El escriba que desafío los cielos

Capitulo 33

CAPÍTULO 33: LA ALIANZA CRECE

La espera fue lo más difícil.

Pasaron tres semanas desde la visita del Emisario, y durante ese tiempo, Lian no pudo pensar en otra cosa. Cada amanecer se preguntaba si ese sería el día en que recibirían noticias. Cada atardecer, se acostaba con la misma incertidumbre.

Mientras tanto, el valle bullía de actividad.

Los mensajeros regresaban con noticias de enclaves lejanos, algunos de los cuales ni siquiera sabían que existían. Gente que había vivido escondida durante generaciones, sobreviviendo en condiciones imposibles, y que ahora, al oír la llamada de la Pluma del Hereje, decidían arriesgarlo todo para unirse a la alianza.

—Han llegado otros dos grupos —dijo Zhen una tarde, mostrando a Lian los informes—. Uno del norte, con cuarenta personas. Otro del este, con veinticinco. Vienen agotados, pero con ganas de trabajar.

—¿Dónde los alojamos?

—Estamos ampliando las cabañas en la ladera oeste. Con la madera que hemos almacenado, tendremos espacio para todos en una semana.

—Bien. ¿Necesitan algo? ¿Comida? ¿Medicinas?

—Sí, pero Xian ya está organizando los suministros. Dice que tenemos reservas para tres meses, si racionamos bien.

Lian asintió, satisfecho. A pesar de la tensión, la máquina del valle funcionaba. La gente sabía lo que tenía que hacer y lo hacía sin necesidad de órdenes constantes.

—Hay algo más —continuó Zhen, bajando la voz—. Los recién llegados traen historias. Cosas que pasan en otros lugares. Dicen que los cielos están inquietos. Que se ven luces extrañas en el cielo, que los emisarios viajan más de lo habitual, que las sectas están en alerta.

—¿Creen que tiene que ver con nosotros?

—No lo saben, pero lo sospechan. Tu nombre, Lian, ya es conocido en muchos lugares. La Pluma del Hereje, el que desafió a la Red, el que mató al Arquitecto. Hay quien dice que eres un enviado de los cielos, y quien dice que eres un demonio.

—Qué exagerados —sonrió Lian—. Solo soy un archivero.

—Un archivero que ha cambiado el mundo.

—Todavía no. Pero lo intento.

Esa noche, Lian se sentó con Mei y Yue junto al arroyo, como tantas otras veces. El agua cantaba su canción eterna, las estrellas brillaban arriba, y por un momento, todo parecía en orden.

—¿Crees que el Emisario volverá? —preguntó Mei.

—Sí. Tarde o temprano.

—¿Y si los cielos dicen que no? ¿Si se niegan a negociar?

—Entonces nos prepararemos para la guerra.

—¿Podemos ganar una guerra contra los cielos?

—No lo sé. Pero podemos intentarlo. Y si no podemos ganar, podemos hacer que les cueste tanto que se lo piensen dos veces antes de volver a intentarlo.

—Eso no es una victoria.

—No, pero es algo. Es resistencia. Y la resistencia, a veces, es suficiente.

Yue, que había estado escuchando en silencio, intervino.

—Las bestias han resistido durante milenios. No hemos ganado, pero tampoco hemos perdido del todo. Seguimos aquí. Seguimos existiendo. Eso también es una forma de victoria.

Lian la miró con gratitud.

—Gracias, Yue. Por recordármelo.

—Para eso están los amigos.

Una semana después, el Emisario regresó.

Apareció en la plaza central, como siempre, sin previo aviso. Pero esta vez no venía solo. Detrás de él, dos figuras más, envueltas en túnicas que brillaban con luz propia. Emisarios también, pero de mayor rango.

Lian los esperaba. Había sentido su llegada antes de verlos, una vibración en el pergamino en blanco que siempre llevaba consigo.

—Pluma del Hereje —dijo el Emisario conocido, con un tono más formal que de costumbre—. Te presento a los emisarios mayores, Xiu y Fen. Han venido a escucharte.

Las dos figuras inclinaron ligeramente la cabeza. Lian hizo una reverencia profunda.

—Honorables emisarios —dijo—. Bienvenidos al Valle de los Renacidos.

—No estamos aquí por cortesía —respondió Xiu, una mujer de rasgos afilados y mirada penetrante—. Venimos a evaluar. A determinar si lo que dices merece ser escuchado por los ancianos celestiales.

—Entiendo.

—Has pedido llevar a tus acompañantes a los cielos. Una bestia y una exiliada. Eso es... inusual.

—Son mi familia. No voy a ninguna parte sin ellas.

Fen, el otro emisario, un hombre de aspecto joven pero ojos antiguos, intervino.

—Las bestias no tienen alma en el sentido celestial. No pueden acceder a los reinos superiores. Su presencia causaría... perturbaciones.

—Entonces no iremos. Las negociaciones pueden hacerse aquí.

—¿Aquí? —Xiu parecía ofendida—. ¿Un mortal dictando condiciones a los cielos?

—No dicto condiciones. Pido respeto. Si los cielos quieren hablar conmigo, tendrán que aceptar mis términos. Si no, seguiremos como hasta ahora. Construyendo, resistiendo, esperando.

Xiu y Fen intercambiaron una mirada. Luego, Xiu habló.

—Eres más terco de lo que imaginábamos. Bien. Hablaremos con los ancianos. Pero no prometemos nada.

—Es todo lo que pido.

Los emisarios se desvanecieron, dejando a Lian solo en la plaza. Pero antes de irse, el Emisario conocido se volvió y le susurró:

—Has hecho bien. Sigue así.

Pasaron dos meses.

El valle creció como nunca. Llegaron más de quinientos refugiados de enclaves lejanos, y con ellos, historias, habilidades, y una determinación renovada. Se construyeron nuevas cabañas, se ampliaron las terrazas de cultivo, se estableció un sistema de trueque que permitía intercambiar bienes sin necesidad de moneda.

Lian, Mei, Yue y Shen se convirtieron en los líderes indiscutibles, aunque siempre buscaban el consenso, siempre escuchaban las opiniones de los demás. La gente los quería no por su poder, sino por su humanidad.

Una noche, mientras cenaban en su cabaña, Shen hizo una pregunta que llevaba tiempo rondándole la cabeza.

—Lian, ¿qué harás si los cielos aceptan negociar? ¿Qué les pedirás?

—No lo sé. He pensado en ello muchas veces, pero cada vez llego a una conclusión diferente.




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