CAPÍTULO 30: EL CAMINO HACIA LA BIBLIOTECA OLVIDADA
El verano llegó al Valle de los Renacidos con una explosión de color y vida.
Las terrazas de cultivo rebosaban de verduras y cereales, los árboles frutales que habían plantado años atrás daban sus primeras cosechas, y los niños correteaban entre las cabañas con esa energía inagotable que solo la infancia conoce. Parecía, pensó Lian mientras paseaba entre las huertas, que la paz por fin se había instalado en el lugar.
Pero él sabía que era solo una ilusión.
El pergamino de Jiao quemaba en su bolsillo, un recordatorio constante de que había más verdades por descubrir, más peligros que enfrentar, más guerras que librar. Lo había leído tantas veces que ya se lo sabía de memoria, pero cada vez encontraba un nuevo matiz, una nueva advertencia oculta entre las líneas.
—Sigues dándole vueltas —dijo Mei, apareciendo a su lado con una cesta de manzanas recién cogidas.
—No puedo evitarlo. Hay algo en este mensaje que no termino de entender. Jiao sabía que iba a morir. Preparó esto antes de nuestro encuentro. ¿Por qué? ¿Por qué dejarle a su enemigo un regalo?
—Quizá no lo veía como un regalo. Quizá era su forma de vengarse. Dejarte una carga, una misión imposible, algo que te consumiera.
—O quizá era sincero. Quizá, en el fondo, quería que alguien terminara lo que él no pudo.
Mei guardó silencio un momento. Luego, se sentó en una piedra y dejó la cesta a un lado.
—¿Vas a ir? A la Biblioteca, digo.
—Sí. Pero no solo. Y no sin preparación.
—¿Cuándo?
—Cuando el valle esté seguro. Cuando hayamos entrenado a suficientes personas para defenderlo en nuestra ausencia. Cuando Shen haya recuperado fuerzas y pueda venir con nosotros. Unos meses, quizá.
—¿Y si la Biblioteca no espera? ¿Y si hay algo allí que necesita ser encontrado ahora?
—Entonces será una lástima. Pero no puedo arriesgar todo lo que hemos construido por una posibilidad. Primero, el valle. Luego, la aventura.
Mei sonrió. Era una sonrisa de aprobación, de orgullo.
—Has cambiado, Lian. El muchacho que conocí en Cloud Creek habría salido corriendo sin mirar atrás.
—Ese muchacho murió hace mucho. Con la aldea. Con el Viejo Chen. Lo que quedó aprendió a pensar antes de actuar.
—Menos mal. Porque ese muchacho era un terco imprudente.
—Sigo siendo terco. Solo que ahora pienso antes de ser imprudente.
Se rieron. El sonido se perdió entre las terrazas, llevado por la brisa.
Las semanas siguientes fueron de intensa preparación.
Lian convocó a los líderes del valle y les explicó la situación. Mostró el pergamino de Jiao, habló de la Biblioteca Olvidada, de la posibilidad de encontrar respuestas sobre los destinos, los escribas, y quizá incluso sobre los cielos.
—Necesito ir —dijo—. Pero no puedo dejar el valle indefenso. Por eso, antes de partir, quiero asegurarme de que aquí todo está en orden.
—¿Qué necesitas? —preguntó Zhen.
—Entrenamiento. Más exploradores, más guerreros, más gente capaz de usar talismanes básicos. También necesito que los sistemas de comunicación y defensa que hemos establecido sean conocidos por todos. Y necesito que tú, Zhen, y los demás líderes, estéis preparados para tomar decisiones sin mí.
—Eso es mucho pedir —dijo alguien.
—Lo sé. Pero es necesario. Porque si algo me pasa en la Biblioteca, el valle no puede depender de mí. Tiene que depender de sí mismo.
El silencio se instaló en la sala. Luego, uno por uno, los líderes asintieron.
—Lo haremos —dijo Zhen—. No te defraudaremos.
Los meses pasaron en un torbellino de actividad.
Lian entrenaba sin descanso a los nuevos reclutas, enseñándoles no solo el uso de talismanes, sino también los fundamentos de las inscripciones: cómo reconocerlas, cómo activarlas, cómo protegerse de ellas. No podía convertirlos en inscriptores, pero sí en personas capaces de no ser víctimas indefensas.
Mei se encargaba del entrenamiento físico y de combate. Sus métodos eran duros, exigentes, pero efectivos. Los jóvenes del valle aprendieron a moverse en silencio, a usar el terreno a su favor, a luchar con y sin armas.
Yue, por su parte, seleccionó a los mejores exploradores y los llevó a las montañas para enseñarles los secretos del rastreo, la orientación, la supervivencia en condiciones extremas. Cuando regresaban, estaban agotados pero transformados.
Shen, ya recuperado, se convirtió en el maestro de historia y teoría. En la escuela, enseñaba a los niños y adultos interesados los orígenes de las inscripciones, las leyendas de los antiguos escribas, y la verdad sobre el sistema de destinos.
—El conocimiento es poder —decía—. Pero también es responsabilidad. Saber cómo funciona el mundo no os hará más fuertes, pero sí más sabios. Y la sabiduría, a largo plazo, vale más que cualquier técnica de combate.
El valle, poco a poco, se transformó en una fortaleza viviente. No una fortaleza de piedra y murallas, sino de personas preparadas, organizadas, conscientes de su valor y de su capacidad para defenderse.
Una tarde, cuando los preparativos estaban casi completos, un visitante inesperado llegó al valle.
Era el Emisario.
Apareció en la plaza central, sin previo aviso, como siempre. La gente se apartó, algunos con miedo, otros con curiosidad. Lian, que estaba en la escuela, sintió su presencia y salió a recibirlo.
—Emisario —dijo, haciendo una reverencia—. Hace tiempo que no te veíamos.
—He estado ocupado —respondió el ser celestial, con su voz impasible—. Los cielos están revueltos. La muerte de Jiao ha tenido repercusiones.
—¿Qué tipo de repercusiones?
—Algunos ancianos celestiales lo consideraban un instrumento útil. Otros, una amenaza. Su desaparición ha reabierto viejos debates. Y tu nombre, Lian, ha vuelto a ser mencionado.
—¿En buen o mal sentido?
—En ambos. Como siempre. Pero eso no es lo importante. He venido a advertirte.