CAPÍTULO 37: EL PRIMER PASO
La euforia de la victoria duró tres días.
Tres días de celebraciones ininterrumpidas, de abrazos y lágrimas, de música que no cesaba ni siquiera en las horas más oscuras de la noche. La gente del valle, que había vivido durante años con el miedo como compañero constante, por fin podía respirar. Los cielos habían aceptado el cambio. El sistema de destinos sería flexible. Los marginados tendrían un lugar en el orden del mundo.
Pero al cuarto día, Lian convocó una reunión en la casa comunal.
—La celebración ha terminado —dijo, con voz serena pero firme—. Ahora empieza el trabajo de verdad.
Los líderes del valle lo escuchaban en silencio. Zhen, Mei, Yue, Shen, y una docena más de personas que habían demostrado su valía en los años de lucha.
—El cambio no será automático —continuó Lian—. Los cielos nos han dado su aprobación, pero la implementación depende de nosotros. Tenemos que extender la reforma a todos los enclaves, a todas las comunidades marginadas, y eventualmente, a las ciudades y sectas que quieran unirse.
—¿Y las que no quieran? —preguntó alguien.
—Las respetaremos, siempre que nos respeten. Pero si intentan imponer el viejo sistema por la fuerza, tendremos que defendernos.
—¿Con los cielos de nuestro lado?
—Los cielos no lucharán por nosotros. Solo han prometido no interferir. El resto depende de nosotros.
Un murmullo recorrió la sala. Algunos asentían, otros fruncían el ceño, pero nadie cuestionó la decisión.
—¿Por dónde empezamos? —preguntó Zhen.
—Por los enclaves más cercanos. Los que ya conocemos, los que confían en nosotros. Enviaremos mensajeros con la noticia y una invitación a unirse a la alianza. Luego, iremos ampliando el círculo.
—¿Y el valle? —preguntó Mei—. Mientras nosotros viajamos, el valle necesita protección.
—Por eso nos organizaremos en grupos. Unos viajarán, otros se quedarán. Tú, Mei, te quedarás al mando de la defensa junto con Zhen. Yue y yo viajaremos con un grupo de exploradores. Shen se quedará para coordinar las inscripciones y la comunicación.
—¿Solo? —preguntó Yue—. ¿No sería mejor que todos viajáramos juntos?
—Si todos viajamos, el valle queda indefenso. Si nos dividimos, cubrimos más terreno y aseguramos la retaguardia. Es un riesgo, pero es el único modo.
La reunión se prolongó durante horas. Planificaron rutas, establecieron códigos de comunicación, designaron responsables para cada tarea. Cuando terminaron, el sol se ocultaba tras las montañas.
Lian salió de la casa comunal agotado pero satisfecho. Mei lo alcanzó junto al arroyo.
—¿Estás seguro de esto? —preguntó—. De que yo me quede, quiero decir.
—Completamente. Eres la mejor guerrera que tenemos. Si alguien puede defender el valle, eres tú.
—Pero quiero ir contigo.
—Lo sé. Y yo quiero que vengas. Pero necesito que estés aquí. Necesito saber que hay un hogar al que volver.
Mei lo miró largamente. Luego, asintió.
—Está bien. Pero prométeme una cosa.
—Lo que sea.
—Que volverás. Siempre.
—Siempre.
Se abrazaron bajo las estrellas. El frío de la noche no podía con el calor de su amor.
Tres días después, la primera expedición partió.
Lian, Yue, y diez exploradores escogidos se adentraron en las montañas del este, donde se encontraban los enclaves más cercanos. Llevaban talismanes de sobra, provisiones para un mes, y la noticia que cambiaría la vida de quienes la recibieran.
El primer enclave al que llegaron era pequeño, unas treinta personas escondidas en una cueva profunda. Cuando Lian les contó lo ocurrido, al principio no lo creyeron. Tuvieron que mostrar los talismanes de comunicación con los cielos, las marcas que los emisarios les habían dado como prueba.
—¿De verdad? —preguntó una mujer anciana, con lágrimas en los ojos—. ¿Ya no tendremos que escondernos?
—Todavía tendrán que hacerlo, por un tiempo —respondió Lian con honestidad—. El cambio llevará tiempo. Pero el primer paso ya está dado. Y pueden venir con nosotros, al valle, o quedarse aquí y formar parte de la red de enclaves que estamos creando.
—¿Qué es mejor?
—Eso depende de ustedes. Nosotros les daremos los medios para comunicarse con nosotros, y protección si la necesitan. Pero la decisión es suya.
La mujer miró a su gente. Luego, asintió.
—Iremos al valle. Hemos vivido en cuevas demasiado tiempo. Quiero ver el sol sin miedo.
Así, uno tras otro, los enclaves fueron contactados. Algunos decidieron unirse al valle, otros prefirieron quedarse donde estaban pero aceptaron formar parte de la red. La noticia se extendía como la pólvora, y pronto, cientos de personas comenzaron a llegar al Valle de los Renacidos.
Pero no todo era fácil.
En el camino de regreso de su quinta expedición, Lian y su grupo fueron emboscados.
Salieron de entre las rocas sin previo aviso. Una docena de hombres armados, vestidos con las túnicas de una secta menor que Lian no conocía. Sus líderes, dos cultivadores de nivel medio, los encararon con desprecio.
—Así que tú eres la famosa Pluma del Hereje —dijo uno, un hombre barbudo con una cicatriz en el rostro—. El que quiere cambiar el orden de las cosas.
—Sí —respondió Lian, con el pincel ya en la mano—. ¿Y tú quién eres?
—Alguien que cree en el viejo sistema. El que funcionaba. El que mantenía el orden. Vosotros, los marginados, solo traéis caos.
—Traemos libertad. Que es diferente.
—Libertad para los débiles. Libertad para los que no merecen nada. Eso no es orden. Es anarquía.
—No voy a discutir contigo. Si quieres atacarnos, hazlo. Pero sabes que los cielos están de nuestro lado.
—Los cielos están lejos. Y nosotros, aquí.
El ataque comenzó.
Lian no tuvo tiempo de pensar. Trazó Shi para acelerar su percepción, y el mundo se ralentizó. Vio a los enemigos moviéndose en cámara lenta, vio a Yue lanzándose contra ellos con su velocidad mortal, vio a los exploradores desplegándose en formación.