El escriba que desafío los cielos

Capitulo 29

CAPÍTULO 29: EL PESO DE LA VICTORIA

Lian despertó tres días después.

Lo primero que sintió fue un dolor sordo en todo el cuerpo, como si hubiera sido molido a golpes. Lo segundo, la luz del sol filtrándose por las rendijas de una cabaña que no reconocía. Lo tercero, la mano de Mei sosteniendo la suya.

—¿Lian? —la voz de ella llegó como desde muy lejos—. ¿Puedes oírme?

Parpadeó. Enfocó la mirada. Mei estaba inclinada sobre él, con el rostro pálido y los ojos enrojecidos. Detrás de ella, Yue, también allí, con una expresión que en una gacela equivalía a profunda preocupación.

—¿Dónde...? —intentó hablar, pero su garganta estaba seca como papel.

—Tranquilo. Estás en el valle. En la cabaña de los curanderos. Has estado inconsciente tres días.

Tres días. La última imagen que recordaba era la caverna, Jiao desvaneciéndose, y luego la oscuridad.

—¿Jiao? —preguntó.

—Muerto. Desaparecido. Lo que sea que le hiciste con el pergamino... funcionó. No queda nada de él.

—¿Los demás? ¿Shen? ¿Los exploradores?

—Todos vivos. Shen está aquí, en la cabaña de al lado. Se recupera más rápido que tú. Los exploradores ya están de vuelta en sus puestos.

Lian intentó incorporarse, pero Mei lo sujetó.

—No. Todavía no. Has usado demasiado el pergamino. Xian dice que tu cuerpo necesita tiempo. Mucho tiempo.

—No tenemos tiempo. La Red...

—La Red está en caos. Sin Jiao, las células están desorganizadas. Algunas se han rendido. Otras están luchando entre sí por el poder. No nos atacarán pronto.

—¿Estás segura?

—Sí. Los prisioneros que trajiste han hablado. Les mostramos el cuerpo... bueno, lo que quedó de Jiao. Fue suficiente. La mayoría ha ofrecido información a cambio de clemencia.

Lian cerró los ojos. Por primera vez en meses, sintió que podía respirar.

—¿Cuánto tiempo tengo que estar aquí? —preguntó.

—Xian dice una semana, como mínimo. Pero si te portas bien, quizá te dejen salir antes.

—¿Portarme bien? ¿Desde cuándo me porto bien?

Mei sonrió. Una sonrisa cansada, pero auténtica.

—Desde que te conozco, nunca. Pero podemos intentarlo.

Los días siguientes fueron de una calma extraña.

Lian permaneció en la cabaña, durmiendo, comiendo, dejando que su cuerpo sanara. Xian lo visitaba dos veces al día, examinaba sus heridas, asentía con satisfacción. Yue venía cada tarde a contarle las novedades. Los exploradores habían regresado, los prisioneros seguían hablando, y el valle entero respiraba aliviado.

—La gente te llama héroe —dijo Yue una tarde—. Dicen que mataste al Arquitecto con una inscripción que nadie había visto antes.

—No lo maté —respondió Lian—. Lo deshice. Es diferente.

—Para ellos, es lo mismo. Eres la Pluma del Hereje, el que derrotó al líder de la Red. Tu leyenda crece.

—No quiero leyendas. Quiero paz.

—Lo sé. Pero las leyendas no se eligen. Te eligen a ti.

Shen vino a verlo al quinto día. Entró en la cabaña con paso firme, aunque aún cojeaba ligeramente.

—El viejo Lun estaría orgulloso —dijo, sentándose junto a la cama—. Jiao era su mayor fracaso. Y tú lo corregiste.

—No lo hice solo. Tú me guiaste. Los exploradores lucharon. Yue me salvó la vida.

—Pero la inscripción final fue tuya. Esa frase... "Que el poder de la lealtad y el amor deshaga el engaño". ¿De dónde la sacaste?

Lian guardó silencio un momento.

—Del Viejo Chen —dijo al fin—. Una vez me dijo que los caracteres más poderosos no son los más complejos, sino los que contienen más verdad. Esa frase... es verdad. Para mí.

—Y por eso funcionó. No por el poder de las inscripciones, sino por la verdad que contenía. Eso es lo que Jiao nunca entendió. Creía que el poder estaba en los trazos, en la técnica. Pero el verdadero poder está en el corazón de quien escribe.

—Lun también decía algo así.

—Lun decía muchas cosas. Pero pocos las entendían.

Shen se levantó para irse. En la puerta, se volvió.

—Me quedaré en el valle, si me lo permites. Puedo enseñar a los jóvenes. Inscripciones básicas, historia, lo que sepa. Ya no tengo otro lugar al que ir.

—Eres bienvenido —dijo Lian—. Siempre.

Al séptimo día, Lian salió de la cabaña.

El sol le cegó un instante. Cuando sus ojos se acostumbraron, vio el valle ante él. Las cabañas, las terrazas, la gente yéndo y viniendo. Todo estaba igual, pero también diferente. Había una ligereza en el aire, una ausencia de tensión que no recordaba desde antes del ataque de la Red.

Mei lo esperaba junto al arroyo, en su roca favorita.

—Siéntate —dijo—. No te pediré que descanses más, porque sé que no lo harás. Pero quédate aquí un rato. Conmigo.

Lian obedeció. Se sentó a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo, el sonido del agua, la brisa suave.

—¿Crees que esto es el final? —preguntó.

—¿El final de qué?

—De la guerra. De la Red. Del miedo.

—No lo sé. Pero incluso si no es el final, es un respiro. Y los respiros son importantes.

—¿Para qué?

—Para recordar por qué luchamos. Para no convertirnos en lo que combatimos.

Lian la miró. A la luz del atardecer, Mei era hermosa. No con la belleza perfecta de las cultivadoras que había conocido, sino con una belleza más real, más humana. Las cicatrices, las arrugas incipientes alrededor de los ojos, la fuerza en su mirada.

—Te quiero —dijo, sin pensarlo.

Ella sonrió.

—Lo sé. Yo también.

Se besaron. El sol se ocultó tras las montañas, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violáceos. Por un momento, el mundo fue perfecto.

Pero la paz no duraría.

A la mañana siguiente, un mensajero llegó del enclave del oeste, el que Jiao había marcado en su mapa para el ataque. No traía malas noticias, sino todo lo contrario: el ataque nunca ocurrió. Sin Jiao, la célula encargada se desintegró. El enclave estaba a salvo.

—Pero hay algo más —dijo el mensajero, entregando un pergamino—. Encontramos esto entre los documentos de la célula. Es para ti.




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