CAPÍTULO 31: LA VERDAD SOBRE LOS DESTINOS
La luz no se apagó.
Lian flotaba en un vacío infinito, rodeado de estrellas que no eran estrellas, sino palabras. Millones de palabras brillando en la oscuridad, formando constelaciones de significado, galaxias de historias. Cada palabra era un destino, cada frase una vida, cada página un mundo.
—Esto es... —susurró, sin voz, sin aliento.
—Esto es todo —respondió la voz del libro, que ahora estaba en todas partes—. Cada destino que ha existido, que existe, que existirá. Todos están aquí. Todos menos uno.
—El mío.
—El tuyo. El pergamino en blanco. La página arrancada del Libro Original antes de que los cielos lo sellaran.
Lian intentó procesar la información, pero era demasiado. Demasiada inmensidad, demasiado significado.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué mi página quedó en blanco?
—Porque alguien la arrancó. Alguien que sabía lo que vendría. Alguien que quería que existiera una posibilidad de cambio.
—¿Quién?
—Uno de los primeros escribas. El que vio el futuro. El que supo que el sistema de destinos se volvería rígido, cruel, injusto. Y decidió plantar una semilla de libertad.
Lian sintió que las lágrimas brotaban de sus ojos. No era un error. No era una anomalía. Era una semilla. Alguien lo había querido. Alguien había creído en él antes de que existiera.
—¿Qué se supone que debo hacer? —preguntó.
—Eso tienes que descubrirlo tú. Yo solo puedo darte información. El resto... el resto es tu elección.
Las palabras comenzaron a girar a su alrededor, formando remolinos de luz. Lian vio imágenes: la creación de los cielos, los primeros escribas, la guerra que siguió, la imposición del sistema de destinos. Vio cómo los ancianos celestiales sellaron el Libro Original, arrancaron sus páginas y las convirtieron en destinos individuales. Vio cómo una página quedó olvidada, escondida, esperando.
Y vio algo más. Una figura. Una mujer, antigua, poderosa, con un pincel en la mano y una sonrisa triste. La que arrancó la página. La que sembró la semilla.
—¿Quién es? —preguntó Lian.
—La primera escriba. La que empezó todo. La que pagó el precio más alto.
—¿Qué precio?
—Su propia existencia. Para que la página quedara en blanco, para que nadie pudiera reclamarla, ella se borró a sí misma del tejido de la realidad. No hay registro de ella. No hay destino. No hay memoria. Solo lo que tú sientes ahora.
Lian sintió una oleada de gratitud y tristeza. Alguien había muerto por él. Por la posibilidad de él.
—¿Cómo puedo honrar su sacrificio? —preguntó.
—Viviendo. Eligiendo. Construyendo un mundo donde otros también puedan elegir.
La luz comenzó a atenuarse. Lian sintió que regresaba a su cuerpo, a la sala circular, al libro bajo sus manos.
—Espera —dijo—. Hay algo más. El Emisario dijo que algo me estaba esperando. ¿Eres tú?
—No. Yo soy solo el guardián. Lo que te espera está más allá. En el corazón de la Biblioteca. Pero para llegar allí, tendrás que pasar una prueba.
—¿Qué prueba?
—La prueba de la separación. La Biblioteca mostrará a cada uno de tus compañeros lo que más temen. Si se separan, si se pierden, no volverán a encontrarse. Pero si permanecen unidos, si confían el uno en el otro, llegarán juntos.
—¿Y yo?
—Tú tendrás que liderarlos. Mostrarles el camino. Porque tú eres el único que puede ver la verdad.
La luz se apagó por completo. Lian abrió los ojos.
Estaba de rodillas en la sala circular, con las manos aún sobre el libro. Mei, Yue y Shen lo rodeaban, con expresiones de preocupación.
—¿Lian? —dijo Mei—. ¿Estás bien? Has estado como ausente durante minutos.
—¿Minutos? Me parecieron horas.
—Para nosotros también —dijo Yue—. Tu cuerpo temblaba. No respondías.
—Estoy bien. Y sé mucho más ahora. Pero tenemos que irnos. La prueba nos espera.
—¿Qué prueba? —preguntó Shen.
—La Biblioteca nos pondrá a prueba. Nos mostrará nuestros miedos. Intentará separarnos. Tenemos que permanecer juntos, pase lo que pase.
Salieron de la sala circular. Los pasillos de estanterías se extendían ante ellos, igual que antes, pero ahora Lian podía ver algo que no había visto: un tenue resplandor en el suelo, como un camino de luz. Era invisible para los demás.
—Por aquí —dijo, siguiendo el resplandor.
Caminaron en silencio. El eco de sus pasos resonaba en la inmensidad. De vez en cuando, Lian veía movimientos en el rabillo del ojo, figuras que desaparecían al girarse.
—No miréis —advirtió—. Son ilusiones. Intentan distraernos.
De repente, Shen se detuvo. Miró hacia un pasillo lateral, donde una figura lo observaba. Era una mujer joven, hermosa, con una niña en brazos.
—No —susurró Shen—. No puede ser.
—Shen, no mires —dijo Lian—. Es una trampa.
—Pero es mi esposa. Mi hija. Murieron hace años. ¿Cómo pueden estar aquí?
—No están. Es la Biblioteca. Usa tus recuerdos contra ti.
La figura de la mujer sonrió y extendió una mano hacia Shen.
—Ven —dijo, con la voz que él recordaba—. Ven con nosotras. Hemos vuelto.
Shen dio un paso hacia ella. Lian lo agarró del brazo.
—No. Si vas, te pierdes.
—Pero...
—No es real. Mírala bien. ¿Ves algo raro en sus ojos?
Shen miró. Los ojos de la mujer eran hermosos, pero vacíos. Sin vida. Sin alma.
—No es ella —murmuró, retrocediendo—. No es ella.
La figura se desvaneció, y con ella, el pasillo lateral. Shen se apoyó en una estantería, temblando.
—Gracias —dijo—. Casi caigo.
—Por eso estamos juntos. Para sostenernos.
Siguieron adelante. Poco después, fue Yue la que se detuvo. En un claro entre las estanterías, vio a su manada. Su madre, su hermana, sus hermanos pequeños, todos vivos, todos mirándola con amor.
—Pequeña —dijo su madre—. Has vuelto. Te hemos echado de menos.
Yue tembló. Su instinto le decía que corriera hacia ellos, que se fundiera en un abrazo. Pero Lian estaba a su lado, con la mano en su lomo.