CAPÍTULO 34: LOS HILOS DEL DESTINO
El otoño llegó al Valle de los Renacidos envuelto en una calma tensa, como la que precede a la tormenta.
Las hojas de los escasos árboles que crecían en las laderas se tiñeron de tonos rojizos y dorados, formando alfombras crujientes que los niños del valle usaban para jugar. Las terrazas de cultivo ofrecían su última cosecha antes del invierno, y los almacenes rebosaban de cereales, verduras en conserva y frutas deshidratadas. El valle estaba listo para el frío.
Pero nadie sabía si estaría listo para lo que vendría después.
Habían pasado tres meses desde el regreso de Lian de los cielos. Tres meses de espera, de incertidumbre, de preguntas sin respuesta. Los emisarios no volvían a aparecer. Los cielos permanecían en silencio. Y en ese silencio, la gente del valle hacía lo único que podía hacer: vivir.
—No soporto esta espera —dijo Mei una tarde, mientras paseaban por las terrazas—. Preferiría que atacaran ya. Al menos sabríamos a qué atenernos.
—Lo sé —respondió Lian—. Pero la guerra no se gana con impaciencia. Se gana con preparación.
—¿Y si no viene la guerra? ¿Y si los cielos deciden ignorarnos?
—Entonces habremos construido algo sólido. Un lugar donde la gente pueda vivir en paz. Eso también es una victoria.
—¿De verdad crees que nos ignorarán?
—No. Pero esperar lo peor no ayuda a vivir.
Mei lo miró con una mezcla de admiración y frustración. A veces, la calma de Lian la desesperaba. Pero también era lo que la sostenía en los momentos difíciles.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
—En que a veces odio que tengas razón.
—Es un talento.
—Y modesto, además.
Se rieron. El sonido se perdió entre las terrazas, llevado por el viento.
Mientras tanto, en el resto del valle, la actividad no cesaba.
Los entrenamientos se habían intensificado. Mei pasaba horas cada día con los guerreros, perfeccionando técnicas, corrigiendo posturas, enseñando a usar el terreno a su favor. Los jóvenes, que al principio veían el entrenamiento como un juego, ahora lo tomaban con la seriedad de quienes saben que su vida podría depender de ello.
Yue, por su parte, había extendido su red de comunicación más allá de las montañas. Águilas mensajeras, lobos exploradores, incluso un oso anciano que recordaba los tiempos anteriores a los cielos, todos aportaban información sobre los movimientos de las sectas, los emisarios, y cualquier cosa que pudiera indicar un ataque inminente.
—Los cielos están quietos —informó una tarde, durante la reunión de líderes—. Demasiado quietos. Mis contactos dicen que no ha habido movimientos de emisarios en meses. Es como si... como si estuvieran conteniendo la respiración.
—¿Esperando algo? —preguntó Zhen.
—Quizá. O quizá debatiendo aún. Los cielos son lentos para decidir.
—Ojalá fueran más rápidos —murmuró alguien—. Esta espera me está matando.
—A todos —dijo Lian—. Pero no podemos dejar que el miedo nos paralice. Seguimos con nuestros planes. Seguimos construyendo, entrenando, preparándonos. Y cuando llegue el momento, estaremos listos.
Las semanas pasaron. El invierno se instaló con furia, cubriendo el valle de nieve y obligando a la gente a permanecer más tiempo en sus cabañas. Pero el trabajo no cesó. En la casa comunal, se organizaban turnos para mantener las reuniones, para planificar, para soñar.
Una noche, mientras una tormenta azotaba el exterior, Shen se acercó a Lian con una expresión seria.
—Tengo que mostrarte algo —dijo—. Ven.
Lo llevó a su cabaña, donde había instalado un pequeño taller de inscripciones. Sobre la mesa, un pergamino extendido mostraba un diagrama complejo, lleno de líneas y caracteres que Lian no reconoció.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Un mapa. Pero no de lugares. De destinos.
—¿De destinos? ¿Cómo?
—Usando lo que aprendiste en la Biblioteca, y lo que yo sabía de los antiguos textos, he estado trazando las conexiones entre los destinos de la gente del valle. Y he encontrado algo extraño.
Shen señaló un punto en el diagrama, donde múltiples líneas convergían.
—Aquí. Todos los destinos confluyen en un punto. Y ese punto... eres tú.
Lian sintió un escalofrío.
—¿Qué significa?
—No lo sé con certeza. Pero los antiguos escribas creían que algunas personas actuaban como "nudos" en el tejido del destino. Personas cuyas decisiones afectaban a muchas otras, cuyas vidas estaban entrelazadas con las de los demás. Tú eres uno de esos nudos.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Depende de cómo lo uses. Un nudo puede sostener una red, o puede romperla. La elección es tuya.
Lian estudió el diagrama largamente. Vio su nombre en el centro, y alrededor, cientos de nombres que reconocía: Mei, Yue, Zhen, Shen, Kenji, Lina, y tantos otros. Todos conectados a él.
—Nunca pedí esto —murmuró.
—Nadie pide su destino. Solo le llega. Y tú, que no tienes destino, has creado uno para ti mismo. Y al hacerlo, has creado también el de muchos otros.
—¿Qué hago con esto?
—Lo que siempre has hecho. Vivir. Elegir. Amar. Proteger. Eso es suficiente.
La tormenta amainó al amanecer. Cuando Lian salió de la cabaña de Shen, el valle estaba cubierto por un manto de nieve inmaculada, que brillaba con los primeros rayos de sol. Era hermoso. Era pacífico.
Pero en el horizonte, algo se movía.
Una figura. Pequeña al principio, luego más grande. Caminaba hacia el valle con paso firme, dejando un rastro oscuro en la nieve.
Los centinelas dieron la alarma. Lian acudió a la entrada, con Mei y Yue a su lado.
La figura se acercó. Era un hombre, vestido con una túnica raída, el rostro cubierto por una capucha. Cuando estuvo a unos metros, se detuvo y se quitó la capucha.
Era Kuro.
Pero no el Kuro que habían conocido. Este Kuro era diferente. Su rostro estaba surcado de arrugas que no tenía antes, sus ojos hundidos, su piel grisácea. Parecía haber envejecido décadas en pocos meses.