para llegar a la Montaña de los Tres Picos, encontrar a Jiao y detenerlo antes de que lance el ataque.
—Es imposible —dijo Kenji—. La montaña está a al menos diez días de camino desde aquí. Y con el tiempo que hemos perdido...
—No perdimos tiempo. Encontramos esto. Y esto nos da una oportunidad. Una posibilidad. Vamos a tomarla.
—¿Cómo? No podemos volar.
—Pero podemos usar atajos. Yue me enseñó rutas que acortan distancias. Caminos de bestias, senderos que solo ellas conocen. Si vamos sin descanso, quizá lleguemos.
—Quizá —repitió Kenji—. Es un riesgo enorme.