CAPÍTULO 35: EL DESPERTAR DEL RECOLECTOR
El viaje hacia las ruinas de la Primera Luz fue más corto de lo que Lian recordaba.
Quizá era porque ya conocían el camino, o porque la urgencia aceleraba sus pasos, o porque el tiempo mismo parecía distorsionarse a medida que se acercaban a su destino. En solo cinco días, el grupo llegó a las estribaciones de la montaña donde se alzaban los restos de la antigua construcción.
Pero algo había cambiado.
—Esto no es lo que recuerdo —dijo Mei, con el ceño fruncido, mientras observaba el valle desde lo alto de un promontorio—. La pirámide... es diferente.
Y lo era. La estructura que antes se alzaba imponente, cubierta de inscripciones y musgo milenario, ahora parecía... vibrar. Como si estuviera viva. Una luz tenue, de un color púrpura enfermizo, emanaba de su interior, tiñendo las nubes que la rodeaban.
—El Recolector —dijo Shen, en voz baja—. Ya está aquí.
—¿Cómo lo sabes?
—Esa luz. La he visto antes. En textos antiguos, prohibidos. Es la luz del Caos Primordial. La energía que existía antes de que los cielos impusieran orden.
—Entonces llegamos a tiempo —dijo Yue—. O no.
—Hay una forma de saberlo. Entrando.
Lian miró a sus compañeros. En sus ojos vio determinación, pero también miedo. El mismo miedo que sentía él.
—Vamos —dijo—. Pero recordad: no nos separamos. Pase lo que pase, permanecemos juntos.
Descendieron hacia las ruinas. La luz púrpura se intensificaba a cada paso, y con ella, una sensación de opresión, de pesadilla, de algo antiguo y malvado que los observaba desde las sombras.
La entrada de la pirámide estaba abierta. No como antes, con la roca sellada, sino abierta de par en par, como una boca esperando ser alimentada.
—Esto es una trampa —dijo Mei.
—Lo sé. Pero no tenemos elección.
Entraron.
El interior era irreconocible. Los pasillos que Lian recordaba de su primera visita ahora se retorcían en ángulos imposibles, las paredes cubiertas de inscripciones que no estaban allí antes, escritas en un idioma que ni siquiera Shen podía descifrar. La luz púrpura lo envolvía todo, creando sombras que se movían por sí mismas.
—No miren a los lados —advirtió Lian—. Concéntrense en el camino.
Avanzaron. El laberinto los llevaba siempre hacia abajo, hacia el corazón de la montaña. El aire se volvía más pesado, más antiguo, más corrupto. Yue comenzó a jadear.
—El aire... me cuesta respirar...
—Es la energía del Caos —dijo Shen—. Afecta más a las bestias. Toma esto.
Le ofreció un talismán que había preparado, grabado con caracteres protectores. Yue lo aceptó y sintió un alivio inmediato.
—Gracias.
—No me des las gracias. Solo sobrevive.
Finalmente, llegaron.
La cámara central era la misma donde Lian había luchado contra la bestia guardiana años atrás. Pero ahora no había bestia. En su lugar, en el centro, flotando sobre el altar donde antes reposaba la tabla de jade, había una figura.
Era humanoide, pero no humana. Su cuerpo parecía hecho de sombras y luz púrpura, cambiando constantemente de forma, como si no pudiera decidir una apariencia definitiva. Dos ojos, si podían llamarse ojos, brillaban en lo que debía ser su rostro, fijos en los recién llegados.
—Al fin —dijo la figura, y su voz era como el crujir de mil huesos—. La página en blanco. La semilla de libertad. Ha llegado a mí.
—Tú debes ser el Recolector —dijo Lian, con una voz que se negaba a temblar.
—Ese es uno de mis nombres. Los mortales siempre necesitan nombres. Yo he tenido muchos. Devorador de Mundos. Sombra Primigenia. El que Espera. Pero Recolector servirá.
—¿Qué quieres?
—Lo que siempre he querido. Completar lo que los cielos comenzaron. El orden que impusieron fue un error. Demasiado rígido, demasiado limitado. Yo crearé un orden nuevo. Un orden donde yo sea el único soberano. Y tú, página en blanco, serás la herramienta.
—No.
—¿No? —la figura rió, un sonido horrible—. No tienes elección. El pergamino en blanco es mío por derecho. Fue arrancado del Libro Original antes de que los cielos lo sellaran. Y yo estaba allí. Yo lo vi. Yo lo permití, porque sabía que algún día vendría a reclamarlo.
—La mujer que lo arrancó... ¿tú la conociste?
—La conocí. Era mi hermana. La primera escriba. La más poderosa de todos nosotros. Y también la más tonta. Creía en la libertad, en la elección, en el amor. Por eso murió. Por eso la borraron de la existencia. Pero su página... su página quedó. Y ahora es mía.
Lian sintió una oleada de furia. Esta criatura, este monstruo, había sido hermano de la mujer que sacrificó todo por él.
—No te la daré —dijo, apretando el pergamino contra su pecho—. Prefiero morir.
—Morirás de todas formas. Pero antes, verás sufrir a los que amas.
El Recolector extendió una mano de sombras. De ella surgieron tentáculos de energía púrpura que se lanzaron hacia Mei, Yue y Shen.
Lian reaccionó al instante. Trazó Wei en el aire, desviando los tentáculos, pero estos se recompusieron rápidamente y volvieron al ataque. Mei lanzó una ráfaga de fuego que los quemó, pero de las cenizas surgieron más. Yue los esquivaba con su velocidad, pero cada vez había más. Shen protegía a todos con un escudo de inscripciones, pero el escudo se debilitaba visiblemente.
—¡No podemos con él! —gritó Mei.
—¡Podemos! —respondió Lian—. ¡Juntos!
Sacó el pergamino en blanco. Lo extendió sobre el suelo. Con el pincel de jade, comenzó a escribir. No una frase, como la vez anterior. Algo más grande. Algo que había estado gestándose en su mente desde que salió de la Biblioteca.
"Que la libertad que mi antepasada sembró florezca en este momento. Que el amor que siento por los míos sea mi fuerza. Que la voluntad de elegir sea más fuerte que cualquier destino impuesto."
El pergamino brilló con una luz blanca, cegadora, que contrastaba con el púrpura del Recolector. La luz se expandió, envolviendo a Lian, a sus compañeros, y proyectándose hacia la figura de sombras.