CAPÍTULO 36: EL ASCENSO A LOS CIELOS
Tres días después, el valle entero se reunió para despedirlos.
El sol de la mañana bañaba las cabañas con una luz dorada, promesa de un día hermoso, pero nadie tenía ánimo para celebraciones. La gente se agolpaba en la plaza, en las terrazas, en los tejados, todos con la mirada fija en el grupo que se preparaba para partir.
Lian, Mei, Yue y Shen estaban en el centro, rodeados de aquellos que habían sido sus compañeros durante años. Zhen, con lágrimas en los ojos, abrazó a Lian largamente.
—Cuida de ellos —dijo—. Y cuídate. Eres más importante de lo que crees.
—Lo sé —respondió Lian—. Pero no más que cualquiera aquí. Vuelve, eso es lo único que importa.
—Volveremos. Con buenas noticias, o con malas, pero volveremos.
Mei se despidió de los guerreros que había entrenado. Jóvenes y no tan jóvenes, todos la miraban con admiración y respeto. Una de ellas, una muchacha llamada Kira (la hermana de Kuro), se aferró a su brazo.
—No te vayas —susurró—. Ya perdí a mi hermano. No quiero perderte a ti también.
Mei se arrodilló para quedar a su altura.
—No me pierdes. Solo voy a hablar con unos seres muy importantes. Y cuando vuelva, te contaré todo. ¿Me ayudarás a cuidar del valle mientras no estoy?
Kira asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Lo haré. Lo prometo.
—Buena chica.
Yue, por su parte, se despedía de sus contactos animales. Un águila enorme se posó en su lomo, acariciándole el pelaje con el pico. Un lobo gris aulló suavemente desde la ladera. Hasta el oso anciano, que rara vez se acercaba al valle, había bajado de las montañas para verla partir.
—Volveré —dijo Yue en la lengua de las bestias—. Cuidad de este lugar mientras tanto.
—Lo haremos —respondió el águila—. Vuela libre, hermana.
Shen se despedía de sus alumnos, los jóvenes a los que había enseñado los secretos de las inscripciones. Les entregó sus últimos talismanes, sus cuadernos de notas, sus pinceles de repuesto.
—Seguid practicando —dijo—. El conocimiento es lo único que nadie puede quitaros. Y cuando vuelva, quiero ver progresos.
—Lo haremos, maestro —respondieron al unísono.
El Emisario apareció puntual, como había prometido. Esta vez no venía solo. Xiu y Fen lo acompañaban, junto a otros dos emisarios que Lian no conocía. Formaban un semicírculo frente al grupo, sus túnicas brillando con una luz suave.
—Es hora —dijo el Emisario conocido—. ¿Estáis listos?
Lian miró a sus compañeros. Uno por uno, asintieron.
—Listos.
—Entonces, vamos.
Los emisarios alzaron las manos. Una luz envolvió a Lian, Mei, Yue y Shen, y de repente, el valle desapareció.
El viaje a los cielos no fue como Lian lo recordaba.
La primera vez, había caminado a través de un portal, sintiendo el cambio gradual del mundo a su alrededor. Esta vez, fue un tirón, un desplazamiento instantáneo, como si alguien hubiera doblado la realidad y los hubiera depositado en otro lugar.
Cuando la luz se disipó, estaban en una plataforma de nubes sólidas, flotando en un vacío de estrellas y luz. A su alrededor, estructuras de una belleza indescriptible: puentes de arcoíris, torres de cristal, jardines donde las flores cambiaban de color con cada brisa.
—Los cielos —murmuró Shen, con la voz temblorosa—. Nunca imaginé que los vería.
—No es tan impresionante como parece —dijo una voz detrás de ellos.
Se giraron. Una figura se acercaba, caminando sobre las nubes con paso firme. Era una mujer joven, de aspecto humano, vestida con una túnica sencilla. Pero sus ojos... sus ojos eran antiguos. Más antiguos que cualquier cosa que Lian hubiera visto.
—Soy Lian —dijo Lian, haciendo una reverencia—. Y estos son mis compañeros, Mei, Yue y Shen.
—Lo sé. Os estábamos esperando. Bueno, algunos os esperaban con ilusión. Otros, con escepticismo. Y unos pocos, con ganas de destruiros.
—¿Y tú? —preguntó Mei—. ¿Con qué nos esperas?
—Con curiosidad —respondió la mujer, sonriendo—. Hace milenios que no veía a mortales tan... interesantes. Síganme. Los ancianos están reunidos.
Los guió a través de puentes y pasarelas, por jardines y plazas donde seres celestiales los observaban con curiosidad o desdén. Finalmente, llegaron a una enorme puerta de jade y oro, idéntica a la que Lian recordaba de su primera visita.
—La Sala de los Ecos —anunció la mujer—. Más allá, solo tú, Lian, tienes acceso. Tus acompañantes deberán esperar en la antesala.
—Eso no fue lo acordado —dijo Lian, con firmeza—. Dijeron que podrían entrar.
—Pueden entrar en los cielos. Y lo han hecho. Pero la Sala de los Ecos es el corazón de nuestro mundo. Solo los autorizados pueden acceder. Y tus acompañantes no lo están.
—Entonces no entro.
—Lian —dijo Mei, poniendo una mano en su brazo—. No empecemos así. Iremos a la antesala. Esperaremos. Tú ve y habla. Sabemos que puedes hacerlo.
—Pero...
—Confiamos en ti. Como siempre.
Lian la miró. En sus ojos vio la misma certeza de siempre. La misma fuerza.
—Está bien —dijo—. Pero en la antesala. Y si pasa algo, si sienten peligro, usen los talismanes.
—Lo haremos.
La mujer asintió, satisfecha.
—Por aquí, entonces.
La antesala era una cámara amplia, decorada con frescos que representaban la creación del mundo. Cómodos asientos de nube sólida invitaban a descansar. Una fuente de agua cristalina cantaba en el centro.
—Esperen aquí —dijo la mujer—. Alguien vendrá a atenderlos. Yo llevaré a Lian a la sala.
Lian abrazó a Mei, a Yue, a Shen. Largo, con fuerza.
—Vuelve —susurró Mei.
—Siempre vuelvo.
Y cruzó la puerta.
La Sala de los Ecos estaba igual que la recordaba. Inmensa, vacía, iluminada por una luz que no provenía de ningún lado. Las treinta y tres figuras de los ancianos celestiales lo esperaban, flotando en sus posiciones.